martes 9 de febrero de 2010

Ojos que no ven, corazón que no siente.

Era octubre, y las hojas de los árboles comenzaban a temblar. Pensé, al igual que ellas, que era hora de abandonar, y dejé que mi dependencia jugara con el viento. Me soltó sin darme cuenta. Como cuando no has contado las galletas que quedan en tu caja de desayuno y una tarde, a eso de las 17:56, descubres que no te queda ninguna para aguantar la merienda, o el siguiente desayuno, experiencia aún peor. De esta manera, una mañana, me descubrí bailando entre las flores y sus tallos sin espinas, con una suave brisa en lo alto de una cima, allí, donde nace la libertad. Es así, quiero creer, como ocurren estas cosas. Por desgracia o todo lo contrario, dando gracias a Dios, uno no es consciente del proceso, de lo que conlleva una pérdida hasta que los recuerdos no se escurren por sus piernas, de su cabeza hasta la punta de alguna parte de su cuerpo, y echa de menos hasta el más sutil de los suspiros. Piensa entonces en el comienzo de todo lo ocurrido, desde el primer minuto en el que sus vidas comenzaron a tejer un sentido conjunto hasta, pasando por algunas desilusiones y sus respectivos hágame el favor de poner de nuevo esa maldita venda en mis ojos, la sensación del, a veces imperceptible, frotar de los dedos cuando se sueltan de la mano que los sujetaba -a veces no queda otra que hablar en pasado- . Y es en esos momentos, una primera persona del singular, cuando me pregunto si unas manos que cuando quiero que acaricien, acarician en silencio, leen mis desesperadas llamadas de atención y gritan de lo que quiera que griten las manos.

Es todo tan simple como ojos que no -la le li lo lu- ven, de repente, un corazón ha dejado de funcionar.

domingo 31 de enero de 2010

Un día entre mantas y pieles diversas

No se en qué momento dejó de saberse viva: un día amaneció sin preguntas.

De la noche a la mañana decidió no volver a inmiscuirse en el porqué de su locura. Su vida se reducía a contar historias de los otros, y si no era de aquellos, entonces, de deseos a posteriori imposibles. Es ahí cuando uno comienza a reirse de sí mismo, cuando es consciente de que no somos una única persona, sino dos, incluso varias, en ocasiones. Es en esos instantes, nada más pronunciar la primera palabra de aquella locura soñada cuando uno se sabe vivo de veras, y es entonces cuando no quedan esperanzas a las que sujetarse, atenerse; el momento en el que no te queda otra que sugerir aquello de esparzan mis cenizas por ese camino que siempre deseé caminar junto a Ella. Y díganle, por favor que no se les olvide, que nunca he dejado de desear sus palabras.

jueves 28 de enero de 2010

Buenas noches.

Podría hablaros de lo mucho que come, o de que tanto dolor le impide ingerir los alimentos, o de cuánto le gusta desear las buenas noches a su deseo inalcanzable. Creo que podría hablar de tantas cosas que mis dedos quedarían exhaustos de tanto teclear. Sin embargo no puedo seguir sino es con su mano entre las mías. Como cuando uno está cocinando y en los momentos de trocear la cebolla o pelar la patata, en los instantes mecánicos y repetitivos, divaga dando rienda suelta a su imaginación: ella ha ido a comprar el ingrediente que nos falta para terminar de sorprenderla, o ella aguarda impaciente tras la cortina que separa la cocina del resto de la casa. Cuando de repente, los elemenos que cuelgan de tal separación se mueven. Suenan. Han sonado por el roce. Fricción. Física. Pensamos, es ella, qué rápido, y cuando nos damos la vuelta para mirarla una vez más antes de que se vaya, una vez terminada la tarea de pelar la patata o de trocear la cebolla, nos damos cuenta de que ha sido el viento, o nuestro gato, quien ha entrado haciendo mover las telas, los objetos que adornan, los pensamientos que vuelan, las vidas que sonrien. Maldecimos el día en el que decidimos hacer caso a nuestro capricho, el de pensar que un animal podría ofrecernos algo de compañía. El infeliz, nos ha robado nuestro sueño, nuestro descanso entre piel y más piel...

Sí, podría hablarte de tantas cosas.

Inolvidable

Súbanse a otro tren cuando el que os acoge ha dejado de funcionar. Esperar a que lo reparen puede resultar ser una espera infinita. Una espera inolvidable.

lunes 4 de enero de 2010

Hace mucho que no dibujas corazones

Tú me preguntaste por qué me seguía gustando esa forma que tienes de mirar a todas partes. Ésa tan tuya. Y a la vez yo me cuestionaba el por qué, todas mis partes, te son a día de hoy indiferentes -querer que todo descienda a las simples llamadas telefónicas y casuales cafés en la mejor cafetería de Madrid-. Algún error debí cometer a la hora de emitir mis acercamientos, o simplemente pudo ser que jamás llegaron a correr tanto tus latidos como para acabar fatigados ante la grandeza de aquella nueva aventura.

Qué fue lo que falló entre nosotros: palabras que lo decían todo; gestos, de vez en cuando, acallados, sutiles, sinceros, aunque puede que no fueran tan sinceros y por ello el "de vez en cuando". Me atormenta la idea de tener una pérdida de tiempo como premisa principal en cuanto a nuestra torpe relación de primaria. A la hora de evocar nuestros meses de afectos y caricias a distancia, me viene en mente, como si de relámpagos se tratasen, horas y días desperdiciadas pensando en-

Es posible. En esta vida todo es posible hasta que uno decide abrir los ojos, o lo fuerzan. Alguien. Un hecho o experiencia. Sin embargo, puede que todos aquellos momentos que hoy tacho de insuficientes e inservibles hayan sido, vayan a ser una nota a pie de página de ahora mi nueva vida, y que sean ellos los que supongan mi enfermedad hace años diagnosticada.

jueves 31 de diciembre de 2009

Mi canción sobre un pasado continuo

Mis ganas por absorber tus cinco sentidos se convierten en un ser más con quien convivir -siempre han dicho que la convivencia es dura, ¡sorpresa!-, y deseas no desear nada, ya que lo único que visita tu ahora corazón-coraza no tiene el sentido suficiente, las bases, los pilares necesarios para transformar esa tendencia a imaginar en materia sólida y concreta, un algo tangible y propiamente efectivo y sonriente. Pero un día, nada más saltar de la cama, te das cuenta de que has dejado de lado esa costumbre que tanto entretenía tus momentos de soledad, el, a veces, crónico nerviosismo del adolescente, los instantes de incertidumbre, que son tantos -que son todos-. No era consciente de la sensación que produciría el hecho de poder rascar: objetos, ideas, la piel. Ni siquiera me paré a construir el cómo sería. Conceptos no adquiridos, supongo, jamás vividos, hasta que una mañana, abres los ojos -los que ven con el corazón-

y amaneces sin ese impulso,

sin esas ganas por-

con la verdadera sensación de que has dejado por fin de-

Él repasaba mis lunares, el otro, simplemente, me hablaba de la mágica casualidad de haber cruzado miradas conmigo, y palabras sin expresión. Y yo, mientras tanto, andaba jugando al escondite con aquél que corría, contigo, que nadabas entre la lluvia y sonreías de vez en cuando. Pero no tuve miedo del posible te pillé, ya que algo como aquello, tan sujeto al corazón, es innegable, y aunque hubiesen cogido de la mano a mi mirada, obligándola así a que confesara sus más terribles delitos -el de mirarte- no hubiesen hecho otra cosa que perder el tiempo. Es algo evidente. Tan obvio como el hecho de que los amores a primera vista existen. Desde mi punto de vista, algo así se queda sin argumentos nada más pronunciar la primera palabra, incluso, en ocasiones, el primer suspiro, por lo que, ¿para qué más?

Es sincero esto que escribo, tanto que debería empezar a fumar si mi objetivo fuera decírselo. Decirlo frente a esos ojos, delante de ese nuevo ser que me suplica sin descanso la idea de dejarlo marchar, ya que, con estrellas fugaces sobre mis pupilas, he visto que se siente más libre que nunca.

lunes 28 de diciembre de 2009

Problemas

Aunque con el corazón algo lastimado, respiro, y recuerdo la tarde de ayer:

Me fijé en que su nariz andaba con paso lento, por sus descuidos en la oscuridad de la noche; y sus ojos, débiles ante la grandeza que nos rodea, habían sufrido algún que otro encontronazo con la realidad, y ponían en sentencia todos y cada uno de los objetos que se cruzaban en su trayectoria -incluida yo-. Y mientras pensaba qué decirle o qué bufanda le hacía más caballero sentí unas ganas -remediadas, gracias a Dios- de escupir letra a letra lo que esa situación me sugería, aunque, como bien he dicho antes, supe tragarme cada vocal, cada consonante, y, una vez más, dejar mi cuerpo adormecido en unos tranquilos puntos suspensivos. No sé, su boca me fascina, y querría saber cómo sería probarla una vez más. Un beso entre nuestros labios, algo racional, sin que tantas dudas se unan a nuestro momento, y conseguir enredar mi mano en su pelo, para más adelante esconder, tras su oreja, el mechón que le sobra del coletero.


-¿Suelto o recogido?

-Déjatelo así.