viernes, 14 de agosto de 2009

3:42

Hoy os hablo del miedo, ése que te anula por completo y del que, en ocasiones, no vemos otra salida que la escapatoria sin necesidad de echar la mirada hacia atrás. Correr sin carrerilla. Simplemente con la vista puesta en el final del camino que te espera, ansioso, tranquilo. Ese miedo es capaz de hacer que tus preocupaciones, las más insípidas, las más brutales, se desvanezcan como neblina en la oscura noche, y no ver nada más que la tenebrosidad que te desnuda a cada paso que das. Os hablo de esta emoción que una vez superada no renace como la lluvia en otoño, o las flores en primavera, sino que, aun deseando que vuelva para hacernos olvidar eso que ya se fue, ocurre como con el primer amor, que nunca regresa. Y si lo hace, ya no es el mismo, ya que sería una continuación de algo que nunca acabó.

Ya es hora de ir a dormir.

Y es en esos momentos, en los instantes que te llevan al abismo, en los que te das cuenta de lo que realmente significa amar. Antes de la despedida la querías, sí, a ella, a ella, pero es después de que ese adiós se materialice como cuerpo sin alma, cuando uno es consciente de la falta de aire que se produce al pronunciar su nombre, sí, el de ella, el de ella; y de los momentos que, tumbado en la cama, quisiste compartir con sus manos. Con sus manos en tu pecho.

No hay comentarios: