lunes, 23 de noviembre de 2009

M de Madrid

Me alejo sin quererlo, aunque una parte de mí desee dejarte atrás. Por miedo a esa sonrisa -ésa, ésa es a la que yo me refería-. Sin embargo, algo a lo que también siento cierta aversión es a descubrirme deseosa, deseando no desear otra cosa sino verte, sino tocarte, sino besarte. El problema es que esta vez se trata de una lejanía a la que tan sólo puedo poner palabras, ya no empeño y obligación. Es la distancia real la que me llena de silencios, y de más distancia, por miedo a convertirme en un pétalo más de tu frondoso jardín de amapolas. Otra, y otra vez más el miedo como protagonista, el inacabable miedo de mi finita y fortuita existencia senza te.

No comprando aún este regreso a la equivocación, a la necesidad de tus ganas, que, en realidad, no dejan de ser las mías proyectadas en las tuyas. He inventado tus palabras, y lo que significan tus silencios, cuando la única verdad aquí es que no son más que fantasmas, historias blancas ambientadas en el Romanticismo, junto a Rilke, Joyce y Dostoievski, pero blancas al fin y al cabo.

He de decir que nuestra despedida no ha existido de manera explícita, o no como a mí me hubiese gustado que fuera. No te he abrazado sabiendo que ese último impulso sería el definitivo, ni siquiera he alcanzado tus labios siendo consciente del inevitable adiós que nos perseguía, y sin saber, además, que debí retener ese sabor, ese roce para más adelante, cuando mi cuerpo resida allí y mi alma no tenga nada que hacer aún estando junto a tus suaves manos.

No hay comentarios: