lunes, 10 de agosto de 2009

La inminencia del adiós.

Déjeme salir de su caverna de espejos y de promesas agrietadas, inservibles e imposibles de masticar. Ayúdeme a salir de su prisión, de su cárcel, de su cuerpo, de sus besos y miradas, de sus brazos y palabras. Asústeme diciéndome que todo lo vivido no ha sido más que un maravilloso sueño; que ha pecado rozando mis labios, escondiéndose bajo mis pestañas cuando el sol se despedía, o cuando la luna temía a las estrellas y se convertía en nube hecha polvo. Apague la luz de nuestros ojos, para no verlo más, ni acudir a usted cuando mis manos sedientas opriman mi pecho pensando que estrechan el suyo. Rómpame el corazón para no seguir sintiendo cómo cada ventrículo se descompone en pedazos cada vez más pequeños hasta entrar en lo que para ellos significa un átomo, partícula, en este caso, desligada del resto, de todos sus compañeros.

Esto es una llamada de auxilio y de necesidad, ya que estas aguas impregnadas de veneno pueden con mi vida, incluso con mi sufrimiento.

No hay comentarios: