jueves, 31 de diciembre de 2009

Mi canción sobre un pasado continuo

Mis ganas por absorber tus cinco sentidos se convierten en un ser más con quien convivir -siempre han dicho que la convivencia es dura, ¡sorpresa!-, y deseas no desear nada, ya que lo único que visita tu ahora corazón-coraza no tiene el sentido suficiente, las bases, los pilares necesarios para transformar esa tendencia a imaginar en materia sólida y concreta, un algo tangible y propiamente efectivo y sonriente. Pero un día, nada más saltar de la cama, te das cuenta de que has dejado de lado esa costumbre que tanto entretenía tus momentos de soledad, el, a veces, crónico nerviosismo del adolescente, los instantes de incertidumbre, que son tantos -que son todos-. No era consciente de la sensación que produciría el hecho de poder rascar: objetos, ideas, la piel. Ni siquiera me paré a construir el cómo sería. Conceptos no adquiridos, supongo, jamás vividos, hasta que una mañana, abres los ojos -los que ven con el corazón-

y amaneces sin ese impulso,

sin esas ganas por-

con la verdadera sensación de que has dejado por fin de-

Él repasaba mis lunares, el otro, simplemente, me hablaba de la mágica casualidad de haber cruzado miradas conmigo, y palabras sin expresión. Y yo, mientras tanto, andaba jugando al escondite con aquél que corría, contigo, que nadabas entre la lluvia y sonreías de vez en cuando. Pero no tuve miedo del posible te pillé, ya que algo como aquello, tan sujeto al corazón, es innegable, y aunque hubiesen cogido de la mano a mi mirada, obligándola así a que confesara sus más terribles delitos -el de mirarte- no hubiesen hecho otra cosa que perder el tiempo. Es algo evidente. Tan obvio como el hecho de que los amores a primera vista existen. Desde mi punto de vista, algo así se queda sin argumentos nada más pronunciar la primera palabra, incluso, en ocasiones, el primer suspiro, por lo que, ¿para qué más?

Es sincero esto que escribo, tanto que debería empezar a fumar si mi objetivo fuera decírselo. Decirlo frente a esos ojos, delante de ese nuevo ser que me suplica sin descanso la idea de dejarlo marchar, ya que, con estrellas fugaces sobre mis pupilas, he visto que se siente más libre que nunca.

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