Mis ganas por absorber tus cinco sentidos se convierten en un ser más con quien convivir -siempre han dicho que la convivencia es dura, ¡sorpresa!-, y deseas no desear nada, ya que lo único que visita tu ahora corazón-coraza no tiene el sentido suficiente, las bases, los pilares necesarios para transformar esa tendencia a imaginar en materia sólida y concreta, un algo tangible y propiamente efectivo y sonriente. Pero un día, nada más saltar de la cama, te das cuenta de que has dejado de lado esa costumbre que tanto entretenía tus momentos de soledad, el, a veces, crónico nerviosismo del adolescente, los instantes de incertidumbre, que son tantos -que son todos-. No era consciente de la sensación que produciría el hecho de poder rascar: objetos, ideas, la piel. Ni siquiera me paré a construir el cómo sería. Conceptos no adquiridos, supongo, jamás vividos, hasta que una mañana, abres los ojos -los que ven con el corazón-
y amaneces sin ese impulso,
sin esas ganas por-
con la verdadera sensación de que has dejado por fin de-
Él repasaba mis lunares, el otro, simplemente, me hablaba de la mágica casualidad de haber cruzado miradas conmigo, y palabras sin expresión. Y yo, mientras tanto, andaba jugando al escondite con aquél que corría, contigo, que nadabas entre la lluvia y sonreías de vez en cuando. Pero no tuve miedo del posible te pillé, ya que algo como aquello, tan sujeto al corazón, es innegable, y aunque hubiesen cogido de la mano a mi mirada, obligándola así a que confesara sus más terribles delitos -el de mirarte- no hubiesen hecho otra cosa que perder el tiempo. Es algo evidente. Tan obvio como el hecho de que los amores a primera vista existen. Desde mi punto de vista, algo así se queda sin argumentos nada más pronunciar la primera palabra, incluso, en ocasiones, el primer suspiro, por lo que, ¿para qué más?
Es sincero esto que escribo, tanto que debería empezar a fumar si mi objetivo fuera decírselo. Decirlo frente a esos ojos, delante de ese nuevo ser que me suplica sin descanso la idea de dejarlo marchar, ya que, con estrellas fugaces sobre mis pupilas, he visto que se siente más libre que nunca.
jueves, 31 de diciembre de 2009
lunes, 28 de diciembre de 2009
Problemas
Aunque con el corazón algo lastimado, respiro, y recuerdo la tarde de ayer:
Me fijé en que su nariz andaba con paso lento, por sus descuidos en la oscuridad de la noche; y sus ojos, débiles ante la grandeza que nos rodea, habían sufrido algún que otro encontronazo con la realidad, y ponían en sentencia todos y cada uno de los objetos que se cruzaban en su trayectoria -incluida yo-. Y mientras pensaba qué decirle o qué bufanda le hacía más caballero sentí unas ganas -remediadas, gracias a Dios- de escupir letra a letra lo que esa situación me sugería, aunque, como bien he dicho antes, supe tragarme cada vocal, cada consonante, y, una vez más, dejar mi cuerpo adormecido en unos tranquilos puntos suspensivos. No sé, su boca me fascina, y querría saber cómo sería probarla una vez más. Un beso entre nuestros labios, algo racional, sin que tantas dudas se unan a nuestro momento, y conseguir enredar mi mano en su pelo, para más adelante esconder, tras su oreja, el mechón que le sobra del coletero.
-¿Suelto o recogido?
-Déjatelo así.
Me fijé en que su nariz andaba con paso lento, por sus descuidos en la oscuridad de la noche; y sus ojos, débiles ante la grandeza que nos rodea, habían sufrido algún que otro encontronazo con la realidad, y ponían en sentencia todos y cada uno de los objetos que se cruzaban en su trayectoria -incluida yo-. Y mientras pensaba qué decirle o qué bufanda le hacía más caballero sentí unas ganas -remediadas, gracias a Dios- de escupir letra a letra lo que esa situación me sugería, aunque, como bien he dicho antes, supe tragarme cada vocal, cada consonante, y, una vez más, dejar mi cuerpo adormecido en unos tranquilos puntos suspensivos. No sé, su boca me fascina, y querría saber cómo sería probarla una vez más. Un beso entre nuestros labios, algo racional, sin que tantas dudas se unan a nuestro momento, y conseguir enredar mi mano en su pelo, para más adelante esconder, tras su oreja, el mechón que le sobra del coletero.
-¿Suelto o recogido?
-Déjatelo así.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Es Navidad
Anoche imaginé cómo sería rodearte entre mis brazos. Sorprenderte porque soy imprevisible y sentir la magia que tu espalda y tu cuello y tu olor me transmiten a través de mi deseo. Ése que vuela tras de ti, y sin que te des cuenta te atrapa en silencio, para más tarde, presa de una cadencia perfecta, hacer que lo nuestro sea inolvidable. Mientras observaba tales escenas me vi con tus labios en los míos, y, sin querer, un impulso extravagante hizo que susurrase tu nombre en la maravilla de aquel entorno, y sentí miradas interrogantes de los que quedaban a mi derecha, y a mi izquierda, los de enfrente, aquellos que reposaban tras de mí. Pedí disculpas -razonable- pero por ellos, ya que en ningún momento sentí que mis palabras merecieran un lo siento de aquí dentro, de esos que se dicen con el corazón y que desacansan en los ojos, y quienes saben ver tales espejismos, tienen el secreto en la palma de la mano, porque cuando los dedos tiemblan, no hay problema, es la mirada la que hablaa, la que llora, la que ama.
sábado, 19 de diciembre de 2009
El secreto

Me gustaría escribirte una historia diferente a la que acostumbro a narrar, pero una desesperanza esperanzada acaba con cada uno de los condicionantes hipotéticos y no consigo sacar de aquí más que besos y caricias caducadas hace más de un año, pero que escuecen como dañan los deseos incomprendidos, las imágenes entre dos bocas no deseadas, abrazos invisibles, silencios rotos por un tresillo en un compás de dos por cuatro, manos que se acarician en la distancia, corazones que no caminan a la misma velocidad, y uno es atrapado y vencido por el otro, y ese otro llora, y no sabe a qué plegaria o deseo incomprendido acudir, ya que en ocasiones no hay Padre nuestro que salve la separación real que existe entre la meta y el 3, 2, 1, todos a correr.
De la misma manera que he comenzado este momento de reflexión me gustaría acabar, lo que quiere decir, escribiendo entre líneas un te necesito, una desesperada esperanzada necesidad de abrigarte entre mis labios y seguir conociendo cada uno de tus pecados.
Pero pienso pensarte cada vez que un vacío se haga con mi presente. Y no es que haya decidido utilizar tu recuerdo para sentir cómo mi pulsación se acelera, sino que no me ha quedado otra que tenerte de esta manera y hacer el amor con aquello que fue.
martes, 15 de diciembre de 2009
Bolonia
Me ocurre que a veces...
Como a aquélla a quien le pregunté una vez si creía en el amor. En su momento se quedó en silencio. En silencio y sonrió sin apenas alargar los labios, como quien observa el amanecer de un secreto. Comenzó por el principio, a contarme su primera historia de amor, esos primeros amores que nos hacen suspirar cuando, por ejemplo, se nos hace imposible la cuesta de enero. Y con ello, sin duda, no hicieron falta más preguntas para saber si realmente era capaz de emocionarse con alguna que otra palabra de Benedetti o con los reflejos sobre los charcos de otoño. Pudo ser un cuento sin final, me dijo, pero entonces jamás hubiese podido ser contado. Habría seguido caminando sin pararse en el bar en donde, hace unos días, la conocí: a ella y a su necesidad de olvido. Sin querer, mis palabras, junto a un chocolate caliente que esperaba en el centro, se adentraron por su boca e irrumpieron sin previo aviso en el recuerdo, ése que sangraba cada vez que su cara, su olor, el sabor a él, se hacían con sus instantes muertos -y con los no tan muertos-
En el momento en que escuchaba cómo sus lágrimas hablaban, proyectaba mi pasado en su detestable presente. Fue, para mí, como oir la misma historia, incluso con las mismas huidas de amor e idénticos silencios, pero, esta vez, con un tono de voz y desesperación distinto. Me vi reflejada en ella, salvo por la edad, ya que me superaba en unas ocho primaveras. Sin embargo, aun siendo consiente de que las adivinanzas quedan lejos de la actividad humana, supe que, como el chocolate, su corazón se había congelado de tanto esperar en el centro de la mesa, en el centro de su la vida.
Como a aquélla a quien le pregunté una vez si creía en el amor. En su momento se quedó en silencio. En silencio y sonrió sin apenas alargar los labios, como quien observa el amanecer de un secreto. Comenzó por el principio, a contarme su primera historia de amor, esos primeros amores que nos hacen suspirar cuando, por ejemplo, se nos hace imposible la cuesta de enero. Y con ello, sin duda, no hicieron falta más preguntas para saber si realmente era capaz de emocionarse con alguna que otra palabra de Benedetti o con los reflejos sobre los charcos de otoño. Pudo ser un cuento sin final, me dijo, pero entonces jamás hubiese podido ser contado. Habría seguido caminando sin pararse en el bar en donde, hace unos días, la conocí: a ella y a su necesidad de olvido. Sin querer, mis palabras, junto a un chocolate caliente que esperaba en el centro, se adentraron por su boca e irrumpieron sin previo aviso en el recuerdo, ése que sangraba cada vez que su cara, su olor, el sabor a él, se hacían con sus instantes muertos -y con los no tan muertos-
En el momento en que escuchaba cómo sus lágrimas hablaban, proyectaba mi pasado en su detestable presente. Fue, para mí, como oir la misma historia, incluso con las mismas huidas de amor e idénticos silencios, pero, esta vez, con un tono de voz y desesperación distinto. Me vi reflejada en ella, salvo por la edad, ya que me superaba en unas ocho primaveras. Sin embargo, aun siendo consiente de que las adivinanzas quedan lejos de la actividad humana, supe que, como el chocolate, su corazón se había congelado de tanto esperar en el centro de la mesa, en el centro de su la vida.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Uffa...
Te tenía tan cerca, pero la realidad es que estamos tan sumamente lejos...
Pude alargar el brazo y rozarte con cada uno de mis dedos, y si sólo hubiese podido hacerlo con uno, igualmente me hubiese contentado; o extender alguna de mis palabras, y hablarte. Hablarte alla fine. Pero todo cuanto pude expresar fueron miradas escondidas tras reflejos, adquiriendo del mismo modo imágenes robadas, para así descuidar más aún el insomnio que acecha a mi pobre duermevela, ya que dicen que, a veces, es un fenómeno que aparece cuando uno se tumba sobre la cama, cierra los ojos y piensa con el corazón, e hilvana historias aparentemente con sentido entre tú y ella o entre ella y tú, pero el problema está en que siempre han dicho que las apariencias, por el mero hecho de no ser, engañan, por lo que no dejaré que la posibilidad me agarre de la mano. Esta historia es una de esas situaciones que, senza dubbio, confirman la regla.
Pude alargar el brazo y rozarte con cada uno de mis dedos, y si sólo hubiese podido hacerlo con uno, igualmente me hubiese contentado; o extender alguna de mis palabras, y hablarte. Hablarte alla fine. Pero todo cuanto pude expresar fueron miradas escondidas tras reflejos, adquiriendo del mismo modo imágenes robadas, para así descuidar más aún el insomnio que acecha a mi pobre duermevela, ya que dicen que, a veces, es un fenómeno que aparece cuando uno se tumba sobre la cama, cierra los ojos y piensa con el corazón, e hilvana historias aparentemente con sentido entre tú y ella o entre ella y tú, pero el problema está en que siempre han dicho que las apariencias, por el mero hecho de no ser, engañan, por lo que no dejaré que la posibilidad me agarre de la mano. Esta historia es una de esas situaciones que, senza dubbio, confirman la regla.
martes, 1 de diciembre de 2009
lunes, 23 de noviembre de 2009
Días de lluvia
Imagina que te pienso, y que con sólo imaginarte pudiese tocar cada uno de tus dedos, y cada abrazo ser un entretenimiento más para mi adormecido cuerpo. Entonces no habría problema de espacio, ni de tiempo, ya que ese ahora, un más adelante, o es posible que en otro momento serían mis más queridos aliados, y los utilizaría cuando fuera necesario, no sin antes pagar el precio de la posibilidad de imaginarte y quedarme, de nuevo, con las manos vacías.
M de Madrid
Me alejo sin quererlo, aunque una parte de mí desee dejarte atrás. Por miedo a esa sonrisa -ésa, ésa es a la que yo me refería-. Sin embargo, algo a lo que también siento cierta aversión es a descubrirme deseosa, deseando no desear otra cosa sino verte, sino tocarte, sino besarte. El problema es que esta vez se trata de una lejanía a la que tan sólo puedo poner palabras, ya no empeño y obligación. Es la distancia real la que me llena de silencios, y de más distancia, por miedo a convertirme en un pétalo más de tu frondoso jardín de amapolas. Otra, y otra vez más el miedo como protagonista, el inacabable miedo de mi finita y fortuita existencia senza te.
No comprando aún este regreso a la equivocación, a la necesidad de tus ganas, que, en realidad, no dejan de ser las mías proyectadas en las tuyas. He inventado tus palabras, y lo que significan tus silencios, cuando la única verdad aquí es que no son más que fantasmas, historias blancas ambientadas en el Romanticismo, junto a Rilke, Joyce y Dostoievski, pero blancas al fin y al cabo.
He de decir que nuestra despedida no ha existido de manera explícita, o no como a mí me hubiese gustado que fuera. No te he abrazado sabiendo que ese último impulso sería el definitivo, ni siquiera he alcanzado tus labios siendo consciente del inevitable adiós que nos perseguía, y sin saber, además, que debí retener ese sabor, ese roce para más adelante, cuando mi cuerpo resida allí y mi alma no tenga nada que hacer aún estando junto a tus suaves manos.
No comprando aún este regreso a la equivocación, a la necesidad de tus ganas, que, en realidad, no dejan de ser las mías proyectadas en las tuyas. He inventado tus palabras, y lo que significan tus silencios, cuando la única verdad aquí es que no son más que fantasmas, historias blancas ambientadas en el Romanticismo, junto a Rilke, Joyce y Dostoievski, pero blancas al fin y al cabo.
He de decir que nuestra despedida no ha existido de manera explícita, o no como a mí me hubiese gustado que fuera. No te he abrazado sabiendo que ese último impulso sería el definitivo, ni siquiera he alcanzado tus labios siendo consciente del inevitable adiós que nos perseguía, y sin saber, además, que debí retener ese sabor, ese roce para más adelante, cuando mi cuerpo resida allí y mi alma no tenga nada que hacer aún estando junto a tus suaves manos.
martes, 17 de noviembre de 2009
sábado, 17 de octubre de 2009
Una cercanía apalabrada
Ganas
Aquéllas que caminan cuando una sonrisa amanece en su rostro
o cuando, lentamente, su cuerpo escurre su piel sobre el mío
y los dos nos vemos envueltos por un gemido insostenible,
que acaba en silencio para el resto.
Ganas que conocen mi temperamento,
y la forma que hacen mis manos cuando se alejan de las suyas,
y se adhieren a lo único que sostiene su aliento: las palabras.
Unas esposas que suenan con un nombre,
y que se encienden nada más encontrar su inicial en palabras de otros,
o en las mías propias,
ya que muchas veces se me escapan entre ideas
que, en principio, nada tienen que ver,
pero que encuentran su sentido en cuanto saco a paseo la imaginación.
Ganas que aumentan en tamaño nada más ser conscientes
de que, tras la puerta principal, quedan otras, y al menos dos grandes ventanales
que atravesar para llegar a esa plenitud del alma.
Mantengo esta fuerza de la que hablo
para sobrevivir los días que me impiden volar sobre sus sábanas,
ya que imaginando la belleza de sus labios
puedo resistir hasta que nuestro encuentro sea inevitable.
Aquéllas que caminan cuando una sonrisa amanece en su rostro
o cuando, lentamente, su cuerpo escurre su piel sobre el mío
y los dos nos vemos envueltos por un gemido insostenible,
que acaba en silencio para el resto.
Ganas que conocen mi temperamento,
y la forma que hacen mis manos cuando se alejan de las suyas,
y se adhieren a lo único que sostiene su aliento: las palabras.
Unas esposas que suenan con un nombre,
y que se encienden nada más encontrar su inicial en palabras de otros,
o en las mías propias,
ya que muchas veces se me escapan entre ideas
que, en principio, nada tienen que ver,
pero que encuentran su sentido en cuanto saco a paseo la imaginación.
Ganas que aumentan en tamaño nada más ser conscientes
de que, tras la puerta principal, quedan otras, y al menos dos grandes ventanales
que atravesar para llegar a esa plenitud del alma.
Mantengo esta fuerza de la que hablo
para sobrevivir los días que me impiden volar sobre sus sábanas,
ya que imaginando la belleza de sus labios
puedo resistir hasta que nuestro encuentro sea inevitable.
martes, 22 de septiembre de 2009
domingo, 13 de septiembre de 2009
Buon viaggio, signorina.
Me ocurre que hasta las libelulas me hablan de ti, y temo por las noches que no conoceré a tu lado, porque el viento, que conoce la ciudad y los paises, me lleva muy lejos. Es ahora cuando soy consciente de la escisión que muy pronto partirá mi vida en dos: por un lado estará esa nostalgia que conlleva lo vivido, y por otro, esas ganas por saber qué habrá allá dónde me señalan con el dedo -¿la luna?-
Tengo ganas de decorar nuevas vidas, y la mía, que en unos días amanecerá cual recién nacido: sin saber muy bien a qué estrella mirar, ya que habrá tantas a las que tendré que prestar atención... Es complicado, pero esta vida que descansa aquí a mi lado, sin titubeos, la desheredo, por desagradecida, por no haber sabido llevar mi cuerpo por el buen camino, y arrojarme a las manos de quien no merece mi aliento: esas manos suaves y delicadas, y labios de farsante. Y es por sus manos por lo que es tan difícil mi salto al vacío. Sin embargo saltaré como lo hacen aquellos que han recibido algo deseado, ya que sueño con el momento en el que pueda separar los pies de esta tierra, y respirar un aire que no sea el absorbido por sus pulmones. Apuesto los míos a que los tiene negros, y a punto de desaparecer de este mundo -ya no me limito a ciudades-. Sí, ojalá. Ojalá se esfumara, además de sus pulmones, como lo ha hecho su presencia de mi vida -mi problema está en que no me basta con eso, sino que necesito saber, ser consciente de que además de no tener su fotografía colgada en la pared, o como polizón en mi cartera, no sería capaz de matar por conseguir una y llevarla como se llevan los ojos, la boca, las pestañas-.
Estoy sorprendido por lo que dejo escrito aquí, ya que mi intención era reflejar mi espíritu de superación, y las ganas que, en ocasiones, no se quedan en meras palabras. Y sin embargo, como véis, he terminado con la historia interminable, que si fuera leída, seguro, aburriría hasta a un sordo.
Tengo ganas de decorar nuevas vidas, y la mía, que en unos días amanecerá cual recién nacido: sin saber muy bien a qué estrella mirar, ya que habrá tantas a las que tendré que prestar atención... Es complicado, pero esta vida que descansa aquí a mi lado, sin titubeos, la desheredo, por desagradecida, por no haber sabido llevar mi cuerpo por el buen camino, y arrojarme a las manos de quien no merece mi aliento: esas manos suaves y delicadas, y labios de farsante. Y es por sus manos por lo que es tan difícil mi salto al vacío. Sin embargo saltaré como lo hacen aquellos que han recibido algo deseado, ya que sueño con el momento en el que pueda separar los pies de esta tierra, y respirar un aire que no sea el absorbido por sus pulmones. Apuesto los míos a que los tiene negros, y a punto de desaparecer de este mundo -ya no me limito a ciudades-. Sí, ojalá. Ojalá se esfumara, además de sus pulmones, como lo ha hecho su presencia de mi vida -mi problema está en que no me basta con eso, sino que necesito saber, ser consciente de que además de no tener su fotografía colgada en la pared, o como polizón en mi cartera, no sería capaz de matar por conseguir una y llevarla como se llevan los ojos, la boca, las pestañas-.
Estoy sorprendido por lo que dejo escrito aquí, ya que mi intención era reflejar mi espíritu de superación, y las ganas que, en ocasiones, no se quedan en meras palabras. Y sin embargo, como véis, he terminado con la historia interminable, que si fuera leída, seguro, aburriría hasta a un sordo.
sábado, 12 de septiembre de 2009
Incomprensión
Los minutos pasan y ella sigue sin querer saber dónde descansa su alma. Lo único: sabe que sus pies -degraciadamente no es sorda, ni mucho menos ciega- andan por alguna parte, descalzos en alguna cama. Le desespera acunar entre sus brazos esta ignorancia que, a estas alturas, se teme, es bien sabida por sus sentidos. Y aunque nunca se debe generalizar, es consciente de ello porque sus ya aventuradas experiencias le han enseñado a no dar segundas -ni terceras- oportunidades a nadie, ya que quien ha roto un plato antes, lo volverá a romper sí o sí, aun sabiendo de qué tratan sus avenidas consecuencias -pero a ellos les da igual cuantos corazones desparezcan en este mundo-
A Amaia le gustaría no haber creído esas palabras desprovistas de significado, esos lamentos sin lágrimas saliendo de su garganta, esas sonrisas que enamoran, esos finales a los que puso punto y final, cuando no eran más que unos puntos suspensivos repletos de angustia y, algunos de ellos, necesitados de amor. Un amor que hubiese encontrado en cualquier otra parte. No lo entiendo, sabe que no era necesario que fuesen hacia ella.
Ojalá se quedase sin palabras por la felicidad que le embarga. Me contó que eso es lo que le ocurre cuando no para de sonreir, que todas se le escapan por la boca, y nada queda sobre el papel.
Ojalá, en otra vida -en ésta el desencanto le ha cogido por sorpresa- descubra algo, a alguien que, si dice ser cristal, que, nada más caer al suelo, se rompa en mil pedazos.
A Amaia le gustaría no haber creído esas palabras desprovistas de significado, esos lamentos sin lágrimas saliendo de su garganta, esas sonrisas que enamoran, esos finales a los que puso punto y final, cuando no eran más que unos puntos suspensivos repletos de angustia y, algunos de ellos, necesitados de amor. Un amor que hubiese encontrado en cualquier otra parte. No lo entiendo, sabe que no era necesario que fuesen hacia ella.
Ojalá se quedase sin palabras por la felicidad que le embarga. Me contó que eso es lo que le ocurre cuando no para de sonreir, que todas se le escapan por la boca, y nada queda sobre el papel.
Ojalá, en otra vida -en ésta el desencanto le ha cogido por sorpresa- descubra algo, a alguien que, si dice ser cristal, que, nada más caer al suelo, se rompa en mil pedazos.
lunes, 7 de septiembre de 2009
Verde
Las ramas de mis árboles gritaban, y las hojas leían versos mientras volaban por la ciudad. Una ciudad sin ley, una en la que las palabras trepaban más alto que los besos o los roces -y cuyas letras no significaban más que lo que un diccionario cualquiera pueda decir-. Eran canciones de Rimbaud, y avivaban la pasión en cada pétalo, en cada espina, en cada tallo que lo escuchaba; de sus labios, de su lengua. Unas palabras maravillosas, un sonido irrepetible, un frío aterrador.
Aquella tarde contuve lo que debí cantar cuando le conocí: una sarta de mentiras y algún que otro recuerdo que me hubiese gustado vivir a su lado. De esos que lo esperan a uno con los brazos cruzados, o con las manos dentro de los bolsillo, por el frío, que llega a congelar cada fonema. Pero que tienen la paciencia de quedarse quietos mirando lo que sucede a su alrededor. Recuerdos que, una vez vividos, respiran libres por haber existido, pero, a su vez, lloran por haber quedado en eso, en simples reminiscencias del pasado. ¿Alguna vez habéis querido que su brazo se entrelazara con el vuestro mientras huíais por miedo a llorar deseos? Lo necesito cada vez que nuestras manos, nuestros cuerpos se hacen con el polo negativo de la vida. Y nos repelemos, y así ninguno de los dos somos capaces de acercarnos el uno al otro, y así, también, soy capaz de contar mentiras aun habiendo pasado ya por ese primer acercamiento. El mejor instante de todos, diría yo. Cuando sus cartas, cada pensamiento, cada palabra indiscreta o simplemente cuando su dedo percibe tu tacto sin querer -queriendo- son algo capaz de, aun habiendo abierto esa caja una y otra vez, conseguir que no se deje de sentir la sorpresa que supone la novedad y, cómo no, el primer amor.
Aquella tarde contuve lo que debí cantar cuando le conocí: una sarta de mentiras y algún que otro recuerdo que me hubiese gustado vivir a su lado. De esos que lo esperan a uno con los brazos cruzados, o con las manos dentro de los bolsillo, por el frío, que llega a congelar cada fonema. Pero que tienen la paciencia de quedarse quietos mirando lo que sucede a su alrededor. Recuerdos que, una vez vividos, respiran libres por haber existido, pero, a su vez, lloran por haber quedado en eso, en simples reminiscencias del pasado. ¿Alguna vez habéis querido que su brazo se entrelazara con el vuestro mientras huíais por miedo a llorar deseos? Lo necesito cada vez que nuestras manos, nuestros cuerpos se hacen con el polo negativo de la vida. Y nos repelemos, y así ninguno de los dos somos capaces de acercarnos el uno al otro, y así, también, soy capaz de contar mentiras aun habiendo pasado ya por ese primer acercamiento. El mejor instante de todos, diría yo. Cuando sus cartas, cada pensamiento, cada palabra indiscreta o simplemente cuando su dedo percibe tu tacto sin querer -queriendo- son algo capaz de, aun habiendo abierto esa caja una y otra vez, conseguir que no se deje de sentir la sorpresa que supone la novedad y, cómo no, el primer amor.
viernes, 4 de septiembre de 2009
Los románticos
Hoy en día únicamente pretendo no acabar como Stendhal, quien amaba con el único fin de no sentirse solo; ni siquiera querría ser como Chateaubriand, cuya adhesión a la mujer amante dura tan solo ocho días, y esa mujer que se enamora de él a los veinte años, sigue a los ochenta prendada del 'genio' a quien tal vez no volvió a ver. Sin embargo ojalá pensara como Ninon de Lenclos:
"El amor que podríais sentir por una mujer estimable se tornaría muy peligroso para vos. Mientras no penséis en el matrimonio, debéis buscar tan sólo una diversión. Únicamente deben atraeros los placeres pasajeros. Cuidaos de las ataduras más serias, porque, os aviso, os precipitaréis hacia un funesto final."
Sin duda el amor es una gran equivocación. ¿Queréis que os diga lo que hace del amor algo peligroso? La idea que de él nos forjamos. Lo único que vuestro corazón desea es ser ocupado, y ellas están ahí para colmarlo.
"El amor que podríais sentir por una mujer estimable se tornaría muy peligroso para vos. Mientras no penséis en el matrimonio, debéis buscar tan sólo una diversión. Únicamente deben atraeros los placeres pasajeros. Cuidaos de las ataduras más serias, porque, os aviso, os precipitaréis hacia un funesto final."
Sin duda el amor es una gran equivocación. ¿Queréis que os diga lo que hace del amor algo peligroso? La idea que de él nos forjamos. Lo único que vuestro corazón desea es ser ocupado, y ellas están ahí para colmarlo.
jueves, 3 de septiembre de 2009
Su momento
Sabemos en qué consiste. Sabemos incluso qué supondrá para cada corazón que lo visite, para cada labio que lo roce. Y sin embargo rehuimos de su presencia, porque acecha nuestros balcones, las flores que viven en ellos, las palabras que vuelan por nuestros pensamientos. A veces somos nosotros quienes lo observamos desde lejos, tomando una distancia lo suficientemente apropiada como para que no provoque en nosotros sudores de ningún tipo, ni temblores, ni risas tímidas que hagan flojear nuestras piernas. Y nos pidan que caigamos cuando en realidad lo único que nos queda en esta vida es levantar y echar a correr. Por miedo.
domingo, 23 de agosto de 2009
Pain
He vuelto -y has vuelto- y me encuentro rodeado de árboles que por tu ausencia dejaron caer sus ramas hacia... ¿Hacia dónde van a caer sino es al suelo?, y un pequeño lago, en donde los especialistas construyeron una fuente de la que ahora sí sale agua, y hace ruido, y me recuerda a cuando con nuestros labios jugábamos al escondite. A veces era yo quien me escondía dentro de los tuyos -rectos y silenciosos, pero atentos, suaves, con múltiples verdades, ninguna de las cuales debí creer- y siempre te ofrecía una pista que la mayoría de las veces rechazabas. No hacía falta que te ayudara a saber dónde me encontraba, ya que la misma lengua me delataba. Ahora recuerdo lo consciente que era de tu presencia en aquellos momentos, ya que tengo tu aroma aquí, navegando entre mis venas, y el que desprendías al hablar nada más correr tras de mí para pedirme que no me fuera.
-Es tarde. Tengo que irme. Tengo que...
En realidad no era más que una excusa, como cuando uno miente con palabras, pero seguidamente, lo delata la mirada. Sin embargo he de decir que ahora, si me ofreciesen la condicional iría a por ti sin máscaras ni guantes de piel, y escucharíamos qué canta para nosotros la fuente esta noche y de madrugada.
-Es tarde. Tengo que irme. Tengo que...
En realidad no era más que una excusa, como cuando uno miente con palabras, pero seguidamente, lo delata la mirada. Sin embargo he de decir que ahora, si me ofreciesen la condicional iría a por ti sin máscaras ni guantes de piel, y escucharíamos qué canta para nosotros la fuente esta noche y de madrugada.
sábado, 22 de agosto de 2009
El sonido del viento, tú y yo.
El primero, golpea con fuerza en los objetos que hay a nuestro alrededor, como son las ramas de los árboles, que parecen tejer silenciosas conversaciones con sus inquilinos los pájaros, o la cadena de plata que cuelga de esa barandilla que nos separa de la realidad. Se mueve, pero no canta. Nuestras ropas también juegan con el aire, a revolverse, a sentirse libres, a tocarse unas con otras, como si fueran pies y echaran a correr.
Tú. La puesta de sol queda reflejada en tus pupilas, y por ello me basta con quedarme descansando en tu mirada para saber qué es lo que me espera fuera de todo esto; es tranquila y en ella es donde se hace de noche a medida que los minutos se marchan -y regresan- Y nada más darte cuenta de mi fijación por tu cara -esos labios que acompañan a cada gesto que provocas, y tus pestañas, que parecen volar con el viento- te sonrojas y me observas como nadie nunca lo había hecho antes: suave y de forma delicada, como si tuvieras miedo a romperme con tu aliento.
-Hay personas que en ocasiones no saben llorar, ni siquiera consiguen pronunciar palabra alguna. Otras, que nada más comenzar con la primera sílaba ya escurren por sus mejillas unas lágrimas con sabor a recuerdos e historias. Y por último, conozco a gente que no necesita contar cuentos ya que el simple sollozo los narra con precisión.
Y tras mi discurso, comenzó a llorar.
-No me queda otra que suponer que tú entras dentro del segundo sector de la clasificación.
Me agarraste la mano y ambas quedamos en silencio, una por no saber qué decir, y la otra, sin embargo, por tener tantos sustantivos y verbos almacenados en su boca, y no saber por dónde comenzar. Volviste a mirar hacia el frente, pero ya no quedaba nada en tu mirada que me ayudase a seguir con las palabras: las siluetas moradas de las montañas y las señales que anunciaban la lluvia en nuestras cabezas.
Yo empezaba a tener miedo, ya que la noche amenazaba con aparecer, y estábamos en lo alto de una torre, en mitad del bosque, perdido de la manos de Dios, sin navajas ni cuchillos. Sólo el viento, tú y yo. Sentía frío, ya que el aire despojaba el jersey de mis hombros, y tanto el cuello como estos últimos deseaban un acercamiento -para mí, la poesía, no es más que eso, un acercamiento, sin ninguna verdad que medie entre sus versos- con tus manos, o con tus labios. Pero vi -deseé no haber visto- cómo uno de tus pies se adelantaba hacia las escaleras, e intuí tus ganas por dejarme, así que me cubrí con mi mano derecha, para no provocar en ti esa incomodidad que pude causar con mi proposición -adivina, adivinanza-. Apenas te veía. Tan sólo me quedaba echar mano de mi memoria para saber qué forma tenían, y tienen, tus rasgos faciales. Fue muy fácil para mí adivinarte. Seguía sin tocarte, y tú sin mirarme. No sabía si hablar o callar, ya que nunca he sabido sin son mis palabras o mis silencios los que consiguen decir más.
-¿Alguna vez has echado de menos a alguien a quien tienes a nueve metros de distancia?
No obtuve contestación alguna. Mi error: hablar sin ser invitada. Ocurre a veces, cuando mentalmente echas una moneda al aire y si sale cruz: no hables.
Finalmente pasó que tanto tú como la luz habíais desaparecido de mi lado. La diferencia es que a ti aún quería tocarte, y la luz podía -y puede- esperar al alba.
Tú. La puesta de sol queda reflejada en tus pupilas, y por ello me basta con quedarme descansando en tu mirada para saber qué es lo que me espera fuera de todo esto; es tranquila y en ella es donde se hace de noche a medida que los minutos se marchan -y regresan- Y nada más darte cuenta de mi fijación por tu cara -esos labios que acompañan a cada gesto que provocas, y tus pestañas, que parecen volar con el viento- te sonrojas y me observas como nadie nunca lo había hecho antes: suave y de forma delicada, como si tuvieras miedo a romperme con tu aliento.
-Hay personas que en ocasiones no saben llorar, ni siquiera consiguen pronunciar palabra alguna. Otras, que nada más comenzar con la primera sílaba ya escurren por sus mejillas unas lágrimas con sabor a recuerdos e historias. Y por último, conozco a gente que no necesita contar cuentos ya que el simple sollozo los narra con precisión.
Y tras mi discurso, comenzó a llorar.
-No me queda otra que suponer que tú entras dentro del segundo sector de la clasificación.
Me agarraste la mano y ambas quedamos en silencio, una por no saber qué decir, y la otra, sin embargo, por tener tantos sustantivos y verbos almacenados en su boca, y no saber por dónde comenzar. Volviste a mirar hacia el frente, pero ya no quedaba nada en tu mirada que me ayudase a seguir con las palabras: las siluetas moradas de las montañas y las señales que anunciaban la lluvia en nuestras cabezas.
Yo empezaba a tener miedo, ya que la noche amenazaba con aparecer, y estábamos en lo alto de una torre, en mitad del bosque, perdido de la manos de Dios, sin navajas ni cuchillos. Sólo el viento, tú y yo. Sentía frío, ya que el aire despojaba el jersey de mis hombros, y tanto el cuello como estos últimos deseaban un acercamiento -para mí, la poesía, no es más que eso, un acercamiento, sin ninguna verdad que medie entre sus versos- con tus manos, o con tus labios. Pero vi -deseé no haber visto- cómo uno de tus pies se adelantaba hacia las escaleras, e intuí tus ganas por dejarme, así que me cubrí con mi mano derecha, para no provocar en ti esa incomodidad que pude causar con mi proposición -adivina, adivinanza-. Apenas te veía. Tan sólo me quedaba echar mano de mi memoria para saber qué forma tenían, y tienen, tus rasgos faciales. Fue muy fácil para mí adivinarte. Seguía sin tocarte, y tú sin mirarme. No sabía si hablar o callar, ya que nunca he sabido sin son mis palabras o mis silencios los que consiguen decir más.
-¿Alguna vez has echado de menos a alguien a quien tienes a nueve metros de distancia?
No obtuve contestación alguna. Mi error: hablar sin ser invitada. Ocurre a veces, cuando mentalmente echas una moneda al aire y si sale cruz: no hables.
Finalmente pasó que tanto tú como la luz habíais desaparecido de mi lado. La diferencia es que a ti aún quería tocarte, y la luz podía -y puede- esperar al alba.
lunes, 17 de agosto de 2009
Ruben
¿Por qué Ruben no parece entender lo que yo siento? Si es ahora cuando, a pesar de su negrura, lo veo más claro que nunca; si es una continuación de mi yo más profundo; si nada más mirarnos amanece un halo que nos separa de este infierno, de este aire, de estos pensamientos. Algo comienza a cambiar, y me veo abducido por un nuevo sentimiento, el de libertad, uno que me llena de seguridad, a un camino en donde mis propias alas son las que conducen mis pasos, y no las de esos que creen conocer mejor a ése que llevas dentro que tú mismo. Sin embargo, aun curado de esta pasión, de este empacho de emoción y sinceridad, necesito saber si he sido una piedra más en aquel sendero caminado por sus dedos, rodillas, estómago, costillas, barbilla, pómulos, palabras...
Ojalá su garganta hubiese quedado muda a la hora de hablar, o afónica de tanto exprimir palabras, o que no hubiera cantado aquello que tiempo después pisotearía en el último momento, justo en ese en el que cierra la puerta del coche con la derecha, y se marcha, y a mí no me queda otra que asentir cabizbajo. Y uno se queda esperando para que lo vea sereno, sin lágrimas en los ojos, con una sonrisa que llora por dentro, como si ese apodo que ya tanto significa, queda como palabra que se ha llevado el viento, y sin embargo ha dolido como una desventura a conciencia con tu mejor amigo. Sí, eso es, dar la impresión -no deja de ser más que eso, algo mágico que se envenena por la cobardía del enamorado- de que todo marcha bien, de que cada minuto esparcido en el tiempo ha sido absorbido por mis manos, y ha dejado de lado al corazón. Y Ruben no comprende el porqué de todo esto, de las ganas por sentirme propiedad de alguien, y que me abracen hasta llenarme de aire, para más tarde, con un beso, vaciar cada poro dañado por esos labios. Por más que intento hacerle entrar en razón nada le sirve: todas las palabras que he malgastado explicándole, suplicándole que no solo me escuchara, que por favor me entendiera, han quedado sin vida en este aire, y mi recorrido, en este viaje, queda aquí, porque ahora es cuando sé que él nunca ha sentido esas cenizas que quedan tras el fuego brillante y abrasador, simplemente porque esa llamarada nunca ha existido en su corazón, ni siquiera en sus silencios.
Ojalá su garganta hubiese quedado muda a la hora de hablar, o afónica de tanto exprimir palabras, o que no hubiera cantado aquello que tiempo después pisotearía en el último momento, justo en ese en el que cierra la puerta del coche con la derecha, y se marcha, y a mí no me queda otra que asentir cabizbajo. Y uno se queda esperando para que lo vea sereno, sin lágrimas en los ojos, con una sonrisa que llora por dentro, como si ese apodo que ya tanto significa, queda como palabra que se ha llevado el viento, y sin embargo ha dolido como una desventura a conciencia con tu mejor amigo. Sí, eso es, dar la impresión -no deja de ser más que eso, algo mágico que se envenena por la cobardía del enamorado- de que todo marcha bien, de que cada minuto esparcido en el tiempo ha sido absorbido por mis manos, y ha dejado de lado al corazón. Y Ruben no comprende el porqué de todo esto, de las ganas por sentirme propiedad de alguien, y que me abracen hasta llenarme de aire, para más tarde, con un beso, vaciar cada poro dañado por esos labios. Por más que intento hacerle entrar en razón nada le sirve: todas las palabras que he malgastado explicándole, suplicándole que no solo me escuchara, que por favor me entendiera, han quedado sin vida en este aire, y mi recorrido, en este viaje, queda aquí, porque ahora es cuando sé que él nunca ha sentido esas cenizas que quedan tras el fuego brillante y abrasador, simplemente porque esa llamarada nunca ha existido en su corazón, ni siquiera en sus silencios.
viernes, 14 de agosto de 2009
3:42
Hoy os hablo del miedo, ése que te anula por completo y del que, en ocasiones, no vemos otra salida que la escapatoria sin necesidad de echar la mirada hacia atrás. Correr sin carrerilla. Simplemente con la vista puesta en el final del camino que te espera, ansioso, tranquilo. Ese miedo es capaz de hacer que tus preocupaciones, las más insípidas, las más brutales, se desvanezcan como neblina en la oscura noche, y no ver nada más que la tenebrosidad que te desnuda a cada paso que das. Os hablo de esta emoción que una vez superada no renace como la lluvia en otoño, o las flores en primavera, sino que, aun deseando que vuelva para hacernos olvidar eso que ya se fue, ocurre como con el primer amor, que nunca regresa. Y si lo hace, ya no es el mismo, ya que sería una continuación de algo que nunca acabó.
Ya es hora de ir a dormir.
Y es en esos momentos, en los instantes que te llevan al abismo, en los que te das cuenta de lo que realmente significa amar. Antes de la despedida la querías, sí, a ella, a ella, pero es después de que ese adiós se materialice como cuerpo sin alma, cuando uno es consciente de la falta de aire que se produce al pronunciar su nombre, sí, el de ella, el de ella; y de los momentos que, tumbado en la cama, quisiste compartir con sus manos. Con sus manos en tu pecho.
Ya es hora de ir a dormir.
Y es en esos momentos, en los instantes que te llevan al abismo, en los que te das cuenta de lo que realmente significa amar. Antes de la despedida la querías, sí, a ella, a ella, pero es después de que ese adiós se materialice como cuerpo sin alma, cuando uno es consciente de la falta de aire que se produce al pronunciar su nombre, sí, el de ella, el de ella; y de los momentos que, tumbado en la cama, quisiste compartir con sus manos. Con sus manos en tu pecho.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Un adiós definitivo
Nos escurríamos entre los cuerpos y ocurrió lo inevitable. En realidad no fue más que un suceso esperado, de esos que temes ver pasar y que, como dictan en las novelas y se siente en la vida real, acaban resbalando por las mejillas. Lo peor de todo esto es cuando no sabes que hacer y lanzas su mano al vuelo, y si sale palma te adelantas y comienzas a caminar, aun sabiendo que es calle cortada. Lo irónico de todo esto es cuando, siendo consciente de que si pinchas, sangras, te adelantas con la boca, con la nariz, con tu corazón y se lo dejas escrito en una servilleta de papel sujeto por el parabrisas de su coche. Y acordaos de la injusticia del mundo, porque una vez dado, a sabiendas de sus consecuencias, que es lo paradógico, no hay devolución posible, ya que los sentimientos no fueron creados junto a un ticket de compra, ni apegados a una rueda de recambio, aun esperando con los ojos cerrados ese inminente pinchazo que nos dejará a todos y a cada uno de nosotros en mitad del camino.
No, ya no nos queda nada.
Y el corazón duele cuando sabe que ese te quiero que aguardaba aquí dentro sale despavorido en el último momento, como cuando histéricos decidimos estudiar únicamente la noche antes de nuestro examen final. Las palabras, esas dos vidas, salen horrorizadas, ya que no saben con certeza cual será su destino -buenas noches, determinismo-. No saben que si se adentran por los ojos acabarán suicidándose; y si lo hacen por la boca rozarán el corazón, pero serán atrapadas rápidamente por los fluidos de los alrededores, a no ser que se introduzcan por los oídos, donde, una vez allí, se bifurcaran hasta aterrizar sobre las yemas de los dedos. Sin embargo, lo que sí sabe el corazón es que cuando lanza esas vocales y consonantes, y de vez en cuando un silencio entre ellas, es que, en momentos como esos, bautizado con un final inevitable, jamás llegan a entrar en consonancia con ése que espera frente a nosotros. Y por eso ese dolor, que desgraciadamente se identifica a la perfección cuando uno deja escapar la vida por esas lágrimas, ésas que acaban inundando la cama y las palabras.
No, ya no nos queda nada.
Y el corazón duele cuando sabe que ese te quiero que aguardaba aquí dentro sale despavorido en el último momento, como cuando histéricos decidimos estudiar únicamente la noche antes de nuestro examen final. Las palabras, esas dos vidas, salen horrorizadas, ya que no saben con certeza cual será su destino -buenas noches, determinismo-. No saben que si se adentran por los ojos acabarán suicidándose; y si lo hacen por la boca rozarán el corazón, pero serán atrapadas rápidamente por los fluidos de los alrededores, a no ser que se introduzcan por los oídos, donde, una vez allí, se bifurcaran hasta aterrizar sobre las yemas de los dedos. Sin embargo, lo que sí sabe el corazón es que cuando lanza esas vocales y consonantes, y de vez en cuando un silencio entre ellas, es que, en momentos como esos, bautizado con un final inevitable, jamás llegan a entrar en consonancia con ése que espera frente a nosotros. Y por eso ese dolor, que desgraciadamente se identifica a la perfección cuando uno deja escapar la vida por esas lágrimas, ésas que acaban inundando la cama y las palabras.
lunes, 10 de agosto de 2009
La inminencia del adiós.
Déjeme salir de su caverna de espejos y de promesas agrietadas, inservibles e imposibles de masticar. Ayúdeme a salir de su prisión, de su cárcel, de su cuerpo, de sus besos y miradas, de sus brazos y palabras. Asústeme diciéndome que todo lo vivido no ha sido más que un maravilloso sueño; que ha pecado rozando mis labios, escondiéndose bajo mis pestañas cuando el sol se despedía, o cuando la luna temía a las estrellas y se convertía en nube hecha polvo. Apague la luz de nuestros ojos, para no verlo más, ni acudir a usted cuando mis manos sedientas opriman mi pecho pensando que estrechan el suyo. Rómpame el corazón para no seguir sintiendo cómo cada ventrículo se descompone en pedazos cada vez más pequeños hasta entrar en lo que para ellos significa un átomo, partícula, en este caso, desligada del resto, de todos sus compañeros.
Esto es una llamada de auxilio y de necesidad, ya que estas aguas impregnadas de veneno pueden con mi vida, incluso con mi sufrimiento.
Esto es una llamada de auxilio y de necesidad, ya que estas aguas impregnadas de veneno pueden con mi vida, incluso con mi sufrimiento.
miércoles, 15 de julio de 2009
Culpable
Y allí estaba yo, sentado en lo alto de la nube que sustentaba mi futuro, deleznable y fortuito. Hablamos durante horas, y queriendo me acercaba a ella con la excusa de separarla de aquel trocito de papel imaginario que quedaba descansando en su mejilla, o con el deseo de acabar con esa arruga que se formaba en lo alto de su falda. Cuando iba de camino hacia su cuerpo mis labios temblaban, y ella se mordía los suyos. Lo hacía de forma suave, lenta, pausada, como si tal movimiento fuera mostrado en pequeños fotogramas. Incluso había veces en las que me daba la sensación de que estuviera mordiendo mis labios y no los suyos. Mientras hablaba de lo fantásticos que son los atardeceres, todos y cada uno de ellos, la miraba a los ojos, pero seguidamente, ante el apareamiento de su labio superior con el inferior, o cuando su lengua ascendía para rápidamente desaparecer, hacía invisible mi mirada para poder centrarme en lo que verdaderamente me interesaba: su boca. Parecía tener miedo de que pudiese abalanzarme a su cuello, a sus manos, a lo que fuere, algo que fuere de su propiedad. No hice nada, nada en absoluto, y no porque me diese la impresión de que ella tan sólo quería tenerme como se tienen los retratos escondidos tras un marco y un cristal, sino porque me gustaba sentir ese vértigo, eso que muchas veces supone el comienzo de un historia y el final de otra, a lo que sigue un escalofrío que vuela por cada parte de tu cuerpo hasta llegar a las yemas de tus dedos, donde reposa unos segundos y sale temblando a través de tu boca cuando la besas -a Ella-
-Tienes que enamorarte de alguien, eres maravillosa- Le dije.
-Tienes que enamorarte de alguien, eres maravillosa- Le dije.
sábado, 11 de julio de 2009
Adivinanzas
Somos dos gotas de lluvia que corren al ritmo de esas notas que se escapan de sus labios, y que hablan de lo ocurrido, y de lo que vivió anoche, y de lo que esperan que suceda los días sucesivos a éste. Somos dos entes que viajan a lo largo del cristal de su ventana, y que derriten sus palabras como lo hacen nuestros cuerpos al acercarse. La melodía arrancada por una de estas vocales y consonantes se encierra en las yemas de nuestros dedos, y duele. Y duele porque nuestra historia aparece en sus cartas como incorpórea e incompleta, silenciosa y transparente...
Para ella somos un juego, un entretenimiento que consiste en hacernos creer que somos alguien. Un alguien que ya somos, pero que, a veces, no queremos admitir que somos. Y es por ese cristal por el que caminamos, por el que lloramos y jugamos a ser pequeños seres compuestos de agua y tristeza. Agua, porque aterrizamos en esta tierra desde el cielo, y tristeza, porque vivimos el día a día, la noche, los atardeceres.
Para ella somos un juego, un entretenimiento que consiste en hacernos creer que somos alguien. Un alguien que ya somos, pero que, a veces, no queremos admitir que somos. Y es por ese cristal por el que caminamos, por el que lloramos y jugamos a ser pequeños seres compuestos de agua y tristeza. Agua, porque aterrizamos en esta tierra desde el cielo, y tristeza, porque vivimos el día a día, la noche, los atardeceres.
domingo, 5 de julio de 2009
Amigos para siempre
Amanezco y me gusta saber que he abierto los ojos en sincronía con el sol, con ése que todo lo ve, y nada más apoyar mi cabeza sobre la almohada presiento que algo en mí ha cambiado. Está naciendo nuevamente en mí, ya que cuando sopla mi nombre en la lejanía que nos separa siento cómo cada uno de sus fonemas bailan un pequeño vals. Se cogen de la mano, y de dos en dos comienzan a mover sus patitas nada más aparecer la primera nota de la melodía. Sin embargo tal movimiento sigue aun habiendo silencios de por medio, y es esto lo que lo hace tan sumamente especial, su permanencia en mí, como un eco que se adentra y se resguarda en una cueva del tormentoso viento que agita el cabello, los toldos, las nubes. Mi nombre viaja de sus labios a mis oídos, y retumba en ellos como si nunca antes lo hubiesen escuchado, mi nombre, su palabra. Es difícil comprender cómo he llegado hasta aquí, y cómo he dejado que tal cosa se escapara de estos dedos fríos, pero ya sabéis cómo son de escurridizos los sentimientos. No he podido controlarlos, aun pensando que todo estaba bajo la mirada atenta de mis dos pies, de mis dos manos, de mi corazón.
No importa lo que me diga, y si lo que me dice anda desprovisto de sonido -o de significado-, porque ya estoy yo ahí para interpretarlo, aunque esta función sea el motivo principal de confusión. ¿Qué importancia tendrán entonces sus palabras? Si soy yo la única que habla -y lo hace por los dos-, y siente, y padece. Tampoco interesa que sonrían cuando tu imagen resbala por sus pensamientos. Sólo es importante saber que tanto tú como él sonreís a la vez nada más comenzar a tejer una historia, ésa de la que ambos sois protagonistas.
No sé si esto merece la pena, estas palabras, mis pensamientos, él, mi corazón y sus enfermedades. Únicamente decir que, en mi caso, otro clavo ha aparecido, y con él la sorpresa y las ganas -ganas de quedarme en su abrazo- y es quien, seguro, sí merece la pena.
No importa lo que me diga, y si lo que me dice anda desprovisto de sonido -o de significado-, porque ya estoy yo ahí para interpretarlo, aunque esta función sea el motivo principal de confusión. ¿Qué importancia tendrán entonces sus palabras? Si soy yo la única que habla -y lo hace por los dos-, y siente, y padece. Tampoco interesa que sonrían cuando tu imagen resbala por sus pensamientos. Sólo es importante saber que tanto tú como él sonreís a la vez nada más comenzar a tejer una historia, ésa de la que ambos sois protagonistas.
No sé si esto merece la pena, estas palabras, mis pensamientos, él, mi corazón y sus enfermedades. Únicamente decir que, en mi caso, otro clavo ha aparecido, y con él la sorpresa y las ganas -ganas de quedarme en su abrazo- y es quien, seguro, sí merece la pena.
viernes, 3 de julio de 2009
Hay luna nueva
Fue un 28 de junio.
Vuelas por los aires sin apenas ser visto cuando, de repente, una luz alcanza cada poro de tu piel, y sientes cómo todas tus extremidades se estremecen por el roce de sus rayos; y su olor, el que desprende su luz, navega atravesando cada uno de los hilos que componen la vida hasta llegar a tu corazón. Y es en esos momentos cuando sabes que no hay ser vivo que no sepa de tu existencia, ya que su luz, ahora, es tu luz, y todo cuanto quieras hacer o saber dependerá de eso, de si ése o ésa están vivos.
Y yo volaba, como he comentado antes, pero lo hacía sin sustento, sin tener una base sólida que pudiese mantener mi cuerpo a flote -mi alma bailaba alrededor de las estrellas-. Y aun sin poder apoyarme en nada tangible en este instante, sé que puedo confiar en lo que está escrito, ya que cuando sus manos rozan las mías, o cuando sus ojos delatan lo que su corazón dicta, no cabe duda alguna de lo verdadero que es ese sentimiento. El tuyo. El mío.
Sin embargo es difícil expresar lo que uno siente cuando dos meses son la única verdad, y el adiós se dice pronto. En realidad lo único que espero es andar, correr, o volar y encontrarte de nuevo, en lo alto de tu cama, jugando con los pinceles y sus colores, o incluso susurrando mi nombre en lo alto de una montaña en Trieste.
Vuelas por los aires sin apenas ser visto cuando, de repente, una luz alcanza cada poro de tu piel, y sientes cómo todas tus extremidades se estremecen por el roce de sus rayos; y su olor, el que desprende su luz, navega atravesando cada uno de los hilos que componen la vida hasta llegar a tu corazón. Y es en esos momentos cuando sabes que no hay ser vivo que no sepa de tu existencia, ya que su luz, ahora, es tu luz, y todo cuanto quieras hacer o saber dependerá de eso, de si ése o ésa están vivos.
Y yo volaba, como he comentado antes, pero lo hacía sin sustento, sin tener una base sólida que pudiese mantener mi cuerpo a flote -mi alma bailaba alrededor de las estrellas-. Y aun sin poder apoyarme en nada tangible en este instante, sé que puedo confiar en lo que está escrito, ya que cuando sus manos rozan las mías, o cuando sus ojos delatan lo que su corazón dicta, no cabe duda alguna de lo verdadero que es ese sentimiento. El tuyo. El mío.
Sin embargo es difícil expresar lo que uno siente cuando dos meses son la única verdad, y el adiós se dice pronto. En realidad lo único que espero es andar, correr, o volar y encontrarte de nuevo, en lo alto de tu cama, jugando con los pinceles y sus colores, o incluso susurrando mi nombre en lo alto de una montaña en Trieste.
viernes, 26 de junio de 2009
La cercanía, a veces, duele

...Sigo ahí, envuelta en su abrazo, acariciada por sus dos manos, vigilada en penumbra por sus ojos que no miran, pero que sí me ven. Me ruboriza el sólo hecho de pensar que esta vida es la que yo he elegido: quedarme sin aliento por las ganas -las ganas de querer no quererte cada día más- Es inútil, porque sigo entrelazada a su sombra, y absorbida por su aroma, que me resulta verdaderamente delicioso. Mientras espero un gesto que indique que ya es momento de deshacerme de su cuerpo, aprovecho los últimos instantes para recorrer su espalda con mis dedos, y disfrutar de la sonrisa que esconde tras de mí, porque sí, sé que está sonriendo. No obstante permaneces en mí, rozándome el alma a sabiendas de lo que haces y de sus avenidas consecuencias: aprieta el corazón para más tarde dejarlo huérfano de madre, sin sangre que recorra mis venas y arterias, porque como los vampiros, su vida, ha consumido la mía. Y sin embargo reniega de este nuestro sentimiento, e instaura su belleza sobre la palma de mi mano, para seguidamente cerrarla impidiéndome de este modo ver de qué color son sus ojos, a qué saben los labios que nunca he probado. Es el miedo, entonces, quien resbala por todo tu cuerpo, y cuando me miras sin querer, ya sea por costumbre o porque te gusta lo que ves, hallo en ti ese deseo irrefrenable que te contagia en mí cuando me abrazas, cuando te abrazo, nada más abrazarnos.
Ha muerto
Susan recordó que la cama en donde había dormido con su, por aquel entonces, inspiración, luz que irradiaba cada una de las esquinas de esta habitación, era aquella en la que ahora reposaba su triste sollozo. Triste porque su reminiscencia en forma de imagen incandescente sobre fondo negro había hecho que quisiera volar de nuevo, como aquella noche, ésa en la que le dijo te quiero: “Susan, te quiero”
Cada atardecer aullaba su nombre, y conseguía de forma mágica hacer estremecer cada una de las partes de su cuerpo. Toda ella saludaba con delicadeza sus caricias, las que sus labios ofrecían a su boca -la de ella-, o sus manos, que entre susurros jugaban con el broche del sujetador -el de ella-
Se encontraba entre sonrisas y más sonrisas cuando él escribía sobre su espalda, sobre sus dos mejillas, palabras silenciosas, secretos decorados con alguna que otra mentira, pero ella lo deseaba con tal persistencia que creía su mirada cuando le juraba que sólo era ella a quien escribía:
Cada atardecer aullaba su nombre, y conseguía de forma mágica hacer estremecer cada una de las partes de su cuerpo. Toda ella saludaba con delicadeza sus caricias, las que sus labios ofrecían a su boca -la de ella-, o sus manos, que entre susurros jugaban con el broche del sujetador -el de ella-
Se encontraba entre sonrisas y más sonrisas cuando él escribía sobre su espalda, sobre sus dos mejillas, palabras silenciosas, secretos decorados con alguna que otra mentira, pero ella lo deseaba con tal persistencia que creía su mirada cuando le juraba que sólo era ella a quien escribía:
“créeme, jamás podría narrar ninguna otra historia en la que tú no fueras la protagonista, porque mis ojos solo ven tu cuello, y mis manos sólo pueden tocar tus labios”.
Sin embargo es ahora cuando Susan entiende que aquel desengaño es la única verdad que ha conocido, y que el amor que él prodigaba ante ella no era más que una sucia escapatoria para no percibirse solo y abandonado
Sin embargo es ahora cuando Susan entiende que aquel desengaño es la única verdad que ha conocido, y que el amor que él prodigaba ante ella no era más que una sucia escapatoria para no percibirse solo y abandonado
Dualidad
Déjame soñarte con los cinco sentidos, con la pluma y el papel, con la boca y sus dientes; déjame sentirte con mi aliento, con mi respiración y mutismo; déjame declarar mis sentimientos ante mi idea, la que tengo de ti, porque es a ella a quien amo, a las palabras que se recrean en cada centímetro de tu cuerpo, y en los verbos de mis pensamientos -creados por mí para ti-
Es a ellas, aquéllas que dan forma a este sentimiento, a quienes echo irremediablemente de menos. Las aplaudo cuando amanecen de mis labios, y las sonrío cuando bailan sobre el papel blanco. Mis manos son las que tiemblan y no mi voz cuando ven asomar una consonante apropiada, o una vocal que nunca antes había concordado con mi deseo, con mi apetencia. Saludo al mundo con otros ojos después de haber plasmado sobre el papel nuestro día –aquellos días- y , a la vez, me entristece saber que se trata de un pasado, de una realidad ya vivida y que, como ocurre con todo, es irrepetible. Es sorprendente, pero hoy en día, me siento con las mismas ganas de sentirte que la idea de no tenerte para sí escribirte.
Es a ellas, aquéllas que dan forma a este sentimiento, a quienes echo irremediablemente de menos. Las aplaudo cuando amanecen de mis labios, y las sonrío cuando bailan sobre el papel blanco. Mis manos son las que tiemblan y no mi voz cuando ven asomar una consonante apropiada, o una vocal que nunca antes había concordado con mi deseo, con mi apetencia. Saludo al mundo con otros ojos después de haber plasmado sobre el papel nuestro día –aquellos días- y , a la vez, me entristece saber que se trata de un pasado, de una realidad ya vivida y que, como ocurre con todo, es irrepetible. Es sorprendente, pero hoy en día, me siento con las mismas ganas de sentirte que la idea de no tenerte para sí escribirte.
domingo, 14 de junio de 2009
Sus equipajes, vuestra historia.
¡Por fin! Si ella supiera cuántas veces he deseado que llegara este momento, si únicamente supiera cuantísimo he soñado con tenerla para mí en cuerpo y alma, querría disfrutar de cada poro de mi piel hasta quedar saciada. Ay, pero de qué forma me miran sus ojos...
Ahora que me paro a pensar puede que la idea de viajar juntos a Florencia no haya sido la más acertada. A él le gusta la literatura romántica y a mí las palabras me aterran.
-No me mires así, Joan, las cosas no son siempre lo que parecen.
- ...
- ...
Anda, corre o vuela

"Estas letras son mi despedida. Me marcho, Luz. Me marcho antes de que tú desaparezcas de mi lado; me marcho por miedo a que dejes de desear cada palabra que escribo y para que no me olvides; me marcho; me marcho para no dejar jamás de pertenecerte.”
Subí de su mano al vagón que prometió llevarnos adonde renacen aquellos que han muerto, cuando supe que era hora de abandonar. Introduje el pequeño trozo de papel entre las páginas de su libro.
–Ahora vengo. He de hacer una llamada...-
-Pero no tardes, cielo.
domingo, 7 de junio de 2009
Adonde no fuimos

Escuchaba la radio cuando de repente me vi abandonada en tu recuerdo. Ése que me persigue y que deja tras de mí una sombra valiente, un llanto irremediable en cada poro de mi piel. Estaba recorriendo la ciudad, y me acordaba de cada metro pisoteado por nuestros cuatro pies, y de cada verso que leíamos en voz alta, de Alberti, o de Rilke, incluso, a veces, eran nuestras palabras las despellejadas por nuestras voces. Y aquello, la verdad, me llenaba de alegría. Escuchar cómo tus emociones me abrazaban y me dejaban pendiendo de un hilo. Uno que acabó por romperse y finalmente por desaparecer. Lo busqué, de verdad que lo busqué, pero algo dentro de mí -o en ti- ha cambiado, y no sé qué hacer para recuperarlo. O quizá lo mejor será dejar que esas mariposas que volaron hace tiempo, paseen libres por el eterno campo , ya que ¿acaso el cielo espera el despertar de la luna? Sigue y seguirá siendo cielo aun no estando iluminado por un ilimitado número de estrellas, aun no siendo acogido por los primeros rayos del sol. Y así como el cielo sigue siendo un lugar que por mucho que extiendas el brazo nunca llegarás a saber de su tacto, tú, mi recuerdo, quedas todavía en lo abstracto e incorpóreo. Y es lo incognoscible de tu persona lo que me hace abandonarme en mi memoria, y pensar en el porqué de tus ganas por saberme viva. Claro que permanezco, y lo hago a tu lado en silencio, por eso tu insistencia y mi mutismo. No pretendo salir aireada de esta situación, ni hacerme con el papel protagonista, ni siquiera llamar tu atención, ya que lo único que pretendo es deslindarme de nuestra historia, y para ello tienes que dejarme marchar como volaron todas tus mariposas. Y es que me resulta verdaderamente envidiable aquellas personas que son capaces de viajar por rutas nuevas aun habiendo experimentado con anterioridad cosas terribles; percibir sentimientos mágicos y exitosos; ansío lo que aquellos son capaces de lograr cuando viven lo que hay que vivir, eso que alguien ha construido para y por ellos. Supongo que algo así, percibirse libre de las garras del que una vez fue su opresor, no es algo que le ocurra a uno todos los días, y por ello, ansiado con fervor.
Ay... Desgraciada cría, con las verdades que habrían esperado tras tu ventana, y sólo te acordaste de ahondar en tu pasado. En tu triste reflejo de hace años. Porque pudimos recordar todos los lugares en donde estuvimos, incluso aquellos que no visitamos y que siguen latentes en mi memoria, porque sé que son dignos de admirar, de contemplar aunque tu presencia, concreta y deleznable, no me acompañe de la mano. Y hoy por hoy, únicamente soy capaz de pedirte, de suplicarte que no vuelvas, porque confío en que esta vez tu olvido se desvanezca como todo lo que conlleva recordarte, así como lo hacen las lágrimas una vez abrasadas por el sol, o la voz que, entre cortada, huye hacia el silencio.
jueves, 9 de abril de 2009
Había una vez...
... Sabías que lo que fue, aquello que ocurrió para mí iba a ser y sería un mundo, un deseo más que tachar de la lista que tú misma titulaste como '¿qué es lo que más te gustaría que ocurriera en estos momentos?', y sin embargo decidiste romper tu silencio para acabar con mis días.
No sé, no sé. Sí, sí que sé: que no quiero más, y que algo en mi vida, hoy, ha cambiado. Que me das asco.
Pd: perdonad por esta salida de tono, pero ya sabéis cómo se las gasta el rencor...
No sé, no sé. Sí, sí que sé: que no quiero más, y que algo en mi vida, hoy, ha cambiado. Que me das asco.
Pd: perdonad por esta salida de tono, pero ya sabéis cómo se las gasta el rencor...
martes, 7 de abril de 2009
Al infinito y más allá
He pasado por cada letra, por cada poro de nuestro cuento, y he caído en la verdad más irrefutable de todas: en el porqué vine a esta tierra. Las notas que llegan a mis oídos las siento como nunca antes las había sentido; las coloreo de tu color favorito, y las tarareo como si fuera lo último que me queda por hacer en esta vida; en una vida sin ti, viviendo una vida sin mí. He conocido a tanta gente, he probado tantas bocas, he navegado por tantos mares y océanos que ya no sé qué más hacer para poder dormir sin inventar una historia en la que el protagonismo sea nuestro, de las dos: un atardecer, en lo alto de esa montaña, ésa a la que puse tu nombre una vez. Allí nos reencontramos sin haberlo previsto, de casualidad, como ocurren muchas de las historia que más tarde se cuentan a los amigos, incluso a los sólo conocidos. Y es que después de revivir nuevamente toda nuestra mágica novela puedo decir que hubo momentos en los que hubiese deseado morir. Morir porque para qué más, para qué volver a lo de siempre habiendo vivido lo que viví, lo que toqué: tus manos. Lo que saboreé: tus labios. Lo que escuché: tu respiración. Morir como debí hacer aquél veintiocho de enero, cuando todavía no era consciente de que tiempo después volvería a disfrutar de tu reflejo, de tu yo más humano. Sin embargo aun sigo viva, y por ello siento todo esto que escribo, para ti, para vosotros, para mí, en definitiva. Me ilusiona saber que has sido mía, por unas horas, pero unas en las que estuviste en cuerpo y alma para mí, y que disfruté sin saber hasta ahora de cada parte de tu esqueleto; de tu clavícula, de tu cuello, de tus pómulos... Y tiemblo nada más pensar que escuchar lo que escucho hace que piense irremediablemente en ti, en nuestro primer acercamiento, en cuando era libre de escribirte un te quiero en cada frase, en cada verso.
Esta es la última carta que te dedico, porque de ahora en adelante permaneceré en un lugar al que prefiero no poner nombre. Moriré. Moriré como tenía que haber hecho hace meses. Moriré de forma tal que no tendré dedos para escribir, ni siquiera un corazón que llore por ti. Moriré como nunca antes había muerto, porque he de decir que a veces he tenido la sensación de ausencia, de que dicha sensación no era más que una ilusión, una farsa, una anécdota en estos días que alguien ha creado para mí. Y me encantaría repetirte aquello de ‘cuídate hasta que yo pueda cuidarte’, pero, la verdad, dudo que ahora mis brazos sirvan de abrigo, que mi boca sea tu único elixir... Por eso, por eso he de morir.
Y para terminar, luz, llegué aquí, aquí para conocerte, para ver cómo crecías, vine aquí para amarte y creer todas las palabras que ya muy lejanas descansan en alguna parte de nuestro mundo, todos los movimientos que sin querer te desvelaban, y morir junto a la calma que ahora me espera con ansia.
Esta es la última carta que te dedico, porque de ahora en adelante permaneceré en un lugar al que prefiero no poner nombre. Moriré. Moriré como tenía que haber hecho hace meses. Moriré de forma tal que no tendré dedos para escribir, ni siquiera un corazón que llore por ti. Moriré como nunca antes había muerto, porque he de decir que a veces he tenido la sensación de ausencia, de que dicha sensación no era más que una ilusión, una farsa, una anécdota en estos días que alguien ha creado para mí. Y me encantaría repetirte aquello de ‘cuídate hasta que yo pueda cuidarte’, pero, la verdad, dudo que ahora mis brazos sirvan de abrigo, que mi boca sea tu único elixir... Por eso, por eso he de morir.
Y para terminar, luz, llegué aquí, aquí para conocerte, para ver cómo crecías, vine aquí para amarte y creer todas las palabras que ya muy lejanas descansan en alguna parte de nuestro mundo, todos los movimientos que sin querer te desvelaban, y morir junto a la calma que ahora me espera con ansia.
No está mal leer de vez en cuando
Cállate, cállate, porque yo estuve enamorada. Enamorada porque cuando te miraba no sentía la necesidad de mirar a otro lado ¿Para qué si tenía la tuya junto a la mía?, porque cuando te besaba, ¿quién podía separarme de tus labios?, y porque tu olor, cuando olía lo que tu cuerpo desprendía, recuperaba el aliento, la voz y la pasión. Cuando tu olor llegaba a mi espalda ya no había más olores en donde nosotros, tú y yo, pudiésemos estar. Y es verdad que ya no te pienso nada más levantarme, pero sí que lo hago cuando la noche está encima de mí, cuando el edredón que cubre mis sueños y desventuras está arrugado, tendido sobre el colchón que enmudece el mundo en el que vivo, el que despeja el cielo nuboso que cubre los atardeceres de invierno, el que me enseña que querer es poder.Me gusta leerte en voz alta, porque sé que, aunque sean cuarenta minutos los que separan nuestras cálidas almas, tú me oyes y me escuchas ¿Imaginas estar tumbados, ahora, en esta misma alfombra? Una alfombra mágica en la que nada más montarnos fuesemos a un lugar de ensueño. Qué idílico sería todo eso...
...Y es posible
...Y es posible
lunes, 30 de marzo de 2009
caput
Vivo delante de un mundo al que me da miedo abrir los brazos, incluso me ocurre a veces que hasta romper los estímulos con los ojos me resulta espantoso.Hoy recordé nuestro día, aquél que no haré mención, porque para qué nombrarlo, si días no hay más que uno para cada persona. El resto son simples paréntesis, entrecomillados, horas encerradas entre risas y algún que otro llanto. Ahora rememoro esos segundos, esos que paso a cámara lenta para tener la sensación de que duran más de lo que en realidad duraron.
lunes, 23 de marzo de 2009
Párate quieta
No se qué hacer para dejar de escribir, esta historia, que parece, a mis ojos, a los de cualquiera, no tener fin. Quizá se trate simplemente de que, en realidad, yo no quiero dejar de trazar versos para ti, o tal vez la causa esté en que no existen palabras que verbalicen la muerte de esta novela, de esta rosa, de esta estrella. Y es verdad, invento tu nombre con cada bandada de pájaros, con cada ramillete de flores, con toda la arena que se esparce sobre mi mesa, sobre el papel, en los cristales; tu nombre con seis estrellas, en mi memoria, y lo recuerdo, como si del abecedario se tratase, pero sólo porque yo quiero. Quiero tenerte, como recuerdo, en cada estrella, en los cristales, sobre el papel, junto a la arena, en cada flor y surcando el cielo. Ahí, volando junto a ellos.
Imagine
Imaginad por un momento que estáis dentro de mí, que vivís lo que yo vivo en este preciso instante, que respiráis lo que yo he absorbido, que os emociona lo que mi corazón suplica, que mi vida es vuestra vida, que él o ella os acaricia el cuello como quien me lo acarició a mí hace mil noches y mil días. ¡Qué cantidad de relámpagos y truenos surcaron la ciudad! Suponed que silbo, y que canto, porque quien canta y no suele cantar es que está enamorado. Me gustaría haceros sentir lo que yo siento, porque no puedo más, porque me siento ansiosa, enérgica, valiente, y noto que se me escapan las palabras que revolotean por mi mente. Aleteo de aquí para allá, buscando nuevas historias que contarte, que te hagan suspirar, historias con un final feliz, porque hasta que los príncipes y princesas no lloren de alegría ese cuento no podrá desaparecer ¡Y qué razón tenías! Porque es verdad que final sólo es final cuando es feliz, si no se vuelve a empezar.
Y es que así es como quiero comenzar nuestra nueva historia, y además quiero que sea como la historia interminable, que sólo por el título ya piense el lector que será inmensa y eterna. Nuestra historia, nuestro cuento, nuestras palabras, todo nuestro.
Y es que así es como quiero comenzar nuestra nueva historia, y además quiero que sea como la historia interminable, que sólo por el título ya piense el lector que será inmensa y eterna. Nuestra historia, nuestro cuento, nuestras palabras, todo nuestro.
viva la vida
Ahora calla, que está lloviendo- te quiero- y es que el poeta ha muerto. Ha muerto porque las gotas de agua le acribillaron sin compasión. Ha muerto porque ha dejado de respirar. Cuando el viento del medio día sopla con tal fuerza no tienes nada que hacer. Su energía te vence, su fuerza te atrapa y te mata. Ha muerto porque los pájaros que le despertaban ya no cantan, y como, hoy por hoy, han dejado de hablar, de recitar y de entonar no ha habido quien le incomode el sueño. Por eso él sigue soñando. Ha muerto porque ¿para qué vivir si no puede oler el rocío que envenena sus campos?
Es precioso, ¿no crees? Morir habiendo experimentado las seis pasiones de las que, en su momento, habló Descartes, es maravilloso.
Es precioso, ¿no crees? Morir habiendo experimentado las seis pasiones de las que, en su momento, habló Descartes, es maravilloso.
Temblad
Por favor, ¿podría recoger eso que se me acaba de caer? Me tengo que agachar y estoy cansada, además creo que si llego a inclinar mi tronco más de lo necesario puede que me caiga y quede postrada en el mismo asfalto. Recúbrete la mano con un guante o con algo de papel. Es escurridizo, derrama sangre a borbotones y no quiero que te manches. Es asqueroso. No te enfades, perdóname, se ha desenganchado de las venas que lo unían a mi cámara, y se me escurrió del pecho: atravesó mi camisa y fue descendiendo por las montañas de mi cuerpo hasta aterrizar junto a los nueve dedos de mis pies. Uno se marchó, se fue de mí, no le caía bien. Y pobre mi motor, está en el suelo completamente abatido. ¡Corre! ¡Haz el favor de darte prisa! ¡Rápido!. Ponlo a cubierto, que está lloviendo. Y es una tormenta que viene con muchas lágrimas...
Tiemblo. Y tengo miedo. Un suspiro rompe con el silencio, y después de él necesito que tú, mi... No sé qué pretendo. Ni siquiera sé lo que deseo. Mentira. Mi... sólo quiero que te quedes conmigo, porque las lágrimas se me escapan, y no saben recoger lo que han abandonado, ni las risas saben reír solas, así que ven, vuelve y cántame una canción.
Tiemblo. Y tengo miedo. Un suspiro rompe con el silencio, y después de él necesito que tú, mi... No sé qué pretendo. Ni siquiera sé lo que deseo. Mentira. Mi... sólo quiero que te quedes conmigo, porque las lágrimas se me escapan, y no saben recoger lo que han abandonado, ni las risas saben reír solas, así que ven, vuelve y cántame una canción.
sábado, 21 de marzo de 2009
No le pidas peras al olmo
Ojalá pudiéramos hacer nuestra esta historia. Ésa, sí, aquélla en la que tapadas por unas gotas de lluvia, ella y tú, convivíais arropadas por besos y más besos. Algunos de ellos pausados, maravillosamente tranquilos, esos que con tan solo un roce de labios llegan hasta el corazón de la otra, o de la una, y lo acarician, y lo mecen entre movimientos lentos, siempre suaves. Otros son algo más animados, más eufóricos, más nerviosos, como cuando rozabas con tu mejilla izquierda su derecha, y vuestras bocas, luchando contra lo inevitable, producían sonidos, algún que otro susurro, y se acercaban intencionadamente una a la otra, hasta que apenas se diferenciaban las palabras, lo que ellas decían, que en ese momento no significaban nada, ¿para qué hablar si vuestra presencia decía lo indecible? Vuestras manos jugando al escondite entre mangas de camisas; vuestros corazones corriendo a gran velocidad sobre las yemas de los dedos, rodeando el cuello de aquí para allá, ése que tú tanto acariciabas, avergonzados en lo alto de las rodillas, como nunca antes habían experimentado. Era como si esos golpecitos, pequeños pero perfectamente perceptibles, fueran a terminar con las horas de sueño de cada una, que tanto anhelaban compartir almohada, sábanas y algún que otro despertar.
Ojalá. Ojalá no nos hubiérais besado, porque esas notas, esos silencios que compusísteis en mitad de la noche no llenaron de flores este jardín todavía amarillento.
Ojalá. Ojalá no nos hubiérais besado, porque esas notas, esos silencios que compusísteis en mitad de la noche no llenaron de flores este jardín todavía amarillento.
Aire, vámonos de aquí.

El viento rodeaba mi nuca, mi cuello, mis manos, y con su canto dulce hizo que todo lo que me esperaba ahí fuera se convirtiera en algo parecido a los sueños. Además, esa melodía, acariciaba mi pelo, jugaba con el reborde de las mangas de mi jersey, y me avivaba la existencia. La paz y la tranquilidad, en ese instante, se convirtieron en una parte más de mi persona, y sonreía, sonreía sin miedo a nada ni a nadie. Era Feliz. Se trataba de esa felicidad que lees en las novelas, que escuchas en las canciones, con la que sueñas. Lo juro. Era ella e íbamos de la mano, felizmente, inseparables. Lo peor de todo , pero que hemos de poner entre paréntesis, es la certeza de saber que llegará un momento en el que tú te irás por un camino, y Ella por otro bien distinto; -disfrutemos , disfrutemos nosotros que podemos- me decía constantemente.
Siéntate, tenemos que hablar
Diane buscaba entre las sombras, entre los objetos que decoraban su habitación, entre las miles de cartas ya pasadas, que no olvida y recuerda, cada palabra, cada verso y silencio. Día que pasa día que le digo que no alargue algo que, por definición, no puede extenderse hacia lo seguro, hacia aquello que tanto ella anhela. Sin embargo hay algo dentro de su coraza- corazón coraza, de Mario Benedetti- que le impulsa a buscar lamentos, lágrimas en donde resguardarse de su desdicha. Vive imaginando, suspirando por algo que ya ha muerto, sin embargo está convencida de que esta vez será diferente. Y el problema está en que su mundo no deja de ser un pensamiento, una idea, un deseo. Cuantísimas veces ha sentido eso, que no la llamaría, y aun así ha seguido esperando; sentada en lo alto de la esperanza, tumbada sobre la alfombra de su palacio, caminando sujeta de un paraguas, corriendo con el cronómetro sobre la palma de su mano... Ha aguardado de tantas maneras que ya no se le ocurre de qué forma seguir esperándola.-Puede que no se acordara, o que no hablara en serio cuando te prometió que te hablaría, o incluso es posible que se haya arrepentido...- Y me tuve que parar en seco a rescatarla, a salvarla de un suicidio inminente, porque se iba, porque temblaba de tal manera que sólo sentía cómo el ritmo de su corazón se veía invadido por el afán de victoria , de aquí para allá, de allí para aquí. Pasé un miedo terrible, porque sé que más de una vez ha pensado en quitarse la vida, por ella, por su propio bien, porque no soporta querer algo que no llega, y que si por casualidad aparece, en unas horas se aleja de sus manos. Y es que se lo vi reflejado en la mirada, lejana y pensativa, en su media sonrisa, dibujando una pequeña marca circular en su mejilla derecha, en sus dedos, alargados y frios, que esperaban eso, estas palabras, esos besos, esta vida.
Días de cine
Allí estábamos, la una junto a la otra, separadas por un reposa brazos, y, aun así, nos rozábamos como se rozan el amor y la despedida en el momento más triste que jamás he vivido: nada es para siempre. Hombro con hombro, alma con alma... E intenté saborear cada momento, y ahora que transcribo lo vivido puedo afirmar que así fue; cada segundo que pasamos hablando, cada palabra que salía de mi boca se transformó en melodía dulce, en instantes inolvidables.
En estos momentos siento el palpitar de mi corazón en lo más profundo de mis rodillas, en las dos, y es algo que jamás había vivido, igual que desear que me acariciaras las manos, el cuello, los labios. Más de una vez apreté fuertemente los dientes, cerré con ímpetu los ojos, y desee no desear cogerte de ahí, de tu mano... Súbeme tú que puedes, y te prometo que hoy por hoy no te suplicaré con palabras, ni siquiera con suspiros. Esta vez no, te lo prometo. Dejaré que todo esto quede guardado como recuerdo. Algo así no podrá dañarme jamás. Será algo para contar a nuestros hijos, a nuestros nietos: decidme, ¿queréis que os cuente una historia...?
Tú y yo en lo alto de mi propia nube.
En estos momentos siento el palpitar de mi corazón en lo más profundo de mis rodillas, en las dos, y es algo que jamás había vivido, igual que desear que me acariciaras las manos, el cuello, los labios. Más de una vez apreté fuertemente los dientes, cerré con ímpetu los ojos, y desee no desear cogerte de ahí, de tu mano... Súbeme tú que puedes, y te prometo que hoy por hoy no te suplicaré con palabras, ni siquiera con suspiros. Esta vez no, te lo prometo. Dejaré que todo esto quede guardado como recuerdo. Algo así no podrá dañarme jamás. Será algo para contar a nuestros hijos, a nuestros nietos: decidme, ¿queréis que os cuente una historia...?
Tú y yo en lo alto de mi propia nube.
Silencio, esto es un atraco
...Nada más verte fui consciente de que la noche que esperaba ser una más iba a tornarse maravillosa, especial porque la compartiría contigo, y eso hace mágico lo más esperado y frecuente.-No te marches- Te suplicaba sin fuerzas. Sin embargo sabía, a la vez que detestaba tal certidumbre, que al final me dejarías ahí, sentada junto a mis brazos, mis piernas, junto a mi todo, como ha pasado siempre desde que te conozco. Es gracioso, porque es ahora, horas después, cuando lo recuerdo todo. El alcohol me ‘ayudó’ a hablarte, a decir cuánto te he deseado y cuantísimo te necesito en estos momentos, pero parecías no creerme. Me dio la sensación de que cuando te decía aquello estaba sola, tristemente abandonada por tu aroma , porque tú desapareciste en silencio. Hago memoria y en una de los momentos que compartimos me cogiste del dedo pulgar, y caí en el porqué me enamoraron tanto tus manos cuando las rocé por primera vez: la palma que sostiene mi corazón es suave, y si pasas tus dedos por ella te das cuenta de la calma que guardas ahí dentro, y tus nudillos, por el contrario raspan, son frios, y están sediendos de finura.
No sé, no sé qué hicimos mal. Puede que simplemente el río que prometió llevarnos hacia el paraíso se deshiciera en dos caminos, y tú ahora estés paseando entre príncipes y princesas y yo, por el contrario, rodeada de brujos y malvados. No sé, no sé qué hicimos mal...
Fdo: Ella
No sé, no sé qué hicimos mal. Puede que simplemente el río que prometió llevarnos hacia el paraíso se deshiciera en dos caminos, y tú ahora estés paseando entre príncipes y princesas y yo, por el contrario, rodeada de brujos y malvados. No sé, no sé qué hicimos mal...
Fdo: Ella
jueves, 12 de marzo de 2009
Vuelve

Ahora que miro tu foto, cada señal, cada suspiro, cada temblor, las ganas de querer fundirme en ti, en cada poro de tu piel, desgarran cada ser que escondo en mi interior, como cuando el rocio se arrejunta a las paredes de unos pétalos parecidos a los tuyos, a los tallos que caminan en silencio, a sus hojas y frutos cada amanecer. Es inútil no pensar en despedidas cuando tan sólo una imagen decora este paisaje, la tuya, el mío. Es inútil buscar un segundo, uno en el que tú y yo podamos compartir eso que tanto ansiamos, disfrutar de esta vida. Quisiera no volver a dormir si no es contigo, y menos aun despertar junto a una nota de papel en la que tan solo quedara escrito un beso en palabras y un bostezo en puntos suspensivos. Quisiera no caer en la ceguera más absoluta por los deslumbramientos que a veces acontecen a mi vida. Y sí, hablo de esos momentos de gratitud mágica, en los que te preguntas para qué seguir viviendo, si tenerte o haberte tenido es lo que siempre, aun no sabiéndolo hasta ese momento, he o has o hemos querido. Saborear dichos instantes se trata de una dicha esperada, y palparla, abrazarla y mecerla entre los brazos es algo que hemos de aprender a valorar cada uno de nosotros, porque así viviremos. Así, espero, lloraremos de felicidad. Nuestros rios, vuestros mares, mis océanos procedentes de risas, de sonrisas, de alegrías son encontrados en cuanto un corazón, el hálito de otro corazón se mezcla con el nuestro, con nuestro propio aliento. Y así fue como Luis Garcia Montero y no yo describió de forma breve ese vivir, esas ganas de seguir donde uno nace, donde uno crece y muere: 'si el amor, como todo, es cuestión de palabras, acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.'
jueves, 12 de febrero de 2009
...Mi mundo
Avanzábamos hacia lo inevitable, hacia aquello que haría arder mis mejillas y enfermar mi corazón. Parecíamos dos imanes destinados a caer en aquel agujero que divisábamos muertos de miedo, pero, para mi sorpresa, logramos sobrevivir, llegar sanos y a salvo a casa -¿a salvo? ¿estás segura de lo que acabas de decir?- Eso fue lo que pensé cuando introduje la llave en la cerradura de la puerta principal, sin embargo ahora que me paro a pensar, cuando puedo echar mano de cada segundo ya vivido, no estoy segura de seguir viva, porque no noto que la respiración viaje por mi cuerpo, ni siquiera escucho el latir de mi corazón, cómo corre cuando pienso en ti y mis labios, sedientos, quieren poseerte...
Pienso en el ayer, en donde cada silencio suponía un abismo, una puerta entreabierta que conducía a una certeza innegable- ¿acaso algo así, algo tan verdadero puede ser puesto en duda?- Sin embargo no me atreví a avanzar hacia lo absurdo, porque tal incoherencia, a sus ojos, no tendría siquiera pies ni cabeza: tengo la sensación... No, mejor aun, tengo conmigo la convicción de que algo en mí quiere salir, escapar de mis labios y adentrarse en lo más profundo de tu alma.
Pienso en el ayer, en donde cada silencio suponía un abismo, una puerta entreabierta que conducía a una certeza innegable- ¿acaso algo así, algo tan verdadero puede ser puesto en duda?- Sin embargo no me atreví a avanzar hacia lo absurdo, porque tal incoherencia, a sus ojos, no tendría siquiera pies ni cabeza: tengo la sensación... No, mejor aun, tengo conmigo la convicción de que algo en mí quiere salir, escapar de mis labios y adentrarse en lo más profundo de tu alma.
Sonrie
Si supiera cómo hacerte sonreir, ten por seguro que lo haría, aunque me cortara con las espinas de tu tallo, verde y fino, aunque tu olor se convirtiera para mí en el más dañino de los vicios. Aunque el hundimiento de la tierra estuviera a cinco minutos de este momento, me lanzaría a tu alma, en busca de algún truco de magia que pudiese arrancar de ti esa sonrisa, ésa.
...Caminábamos, pero tú tenías que irte, y fue en ese momento cuando un ‘te quiero’ se escapó de entre mis labios. No se cómo ocurrió, lo único que sé es que pasó, y no sabes de qué manera. Sentí que volaba, que mi cuerpo vencía las leyes de la gravedad, aun abrazada por tus dedos, por tus manos, por tus brazos. – Ven conmigo a disfrutar de estas maravillosas luciérnagas, ven conmigo- Te repetía en silencio. Un silencio que gritaba tu nombre, tu ayuda, tu paciencia...
...Caminábamos, pero tú tenías que irte, y fue en ese momento cuando un ‘te quiero’ se escapó de entre mis labios. No se cómo ocurrió, lo único que sé es que pasó, y no sabes de qué manera. Sentí que volaba, que mi cuerpo vencía las leyes de la gravedad, aun abrazada por tus dedos, por tus manos, por tus brazos. – Ven conmigo a disfrutar de estas maravillosas luciérnagas, ven conmigo- Te repetía en silencio. Un silencio que gritaba tu nombre, tu ayuda, tu paciencia...
martes, 10 de febrero de 2009
Nuestro mundo

Anoche pude hacer lo que quise contigo, porque eras mía, y yo, la verdad, tan tuyo que no he dejado de pensar en tu lunar desde aquel día; tan tuyo que el frío lograba calentar cada uno de mis huesos de cristal. Y ahora que me paro a pensar en mí y en mi circunstancia afirmo que a veces camino sin corazón; y que soy realmente afortunado por pensar simplemente en lo que ha sido, en lo que podría haber sido y en lo que tristemente fue. Pero sonreí más de una vez, y más de dos... y más de infinito si se puede. Y lo hice de tal manera que ahora no se hacer otra cosa. Sin embargo quiero llorar, de verdad que quiero, pero mis lágrimas, si es que salen, amanecen en forma de confeti y fuegos artificiales.
Tus acercamientos, tus miradas, tus sonrisas... ya me sé todo eso, ¿por qué me sorprende que me mires, que me sonrías, que te acerques a mí? Si yo ya me lo sé todo.
Tus acercamientos, tus miradas, tus sonrisas... ya me sé todo eso, ¿por qué me sorprende que me mires, que me sonrías, que te acerques a mí? Si yo ya me lo sé todo.
Salíamos de la mano, y en uno de aquellos aspavientos le dije que si tenía que elegir entre soñarla o tenerla preferiría quedarme con ella en forma de ilusión, porque, después de aguardar un rato en silencio descansando en sus ojos, llegué a la conclusión de que lo que se posee te suelta de la mano tarde o temprano, y que yo a ella la querría para siempre. Por ello, como los sueños una vez que nacen, si los apuntas rápidamente en una hoja de papel, permanecen, decidí que me quedaría con ellos. El problema está en el después... Pero las adivinanzas e intuiciones no son lo mío, por lo que me conformaré con esto que sé en estos momentos: sé que ya está decidido, abandono tu presencia tangible como lo hice aquella vez, y me quedo con aquélla que yo inventé, ésa de quien yo tanto me enamoré. Y de esta manera, echando mano de la imaginación y del deseo puedo afirmar sin duda alguna que soñarte, para mí, significa tenerte para siempre.
domingo, 25 de enero de 2009
Tú
Le pedí que cerrase los ojos. Como cuando jugábamos al escondite y todos menos el cazador buscaban el lugar idóneo para salir de este mundo-Corre, tápate con las manos- Le decía.-Ciérralos, e imagina que estoy tan cerca de ti que tal proximidad hace que nuestro aliento se confunda, que mis labios sean dos manos hambrientas, sedientas y con ganas de ingerir tus lágrimas. Invéntate una historia en la que mis besos vuelen y lleguen hasta ti; una en la que esos
besos se deslicen por tu cuerpo como plumas nevadas, que viajen de una extremidad a otra y paren a descansar en tu boca sin que haga falta que apoye mis labios sobre los tuyos.- Esperé ansiosa, con ganas de que se diera cuenta de las maravillas que todos y cada uno de nosotros somos capaces de crear con tan sólo imaginar. Sin embargo parecía no entender nada. Nada de lo que yo veía, nada de lo que yo sentía... Y esa sensación capaz de echar abajo las paredes de mi realidad pudo con ese momento, con los segundos que rodeaban ese instante único para mis ojos. Y sí, lo sé, no hace falta que digas nada. Soy consciente de que si aquello hubiese estado en mis manos, poder controlar sus habilidades mentales, hubiese deseado hacerle ver que la razón y yo íbamos de la mano, que el afán de crear iba más allá de los simples pensamientos e ideas, que si creía tenerte entre mis brazos, te tenía.
jueves, 1 de enero de 2009
Un año más...
Hace 365 días exactamente Joan vivía la mejor despedida de año que jamás hubiese imaginado: con su perfume instalándose en cada poro de su piel; con sus labios navegando de aquí para allá entre sus montañas y valles; hablándole con caricias, desvistiéndola con la mirada, bañándose en sus propias palabras... Y le es inevitable no acordarse de ella en un día como el de hoy. Suspira pensando que aunque haya tenido que pasar un año para que fuera consciente de todo ello, de lo afortunado que era por el simple hecho de saber que podía escuchar su voz al otro lado del teléfono, siente cómo ella, cómo su anhelada presencia, permanece sentada junto a él mientras escribe esta breve historia. 
Joan se levanta cansado del sofá, y camina descalzo sobre la lona que recubre el suelo de su habitación. Siente un pequeño cosquilleo sobre la planta del pié. Es finísimo, muy, demasiado delicado como para darse cuenta si no centras todos tus sentidos en ese pequeño escozor. Da unas cuantas vueltas hasta que logra tranquilizarse. Seguidamente apoya su cuerpo sobre el almohadón que hay tirado junto a la estantería toda ella repleta de libros. Cierra los ojos. Cierra los ojos y vuelve a lo que ha soñado aquella noche. Se da cuenta de que los sueños son los únicos ‘seres’ que le hablan de verdad, que le son sinceros desde la más tonta imagen onírica hasta la más real. Son pequeños gramos de conciencia disfrazada, que le hacen vivir momentos de ternura, momentos que en realidad no puede tocar, pero que salvan sus días y sus noches. Y antes de nada, ¿qué significa tocar? En definitiva, todos nosotros somos energía, átomos que guardan en su interior iones, cationes y aniones, con sus cargas positivas y negativas respectivamente, y no entienden de significados. En realidad es el ser humano el causante de todo, de las palabras que hacen al hombre más inteligente y a la vez más desdichado. Saber qué significa amor no ha hecho más que empeorar la vida del nostálgico Joan, sin embargo, ahí está, viviendo en recuerdos los minutos y las horas que pasan y pasan, que no se detienen, que no juegan un papel mágico ni extraordinario en este mundo de mortales. Nuestro cuerpo empieza a destruirse desde que nacemos, así que esto, lo que narro cada noche, es ley de vida.

Joan se levanta cansado del sofá, y camina descalzo sobre la lona que recubre el suelo de su habitación. Siente un pequeño cosquilleo sobre la planta del pié. Es finísimo, muy, demasiado delicado como para darse cuenta si no centras todos tus sentidos en ese pequeño escozor. Da unas cuantas vueltas hasta que logra tranquilizarse. Seguidamente apoya su cuerpo sobre el almohadón que hay tirado junto a la estantería toda ella repleta de libros. Cierra los ojos. Cierra los ojos y vuelve a lo que ha soñado aquella noche. Se da cuenta de que los sueños son los únicos ‘seres’ que le hablan de verdad, que le son sinceros desde la más tonta imagen onírica hasta la más real. Son pequeños gramos de conciencia disfrazada, que le hacen vivir momentos de ternura, momentos que en realidad no puede tocar, pero que salvan sus días y sus noches. Y antes de nada, ¿qué significa tocar? En definitiva, todos nosotros somos energía, átomos que guardan en su interior iones, cationes y aniones, con sus cargas positivas y negativas respectivamente, y no entienden de significados. En realidad es el ser humano el causante de todo, de las palabras que hacen al hombre más inteligente y a la vez más desdichado. Saber qué significa amor no ha hecho más que empeorar la vida del nostálgico Joan, sin embargo, ahí está, viviendo en recuerdos los minutos y las horas que pasan y pasan, que no se detienen, que no juegan un papel mágico ni extraordinario en este mundo de mortales. Nuestro cuerpo empieza a destruirse desde que nacemos, así que esto, lo que narro cada noche, es ley de vida.
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