Fue un 28 de junio.
Vuelas por los aires sin apenas ser visto cuando, de repente, una luz alcanza cada poro de tu piel, y sientes cómo todas tus extremidades se estremecen por el roce de sus rayos; y su olor, el que desprende su luz, navega atravesando cada uno de los hilos que componen la vida hasta llegar a tu corazón. Y es en esos momentos cuando sabes que no hay ser vivo que no sepa de tu existencia, ya que su luz, ahora, es tu luz, y todo cuanto quieras hacer o saber dependerá de eso, de si ése o ésa están vivos.
Y yo volaba, como he comentado antes, pero lo hacía sin sustento, sin tener una base sólida que pudiese mantener mi cuerpo a flote -mi alma bailaba alrededor de las estrellas-. Y aun sin poder apoyarme en nada tangible en este instante, sé que puedo confiar en lo que está escrito, ya que cuando sus manos rozan las mías, o cuando sus ojos delatan lo que su corazón dicta, no cabe duda alguna de lo verdadero que es ese sentimiento. El tuyo. El mío.
Sin embargo es difícil expresar lo que uno siente cuando dos meses son la única verdad, y el adiós se dice pronto. En realidad lo único que espero es andar, correr, o volar y encontrarte de nuevo, en lo alto de tu cama, jugando con los pinceles y sus colores, o incluso susurrando mi nombre en lo alto de una montaña en Trieste.
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