sábado, 21 de marzo de 2009

Siéntate, tenemos que hablar

Diane buscaba entre las sombras, entre los objetos que decoraban su habitación, entre las miles de cartas ya pasadas, que no olvida y recuerda, cada palabra, cada verso y silencio. Día que pasa día que le digo que no alargue algo que, por definición, no puede extenderse hacia lo seguro, hacia aquello que tanto ella anhela. Sin embargo hay algo dentro de su coraza- corazón coraza, de Mario Benedetti- que le impulsa a buscar lamentos, lágrimas en donde resguardarse de su desdicha. Vive imaginando, suspirando por algo que ya ha muerto, sin embargo está convencida de que esta vez será diferente. Y el problema está en que su mundo no deja de ser un pensamiento, una idea, un deseo. Cuantísimas veces ha sentido eso, que no la llamaría, y aun así ha seguido esperando; sentada en lo alto de la esperanza, tumbada sobre la alfombra de su palacio, caminando sujeta de un paraguas, corriendo con el cronómetro sobre la palma de su mano... Ha aguardado de tantas maneras que ya no se le ocurre de qué forma seguir esperándola.-Puede que no se acordara, o que no hablara en serio cuando te prometió que te hablaría, o incluso es posible que se haya arrepentido...- Y me tuve que parar en seco a rescatarla, a salvarla de un suicidio inminente, porque se iba, porque temblaba de tal manera que sólo sentía cómo el ritmo de su corazón se veía invadido por el afán de victoria , de aquí para allá, de allí para aquí. Pasé un miedo terrible, porque sé que más de una vez ha pensado en quitarse la vida, por ella, por su propio bien, porque no soporta querer algo que no llega, y que si por casualidad aparece, en unas horas se aleja de sus manos. Y es que se lo vi reflejado en la mirada, lejana y pensativa, en su media sonrisa, dibujando una pequeña marca circular en su mejilla derecha, en sus dedos, alargados y frios, que esperaban eso, estas palabras, esos besos, esta vida.

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