sábado, 22 de agosto de 2009

El sonido del viento, tú y yo.

El primero, golpea con fuerza en los objetos que hay a nuestro alrededor, como son las ramas de los árboles, que parecen tejer silenciosas conversaciones con sus inquilinos los pájaros, o la cadena de plata que cuelga de esa barandilla que nos separa de la realidad. Se mueve, pero no canta. Nuestras ropas también juegan con el aire, a revolverse, a sentirse libres, a tocarse unas con otras, como si fueran pies y echaran a correr.

. La puesta de sol queda reflejada en tus pupilas, y por ello me basta con quedarme descansando en tu mirada para saber qué es lo que me espera fuera de todo esto; es tranquila y en ella es donde se hace de noche a medida que los minutos se marchan -y regresan- Y nada más darte cuenta de mi fijación por tu cara -esos labios que acompañan a cada gesto que provocas, y tus pestañas, que parecen volar con el viento- te sonrojas y me observas como nadie nunca lo había hecho antes: suave y de forma delicada, como si tuvieras miedo a romperme con tu aliento.

-Hay personas que en ocasiones no saben llorar, ni siquiera consiguen pronunciar palabra alguna. Otras, que nada más comenzar con la primera sílaba ya escurren por sus mejillas unas lágrimas con sabor a recuerdos e historias. Y por último, conozco a gente que no necesita contar cuentos ya que el simple sollozo los narra con precisión.

Y tras mi discurso, comenzó a llorar.

-No me queda otra que suponer que tú entras dentro del segundo sector de la clasificación.

Me agarraste la mano y ambas quedamos en silencio, una por no saber qué decir, y la otra, sin embargo, por tener tantos sustantivos y verbos almacenados en su boca, y no saber por dónde comenzar. Volviste a mirar hacia el frente, pero ya no quedaba nada en tu mirada que me ayudase a seguir con las palabras: las siluetas moradas de las montañas y las señales que anunciaban la lluvia en nuestras cabezas.

Yo empezaba a tener miedo, ya que la noche amenazaba con aparecer, y estábamos en lo alto de una torre, en mitad del bosque, perdido de la manos de Dios, sin navajas ni cuchillos. Sólo el viento, tú y yo. Sentía frío, ya que el aire despojaba el jersey de mis hombros, y tanto el cuello como estos últimos deseaban un acercamiento -para mí, la poesía, no es más que eso, un acercamiento, sin ninguna verdad que medie entre sus versos- con tus manos, o con tus labios. Pero vi -deseé no haber visto- cómo uno de tus pies se adelantaba hacia las escaleras, e intuí tus ganas por dejarme, así que me cubrí con mi mano derecha, para no provocar en ti esa incomodidad que pude causar con mi proposición -adivina, adivinanza-. Apenas te veía. Tan sólo me quedaba echar mano de mi memoria para saber qué forma tenían, y tienen, tus rasgos faciales. Fue muy fácil para mí adivinarte. Seguía sin tocarte, y tú sin mirarme. No sabía si hablar o callar, ya que nunca he sabido sin son mis palabras o mis silencios los que consiguen decir más.

-¿Alguna vez has echado de menos a alguien a quien tienes a nueve metros de distancia?

No obtuve contestación alguna. Mi error: hablar sin ser invitada. Ocurre a veces, cuando mentalmente echas una moneda al aire y si sale cruz: no hables.

Finalmente pasó que tanto tú como la luz habíais desaparecido de mi lado. La diferencia es que a ti aún quería tocarte, y la luz podía -y puede- esperar al alba.

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