
...Sigo ahí, envuelta en su abrazo, acariciada por sus dos manos, vigilada en penumbra por sus ojos que no miran, pero que sí me ven. Me ruboriza el sólo hecho de pensar que esta vida es la que yo he elegido: quedarme sin aliento por las ganas -las ganas de querer no quererte cada día más- Es inútil, porque sigo entrelazada a su sombra, y absorbida por su aroma, que me resulta verdaderamente delicioso. Mientras espero un gesto que indique que ya es momento de deshacerme de su cuerpo, aprovecho los últimos instantes para recorrer su espalda con mis dedos, y disfrutar de la sonrisa que esconde tras de mí, porque sí, sé que está sonriendo. No obstante permaneces en mí, rozándome el alma a sabiendas de lo que haces y de sus avenidas consecuencias: aprieta el corazón para más tarde dejarlo huérfano de madre, sin sangre que recorra mis venas y arterias, porque como los vampiros, su vida, ha consumido la mía. Y sin embargo reniega de este nuestro sentimiento, e instaura su belleza sobre la palma de mi mano, para seguidamente cerrarla impidiéndome de este modo ver de qué color son sus ojos, a qué saben los labios que nunca he probado. Es el miedo, entonces, quien resbala por todo tu cuerpo, y cuando me miras sin querer, ya sea por costumbre o porque te gusta lo que ves, hallo en ti ese deseo irrefrenable que te contagia en mí cuando me abrazas, cuando te abrazo, nada más abrazarnos.

2 comentarios:
te echaré de menos, Edere
y como las fechas, precursoras de la delicadeza. Esperan que las almas, por docenas. Empresarias del abandono, habiten en la enfermedad del modelar, un nuevo comienzo.
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