miércoles, 15 de julio de 2009

Culpable

Y allí estaba yo, sentado en lo alto de la nube que sustentaba mi futuro, deleznable y fortuito. Hablamos durante horas, y queriendo me acercaba a ella con la excusa de separarla de aquel trocito de papel imaginario que quedaba descansando en su mejilla, o con el deseo de acabar con esa arruga que se formaba en lo alto de su falda. Cuando iba de camino hacia su cuerpo mis labios temblaban, y ella se mordía los suyos. Lo hacía de forma suave, lenta, pausada, como si tal movimiento fuera mostrado en pequeños fotogramas. Incluso había veces en las que me daba la sensación de que estuviera mordiendo mis labios y no los suyos. Mientras hablaba de lo fantásticos que son los atardeceres, todos y cada uno de ellos, la miraba a los ojos, pero seguidamente, ante el apareamiento de su labio superior con el inferior, o cuando su lengua ascendía para rápidamente desaparecer, hacía invisible mi mirada para poder centrarme en lo que verdaderamente me interesaba: su boca. Parecía tener miedo de que pudiese abalanzarme a su cuello, a sus manos, a lo que fuere, algo que fuere de su propiedad. No hice nada, nada en absoluto, y no porque me diese la impresión de que ella tan sólo quería tenerme como se tienen los retratos escondidos tras un marco y un cristal, sino porque me gustaba sentir ese vértigo, eso que muchas veces supone el comienzo de un historia y el final de otra, a lo que sigue un escalofrío que vuela por cada parte de tu cuerpo hasta llegar a las yemas de tus dedos, donde reposa unos segundos y sale temblando a través de tu boca cuando la besas -a Ella-

-Tienes que enamorarte de alguien, eres maravillosa- Le dije.

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