Allí estábamos, la una junto a la otra, separadas por un reposa brazos, y, aun así, nos rozábamos como se rozan el amor y la despedida en el momento más triste que jamás he vivido: nada es para siempre. Hombro con hombro, alma con alma... E intenté saborear cada momento, y ahora que transcribo lo vivido puedo afirmar que así fue; cada segundo que pasamos hablando, cada palabra que salía de mi boca se transformó en melodía dulce, en instantes inolvidables.
En estos momentos siento el palpitar de mi corazón en lo más profundo de mis rodillas, en las dos, y es algo que jamás había vivido, igual que desear que me acariciaras las manos, el cuello, los labios. Más de una vez apreté fuertemente los dientes, cerré con ímpetu los ojos, y desee no desear cogerte de ahí, de tu mano... Súbeme tú que puedes, y te prometo que hoy por hoy no te suplicaré con palabras, ni siquiera con suspiros. Esta vez no, te lo prometo. Dejaré que todo esto quede guardado como recuerdo. Algo así no podrá dañarme jamás. Será algo para contar a nuestros hijos, a nuestros nietos: decidme, ¿queréis que os cuente una historia...?
Tú y yo en lo alto de mi propia nube.
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