miércoles, 12 de agosto de 2009

Un adiós definitivo

Nos escurríamos entre los cuerpos y ocurrió lo inevitable. En realidad no fue más que un suceso esperado, de esos que temes ver pasar y que, como dictan en las novelas y se siente en la vida real, acaban resbalando por las mejillas. Lo peor de todo esto es cuando no sabes que hacer y lanzas su mano al vuelo, y si sale palma te adelantas y comienzas a caminar, aun sabiendo que es calle cortada. Lo irónico de todo esto es cuando, siendo consciente de que si pinchas, sangras, te adelantas con la boca, con la nariz, con tu corazón y se lo dejas escrito en una servilleta de papel sujeto por el parabrisas de su coche. Y acordaos de la injusticia del mundo, porque una vez dado, a sabiendas de sus consecuencias, que es lo paradógico, no hay devolución posible, ya que los sentimientos no fueron creados junto a un ticket de compra, ni apegados a una rueda de recambio, aun esperando con los ojos cerrados ese inminente pinchazo que nos dejará a todos y a cada uno de nosotros en mitad del camino.

No, ya no nos queda nada.

Y el corazón duele cuando sabe que ese te quiero que aguardaba aquí dentro sale despavorido en el último momento, como cuando histéricos decidimos estudiar únicamente la noche antes de nuestro examen final. Las palabras, esas dos vidas, salen horrorizadas, ya que no saben con certeza cual será su destino -buenas noches, determinismo-. No saben que si se adentran por los ojos acabarán suicidándose; y si lo hacen por la boca rozarán el corazón, pero serán atrapadas rápidamente por los fluidos de los alrededores, a no ser que se introduzcan por los oídos, donde, una vez allí, se bifurcaran hasta aterrizar sobre las yemas de los dedos. Sin embargo, lo que sí sabe el corazón es que cuando lanza esas vocales y consonantes, y de vez en cuando un silencio entre ellas, es que, en momentos como esos, bautizado con un final inevitable, jamás llegan a entrar en consonancia con ése que espera frente a nosotros. Y por eso ese dolor, que desgraciadamente se identifica a la perfección cuando uno deja escapar la vida por esas lágrimas, ésas que acaban inundando la cama y las palabras.

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