Las ramas de mis árboles gritaban, y las hojas leían versos mientras volaban por la ciudad. Una ciudad sin ley, una en la que las palabras trepaban más alto que los besos o los roces -y cuyas letras no significaban más que lo que un diccionario cualquiera pueda decir-. Eran canciones de Rimbaud, y avivaban la pasión en cada pétalo, en cada espina, en cada tallo que lo escuchaba; de sus labios, de su lengua. Unas palabras maravillosas, un sonido irrepetible, un frío aterrador.
Aquella tarde contuve lo que debí cantar cuando le conocí: una sarta de mentiras y algún que otro recuerdo que me hubiese gustado vivir a su lado. De esos que lo esperan a uno con los brazos cruzados, o con las manos dentro de los bolsillo, por el frío, que llega a congelar cada fonema. Pero que tienen la paciencia de quedarse quietos mirando lo que sucede a su alrededor. Recuerdos que, una vez vividos, respiran libres por haber existido, pero, a su vez, lloran por haber quedado en eso, en simples reminiscencias del pasado. ¿Alguna vez habéis querido que su brazo se entrelazara con el vuestro mientras huíais por miedo a llorar deseos? Lo necesito cada vez que nuestras manos, nuestros cuerpos se hacen con el polo negativo de la vida. Y nos repelemos, y así ninguno de los dos somos capaces de acercarnos el uno al otro, y así, también, soy capaz de contar mentiras aun habiendo pasado ya por ese primer acercamiento. El mejor instante de todos, diría yo. Cuando sus cartas, cada pensamiento, cada palabra indiscreta o simplemente cuando su dedo percibe tu tacto sin querer -queriendo- son algo capaz de, aun habiendo abierto esa caja una y otra vez, conseguir que no se deje de sentir la sorpresa que supone la novedad y, cómo no, el primer amor.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario