sábado, 21 de marzo de 2009

No le pidas peras al olmo

Ojalá pudiéramos hacer nuestra esta historia. Ésa, sí, aquélla en la que tapadas por unas gotas de lluvia, ella y tú, convivíais arropadas por besos y más besos. Algunos de ellos pausados, maravillosamente tranquilos, esos que con tan solo un roce de labios llegan hasta el corazón de la otra, o de la una, y lo acarician, y lo mecen entre movimientos lentos, siempre suaves. Otros son algo más animados, más eufóricos, más nerviosos, como cuando rozabas con tu mejilla izquierda su derecha, y vuestras bocas, luchando contra lo inevitable, producían sonidos, algún que otro susurro, y se acercaban intencionadamente una a la otra, hasta que apenas se diferenciaban las palabras, lo que ellas decían, que en ese momento no significaban nada, ¿para qué hablar si vuestra presencia decía lo indecible? Vuestras manos jugando al escondite entre mangas de camisas; vuestros corazones corriendo a gran velocidad sobre las yemas de los dedos, rodeando el cuello de aquí para allá, ése que tú tanto acariciabas, avergonzados en lo alto de las rodillas, como nunca antes habían experimentado. Era como si esos golpecitos, pequeños pero perfectamente perceptibles, fueran a terminar con las horas de sueño de cada una, que tanto anhelaban compartir almohada, sábanas y algún que otro despertar.

Ojalá. Ojalá no nos hubiérais besado, porque esas notas, esos silencios que compusísteis en mitad de la noche no llenaron de flores este jardín todavía amarillento.

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