martes, 30 de diciembre de 2008

La oscuridad descubre los sentimientos más humanos


La noche pasaba con cierto desasosiego, y pesaba como pesan las cicatrices sobre la piel. Y aquéllas que permanecen acariciando el alma son las que realmente debemos temer, secretas, transparentes, inolvidables. Ellos dos, sentados en porciones de tela diferentes se acariciaban con la mirada, se envolvían con palabras y silencios tímidos. Ella observaba con cuidado alguno de los movimientos que él daba, y viceversa, él también la contemplaba a ella, intentando que no se diera cuenta, aunque realmente estaba deseando tropezar con la directriz que marcaban sus ojos, con el hálito que despedía al hablar y al sonreír. No sabía muy bien qué pasaba en aquellos momentos, pero aun no pudiendo demorarse en su recado, quiso que esos instantes únicos permanecieran el resto de la noche, y compartirlos a su lado, con ella. Y de alguna manera, aun no estando en el mismo espacio, se volvieron a encontrar en sueños. Imágenes oníricas que despertaron cada sentido, cada recuerdo, al entreabrir el ojo derecho y ser consciente de que la luz que entraba a través de la persiana era real, y lo que acababa de vivir no era más que una burda ilusión, una representación de su más frustrado deseo: ella.


Y antes de seguir con la historia permitidme un paréntesis, porque me gustaría describir un momento, uno que, para ellos, fue el instante en el que el tiempo dejó los segundos y minutos en manos de Ádrien, quien pudo jugar con ellos a su antojo, llevarlos de aquí para allá, congelarlos, conjurarlos para que el primer segundo en el que acercó sus labios a su mejilla durase lo que dura una novela de doscientas veintidós páginas. Dejando los tópicos fuera de esta breve descripción, fue tal como acabo de decir, un beso eterno para los ojos de él, y para ella, un simple acercamiento de almas. Se separaron. Ádrien debía irse, aunque su esencia se quedó junto a sus manos, y por eso, por esta razón, quizás ingenua para muchos, él, durante las ocho horas que estuvo soñando, rodeó con sus dedos su muñeca, y bajando hacia la palma de su mano, acarició cada poro de su piel que esperaba ansioso esos roces muchas veces imaginados.

viernes, 19 de diciembre de 2008

ilusiones


-¿Sabes? Te voy a decir algo, algo que espero que entiendas. Hace tiempo, en mis noches de insomnio, tumbada sobre la colcha que recubre mi cama en invierno (en verano es otra diferente) comencé a tejer una historia, una que hoy me da que hablar. Imaginé que reposabas tranquila y débilmente en lo alto de la cama de un hospital. Algo terrible te había ocurrido, y mi corazón, al enterarme de tal noticia, se escondió tras mis pulmones. Se agarraba fuerte a ellos y hacía que mi respiración se acelerara por momentos.- Y mientras comenzaba aquello, aquella fantasía que ahora dejaba de ser un sueño para convertirse en una verdad irremediable, le cogí la mano, suave y fría, y le conté la historia que más tarde sería tema principal de mi novela.
-Y lo sé, no hace falta que digas nada. Hay que tener cuidado con lo que se desea y sueña. Subestimamos la capacidad que tenemos de imaginar. Hay veces que los sueños sobrepasan las ideas, los simples pensamientos que juegan aquí dentro. Hay días en que, esos delirios, llegan a ser tangibles, paredes blancas que uno puede tocar, telas que uno es capaz de oler, incluso instantes que uno logra saborear mientras lee su libro favorito. Pero tienes que comprender el porqué de estas ganas mías de encontrarte en tal situación: postrada encima de una camilla, inmóvil, sin mover más que tu corazón de vez en cuando; envuelta por unos tubos transparente que aportaban el oxígeno que tanto te faltaba; vulnerable a cualquier muerte improvisada; ‘escuchando’ cada palabra y sentimiento que formaba mi corazón para más tarde salir de mi boca, de mis labios bañados en lágrimas... De esta manera, teniéndote de tal forma, podría decirte cuántas veces he soñado con salvarte la vida, y confesarte que, desde el primer momento que te vi, a partir de que tu imagen se viera proyectada delante de mis ojos, no tuve más remedio que amarte hasta que una de las dos dejara este mundo para convertirse en polvo, en alma, en recuerdo.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Un retrato



Una conversación contigo a sólo un segundo, un segundo que se convirtió en minutos, minutos que, sin duda alguna, me separaron, me separan y me siguen separando de ti. Una tecla, la ‘h’, la ‘m’, la ‘l’, cualquiera de las que forman el abecedario habrían hecho que me uniera a ti de forma espacial, abstracta, incorpórea. Cuantísimo me... me fijé, y te retrataron como nadie antes lo había hecho. Supieron llevar tu gesto, tu expresión, tu tú a un lienzo vacío. Consiguieron embalar la pureza de lo blanco en unas finas cejas, en una nariz diminuta, en una mano esbozando una sonrisa, en unas líneas que rozan la perfección. Y ahora es cuando, en parte, me siento orgullosa de que lo nuestro se haya quedado en palabras, en meses, en noches sin estrellas, porque quien sabe lo que hubiese sido capaz de crear si aun fueras mío: una novela, ¡qué tontería! Está claro que retratos a bolígrafo, otros a color, consonantes unidas a vocales, nada tienen que ver con la pasión, la delicadeza, los celos, el amor, que inspira ese lienzo lleno todo él de color, el que tú desprendes, el que ella desprende, el que los dos, junto al resto de pinceladas, desprendéis. Me sorprende sentir lo que siento, como si estuviéramos a miles y miles de años luz, ya no te hablo de metros, ni siquiera de kilómetros, sino de luces que no soy capaz de ver, porque de tanto pensarte, cuando mareaba de aquí para allá la sopa hace dos días, cuando hace una hora escribía sobre ti en un cuaderno, cuando hace tres segundos repasaba las líneas que conforman tu rostro, cuando en este mismo instante te tengo en las yemas de los dedos, he dejado a un lado la visión y me he centrado únicamente en cómo era acariciarte. Y es que sólo me queda eso, el recuerdo, que, tristemente, no olvido. Y en verdad no sé quién materializó, no tengo ni la menor idea de quien plasmó tu esencia en aquella tela, aunque en realidad no sé si quiero saberlo. Tú o ella, nadie más.


No tengo prisa por acabar, porque una cosa tengo clara, esto no terminará jamás.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

No todo son finales felices


Mis pies subieron a aquello que estaba a punto de llevar lejos, muy lejos, mi alma y mi cuerpo, y yo sin saberlo. Subí las escaleras y caminé despacio por el vagón que yacía calmado y silencioso, y fue en la tercera fila cuando tropecé sin querer con el pié de uno de los pasajeros, lo que hizo que los míos se parasen y acomodasen el resto de mi cuerpo en aquel asiento ocupado por unos cuantos papeles de periódico; uno entre miles. Me fascina pensar en el por qué tuve que aterrizar yo en ese hueco y no en otro. Me encanta darle vueltas a las cosas que realmente no tienen una respuesta bien definida. El destino. Las casualidades. Juegas con ello. No hay mal que por bien no venga, hija, diría mi abuela. Miré hacia el frente y segundos después vislumbré la mirada que todo lo ocupaba, mi espacio y mi pensamiento. Supongo que no se daría cuenta de tal magia, de que tal hechizo pudo conmigo. Aparté la mirada rápidamente por miedo a que me encantara, como hacen los encantadores de serpientes con esos escurridizos bichitos. En uno de mis viajes coincidimos en un punto maravilloso, espléndido, lleno de luz y de calor, de armonía y plenitud. Las palabras me salen solas cuando pienso en esa melena larga y castaña, en esos ojos azules como el color del bolígrafo con el que escribo, en esos lunares... No me atreví a contarlos. Eso ya hubiese sido demasiado, aunque yo diría que tendría unos seis esparcidos por todo su rostro. ¿Os imagináis? Uno, dos... tretre...tres. Y de los nervios seguro que me hubiese atragantado. Mientras yo leía a Carol, sin prestar demasiada atención a lo que ahí dentro se narraba, sacudí con mi mirada algún que otro vistazo dirigido hacia la zona en donde él se encontraba, cuando de pronto otro encontronazo sí deseado -María, tranquila, respira-. Era como si estuviese leyendo para él y no para mí. Parecía, para la gente que había sentada a mi alrededor, que mi mirada permanecía junto a las letras, sin embargo ésta estaba verdaderamente junto a su piel, cerca de su gabardina color beige. Me hubiese gustado echar mano del famoso Carpe diem y decirle que verle me había arrebatado los ojos completamente. ¡Pero qué cosa más tonta, por Dios!. Llegamos él y yo, porque para mí sólo existía su persona, a una estación de tren que no era la mía, cuando deseé con todas mis fuerzas que no produjese movimiento alguno. Pedí a Dios y a la Virgen que no (me) abandonara, sin embargo, por mucho ímpetu que pusiera en tal deseo, así fue, se colocó los auriculares, el cuello de su abrigo, se levantó y se dispuso a andar hacia su derecha, contrario adonde yo me encontraba.


...Ay

martes, 9 de diciembre de 2008

Bájame la luna


Supongo que se trata de esto, de la lucha entre lo que realmente uno quiere que ocurra y lo que ocurre en realidad.


Corría despacio, andaba con prisa, con el corazón en la mano recogido del suelo por mis cinco dedos, con tres lágrimas sujetando mis ojos, con un llanto silencioso clavando diez, veinte, mil, infinitas agujas en mi pecho, en mi garganta, en cada centímetro de mi piel, mirando sin ver lo que realmente mi mirada alcazaba. La fatiga me pisaba los talones, me seguía como le persigue a uno su propia sombra, como ella lo hacía con sus palabras. -¡Espera, espera por favor!- me gritó. Hacia un año que no oía aquella voz, por lo que tuvo que repetirlo para que yo fuera consciente de que ese ‘espera, espera’ estaba dirigido hacia mí y venía de ella. Me giré sorprendida. Jamás pensé que me rescataría de esta muerte segura. Me hubiese dado lo mismo si en aquellos momentos me dañaban en el corazón, porque mi corazón ya no era mío, sino suyo, y lo que yo sentía no era más que reflejo de lo que ella sostenía ahí dentro.

sábado, 29 de noviembre de 2008

*ay*

Acabamos de despedirnos, y aun sigue en mi cabeza un Jack y una Rose intentando sobrevivir a una de las mayores catástrofes mundiales, la muerte de tu ser amado y la tuya propia. Sus almas volaron sobre el barco que, poco a poco, iba ahogándose junto a todas penas y alegrías vividas, incluso anduvieron por el mar, quedándose en lo alto del iceberg para contemplar la maravilla de aquel momento, y por último acabaron rozando el cielo, como las estrellas, que, con prisa, corren a cumplir los deseos de aquellos que piden y piden. *Ay * si esas lucecitas cumplieran lo que yo... ¿qué sería de nosotros si con sólo mirar ahí, ahí arriba, cualquier petición fuera registrada y, a la vez, cumplida?Caminamos sobre las palabras, reímos como niños, suspiramos como sólo sabemos hacer nosotros y Craig Thompson, y además de todo eso, pudimos notar cómo el frío se colaba por aquí dentro (y me llevo la mano por todo el cuerpo, empezando por mi garganta hasta los alfileres que sostienen mis caderas). Y nos abrazamos, pero yo hablaba, y volvimos a abrazarnos, pero tú hablabas. Nos separamos, pero volvimos a intentarlo, ¡por falta de ganas que no sea! y nos abrazamos, entrelazamos nuestros cuerpos, como si de una cadena de ADN se tratara, con una música que se adentraba y jugaba con nuestros corazones.


Y de verdad, ojalá hubiese podido mirarte a los ojos cuando me tocaba bajar lo que muchos suben, ojalá, además haber subido lo que yo bajaba en esos momentos, y seguirte, y rodear con mis brazos tu espalda, tu guitarra. Ojalá, se hubiese hundido el barco, ése, ése, conmigo dentro...

domingo, 23 de noviembre de 2008

Palabras de un enfermo:

Si pudiera tenerte entre mis brazos todas las veces que he soñado con tus manos, con tus labios, con tu todo, creo, me quedaría sin fuerzas para sostenerte entre los mismos, y sin aliento, me quedaría sin aliento de tantas veces que he suspirado por ti y tus palabras. Tengo lágrimas rozándome las pestañas. Caminan con cuidado, con cuidado de no encontrarse con la realidad, porque si al final tropiezan y se desploman, tristes y hundidas, no habrá suelo ni superficie que las pare en su camino. Tu piel tersa; tus pómulos ahora marcados; tu labio superior dibujado por un pincel fino, y el inferior besado por mis labios; tu diminuta nariz, que viene a desnudarme sin cuidado; sus ojos, los de ella, los tuyos, que se quedan a vivir conmigo, y ven lo que yo veo, unas facciones dulces, que vician todos mis sentidos.


Nos cogemos por la cintura cuando de repente soy consciente de que pestañeo, cuando inesperadamente despierto de mi letargo, y me consumo en lo más profundo de mi colchón, por miedo a que los deslumbrantes destellos de la realidad me cieguen por completo. Que yo quiero seguir viviendo como viven los enamorados...

“Te quiero y te necesito aquí conmigo. Te cuidaría como se cuidan las flores en verano y en invierno. Te lo prometo, confía en mí” es lo que te diría si pudiera pronunciar palabra alguna, y si mis cartas, ahora, no estuvieran faltas de tinta negra y de papel en blanco.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

H

Andábamos. No parábamos de hacerlo, y el Paseo de los Tristes se nos quedaba corto a medida que transcurría el tiempo; las hojas volaban frente a nuestros ojos; la lluvia dañaba nuestro aliento, lo cortaba por la mitad, a veces, incluso, lo diseccionaba en cuatro versos. Probamos a que el vaho que salía por nuestras bocas fuera continuo, que se viera de manera permanente en el espacio en el que nos encontramos, pero a pesar de nuestro esfuerzo por percibirlo uno, siguió como antes, visto troceado y devorado por las gotas que caían del cielo. Ése color es el que yo quería proporcionar a mi lienzo. Ese cielo violeta por el horizonte y más hacia arriba coloreado de... de mar. Esa mezcla de pigmentos quise lograr al pintar nuestro atardecer, no visto desde ahí, pero puede que sí soñado. El otoño nos pisaba los talones, se veía venir; las hojas se subían a la palma de mi mano, y mis dedos jugueteaban con ellas. Ahora me entretengo escribiendo esto para ti, no porque esta tarde me tragase la lengua y apenas pudiese taladrarte los oídos con divagaciones torpes, sino porque las palabras me visitan, han tocado a mi puerta y por no reprimir las he dejado entrar. “Ojalá llueva y me puedas proteger con tu capucha, H...” Y es que cuando lo pienso, ojalá tantas cosas, H...

Y efectivamente, eres más que una foto que me mandaba música de buenas noches, más, incluso que un dibujo hecho por mí, porque me abrazas cuando me (nos) dices (decimos) adiós, me tocas el pelo, escribes, porque me hablas. Me hablas...

jueves, 16 de octubre de 2008

Su obsesión reflejada en palabras

Fue un impacto visual, como cuando crees haber perdido la visión de todo lo demás, salvo la de su mirada, para el resto de los días que aun te quedan por vivir. Me quedan, sí, todavía me quedan unos cuantos por saborear, y para verte, que tengo que volver a sentirte cerca de mí aunque en realidad tus pies no se dirijan a dónde yo permanezco: inmóvil, deseoso, dudoso. La vi angustiada por su tardanza, por su sesgada impuntualidad. Pidió perdón sin producir sonido alguno, sólo moviendo los labios para no interrumpir más el transcurso de la clase. La seguí con la mirada. Deseé que quien estaba sentado a mi lado se levantara y le cediera el sitio, su espacio personal para que ahora fuera el suyo, el nuestro, por haber llegado tarde, como castigo, junto a mí, y confundir el ruido que hace con los lápices con el que hago yo al mover las hojas en blanco de aquí para allá, porque no puedo escribir lo que dicta el tutor si pretendo observar cada movimiento que ella hará segundos más tarde. Yo, con la excusa de seguir la explicación del profesor, miraba sediento, hambriento por saciar y colmar el deseo incontrolable, el de coincidir con su mirada, hacia donde ella estaba, unos cuantos bancos tras de mí. Aun así la veía perfectamente, cómo miraba hacia delante, sin tener la necesidad de descansar en mí, cogiendo apuntes a más no poder, silenciosa, entornando los ojos para así enfocar con mayor claridad las letras que proyectaba la máquina de luces y sabiduría. Mientras todo seguía, a medida que los minutos pasaban y yo sentía que tenía en mis manos una bomba de relojería a punto de estallar, pedía, a quien vigilara el mundo entero en aquellos momentos, que detuviese el tiempo y dejara que siguiera contando para ella, y para mí, que ella pudiese caminar, que yo pudiese navegar entre sus dos grandes océanos serenos, sin olas. Pasados cinco minutos la fantasía tuvo que terminar, “¡chicos, por hoy hemos terminado!”. No quedaba más remedio que volver a la realidad, a mi presente, a lo que verdaderamente importaba e importa. Ella se fue, como cada lunes y cada miércoles del año. Me quedé en mi asiento pensando, cavilando acerca de por qué esta burda obsesión. ¡Qué sonrisa tiene!
Decidí levantarme cuando el ruido de aquel espacio caldeado, pesado, lleno de palabras que no me interesaban lo más mínimo, empezó a taladrar mis oídos. Ella ya no estaba, y no había, por tanto, nada que me retuviese ahí dentro. Fui hacia las escaleras, hacia aquello que hacía que todo bajara o que todo subiera, cuando, de repente, topé con esa mirada azul cielo, con ese zarandeo suyo, inexplicablemente romántico, autodestructivo. La miré, tímido pero seguro de mí mismo, convencido de que rozando su alma con mis ojos no habría pérdida alguna, y podría cerrar los míos y dar dos, tres vueltas por todo el edificio que estaría a salvo y nada malo podría pasarme. Moví la boca, me mordí el labio inferior, a la vez que lanzaba un segundo relámpago a su nube ¡Yo sí que me encontraba en lo alto de una nube! Esa segunda vez mi corazón comenzó a temblar, no sé si de miedo o de nervios amables. Y ahora que paro un poco en esta emoción, ahora que lo pienso podría haber sido fruto de la interrelación de ambos, como el ambiente junto a la genética, los dos, jugando, establecen la conducta. No importa qué ha producido qué, y menos aún si nuestro comportamiento tiene una base genética y otra circunstancial, el tema es que en ese momento, cuando pudimos contemplarnos apaciguadamente, sin prisa alguna, abrí los ojos y me di cuenta de que ella me miró sin mirar, como cuando vas conduciendo y pensando, a la vez, qué harás cuando llegues al fin del mundo, si es que existe. Fui, sin duda alguna, que nadie se atreva a negármelo un cualquiera para sus ojos, y esa no reciprocidad, esa diferencia es la que termina con cada una de las maravillosas palabras de enamorado.

miércoles, 15 de octubre de 2008

¡Salta!

El tiempo corría sin prisa, porque los buenos momentos queremos saborearlos con dulzura, con delicadeza, nos gusta exprimir todo lo que los segundos y minutos nos permitan. Jaume esperaba sentado en el escalón de aquel espacio sin humo. Limpio, sin olor a tabaco, con una carta arrugada entre sus dos manos. Jugaba con un pliegue que él mismo había hecho sin darse cuenta en el borde inferior derecho; lo tiraba hacia delante y más tarde hacia atrás, y así unas cuantas veces más hasta que caía en la cuenta de que eso no hacía que los nervios que recorrían todo su estómago lo dejasen tranquilo. No paraba quieto, miraba hacia allí, y después hacia donde yo estaba, y quiero creer que la razón es porque estaba deseando verme. Lo observaba desde el otro lado de la calle. Yo estaba frente a él, vigilándole, y en un momento alcé la mano izquierda para saber si me veía, pero no manifestó un sólo gesto de que así fuera. Me acerqué para observar sus movimientos más de cerca, sus uñas a medio comer, su pantalón vaquero desgastado por las rodillas, su jersey decorado por unos cuantos renos navideños, y Jaume, él, seguía sin verme. ¿Qué podía hacer yo además de gritarle e intentar espabilarle con un manotazo? ¿Acaso eso serviría para que prestase atención a lo que tenía delante? La verdad es que lo dudo, lo dudo mucho. Yo, un ser intangible, evaporado en lo alto de las nubes, con la mirada perdida en el horizonte, y una boca, y un cuello y un todo. Enterrada por miles de granos de arena, tierra húmeda que más tarde pasa a una sequedad asombrosa, a una muerte esperada, arropada por un extenso campo de estrellas que, no tan extrañamente, puedo tocar, y jugar con ellas, y bajarle la luna si él quiere.
Mientras yo creía rozar su mano, en el momento en el que pensé que por fin podía percibir mi alma junto a la suya, Jaume desplegó la carta para repasar cada palabra que yo le había escrito una semana antes. Antes de que me convirtiera en ‘nada’, en nada para el resto, pero no para él. Yo, su todo. Quiso recordar, seguir adelante con su vida, y para ello tenía que aceptar lo ocurrido, no dejar su problema, que era sólo suyo, en manos del tiempo, un derrotero que no lleva más que a tapar las heridas, pero no a extinguirlas. Mientras releía lo que ya se sabía de memoria cayó en un recuerdo todavía latente a la mínima. Fue un veintidós de febrero, un día como el de hoy, salvo por mi ausencia, que hace que los puntos de cualquier herida salten sin consideración. Los suyos, los de él.

-¿No quieres que te bese?- le dije yo
-No quiero tener más cosas que echar de menos. Y es que ya echo en falta tu olor cuando te vas, tu aliento cuando te callas, tus ojos cuando me das la espalda. No quiero acumular más faltas en esta lista que me desgarra cada vez que te sientas a mi lado y sé que más tarde desaparecerás como lo hacen tus palabras.
-Te equivocas. Te hablaré siempre; por las mañanas, al despertar, mi voz se confundirá con el sonido de tu despertador; al almorzar, me divertiré escondiéndote el tenedor y el cuchillo, y tendrás que rendirte, porque lo mandaré muy lejos; te hablaré cuando el sol juegue al escondite y quieras encontrarlo, porque las noches, sin mí, pierden el poco color que, a veces, llegan a tener. Conmigo, siempre conmigo. Te hablaré en susurros, puede que muy bajito, incluso es posible que ni siquiera llegues a oírme, pero quédate con esto: siempre, siempre te hablaré, Jaume.

jueves, 9 de octubre de 2008

Tú, la luna y el sillón de tela marrón


Siento cómo la viveza de los días, aquélla que me mantiene en pié en estos momentos y que hace que mis palabras fluyan, se convierte en mi segunda piel, aviva mi alma; siento cómo sonroja mis mejillas y endulza mi mirada. Un abrazo, un simple roce de manos, unas cuantas palabras dirigidas de ti para mí hacen que recuerde lo que es suspirar por algo tangible, por algo que merece la pena acunar en este texto de recuerdos. Ya lo he dicho, tus manos, agarradas por las mías, jugaban a formar gestos minuciosos y signos abstractos y complicados de entender, no para mí, pero sí para el resto que nos observaba, cautelosos, sin saber muy bien qué pensar. Yo me sentía dichosa por poder saborear toda aquella mezcla de experiencias que me designaban tus cinco sentidos; tu mirada me perdía en lo más oscuro de mi pensamiento; tus labios, muy egoístas ellos, hicieron que no prestara atención a nada más; tus palabras quitaban el protagonismo al murmullo del gentío que nos rodeaba; tus dedos contentos consiguieron estremecer el bloque más pesado de todo mi cuerpo; y tu olor... ¿qué decir de aquella fragancia dulce y delicada? Eres tú. Eres tú a quien espero sin saber a qué atenerme, porque verdaderamente las casualidades vienen sin más. Si las buscas dejan de pertenecer a dicha aventura mágica e inexplicable, a su vez que no soy capaz de encontrarlas. Te busco, pero no te encuentro. En aquel momento no supe muy bien si saldrías por aquella puerta o si, por el contrario, tendría que caminar, desandar nuevamente lo cavilado yo solita, con mis dos pies descalzos, cubiertos de tierra y lluvia. La verdad es que fue un momento de incertidumbre total, una bonita espera a tu sonrisa y a tu voz, que sin duda la deseé como nunca antes la había deseado. El aire azotaba cada cabello que recubría mi cabeza, y mi abrigo parecía tener alas, blancas y esponjosas, se elevaba sin miedo a caer, no como yo, atrapada en este cuerpo atado a la esperanza y al desencanto. Qué fácil es salir de aquí, de esta noche fría y situarme en donde tú estás, en ese sillón de cuero marrón, observando cómo la luna te mira con recelo, por tu belleza, por la luz que irradia tu cuerpo y alma. Mientras tanto, los segundos en los que tu mirada se esparce por la habitación, una voz en francés te susurra versos, canciones, silencios. Quiero ser esa melodía, ese complejo de notas que se cuelan por tus oídos y que más tarde, supongo, llegan a tu corazón. Quiero tocarlo, y mecerlo entre mis brazos. Quiero tocarte con la yema de los dedos, acariciarte, sentir cómo mi corazón sale por mis labios entreabiertos y más tarde entra por los tuyos. Una boca con sabor a... ¿a qué? perdonen, lo desconozco. El contorno de su boca, delicado y nítido. Me gusta ver cómo se mueve, cómo me habla, cómo juega con la lengua a enjugarse las lágrimas que todavía no he visto caer. Meras suposiciones y experiencia. Nada más.

martes, 23 de septiembre de 2008

Para siempre

En aquellos momentos no sabía qué había pasado con sus vidas, con la vida que ella le había regalado alegremente, con entusiasmo, sin esperar nada a cambio. ¿Esto es estar enamorado? Lo envolvió todo en papel de regalo y se lo ofreció sin ticket de devolución. Ahora sus pensamientos más profundos se habían centrado nuevamente en su aroma, en sus gestos, en él. Estaba sentada en el suelo, con algo de ropa en la mano y con todo su armario metido en la maleta lista para facturar. Miró hacia el frente y sintió cómo la brisa acariciaba su cabello todavía húmedo, cómo los recuerdos, aquello que había vivido a su lado y lo que aun le quedaba por vivir, se amontonaban ordenadamente, uno tras otro, en su cabeza, en su estómago, en su corazón. Lo echaba tanto en falta... Ése sentimiento, el de pertenencia, el saber que algo la esperaba en casa, con una manta, con una colcha, con lo que fuera; en el sillón, en la silla, en la cama, en donde fuera; con un beso o una caricia, con un te quiero, lo mismo daba. Sumida en sus propias ideas y pensamientos cerró los ojos, aspiró con fuerza y seguidamente soltó poco a poco cada gramo de aire que había absorbido con anterioridad. Este mismo proceso lo repitió unas cuantas veces más, hasta que, de repente, sintió cómo aquél a quien no veía desde hacía años se hacía nuevamente con su cuerpo. Sintió cómo sus manos la acariciaban sin sentir roce material alguno, cómo la besaba sin percibir de forma tangible sus labios sobre su piel. Sintió cómo su mirada revivía su alma, el de ella, y cómo hacía que se estremeciera sin siquiera saber con certeza absoluta que él estaba allí, junto a su presencia, esbozando una sonrisa tras su espalda. Era su ánima, su aliento más humano, que seguía enamorado. Se habían encontrado de nuevo, sus dos esencias habían hecho que aquélla, sentada todavía en el suelo, se diese la vuelta con el corazón en la mano y mirase hacia lo que tenía tras de sí: Él. Él era quien la esperaba al otro lado del universo hambriento y deseoso. Deseoso por tenerla nuevamente entre sus brazos y hambriento por no haber probado manjar más exquisito en años. La estrechó entre sus brazos y comenzó a acariciarla como nunca antes lo había hecho, siendo consciente de cada palmo que recorrían sus diez dedos, desordenados, rápidos, sedientos. Iban hacia abajo y seguidamente desandaban lo recorrido. Más tarde rodaban por sus hombros, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Él andaba sobre su cuerpo bailando un hermoso vals, sintiendo cada nota y silencio en la yema de sus dedos. -Es Ella, es Ella-, se repetía una y otra vez, -¿quién sino me produciría este loco aturdimiento en el cuerpo?-. La amaba tanto que todavía no era capaz de creer que fuera Adara a quien abrazaba, por la que lloraba de felicidad y a la que no quería soltar en segundos, minutos, en años.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Las bodas de oro

Nacen,
caminan,
se ahogan...

Dos almas perdidas se encuentran.
Buscan sedientas
algo a lo que amarrarse,
y chocan.
Chocan las bocas,
las manos se enredan,
los amantes andan, corren y vuelan.

El amor es vuestro tesoro más preciado.
Nadabais entre corales
y os descubristeis brillantes,
espléndidos entre los bancos de peces.
Acunad a vuestro recién nacido,
que viva como vosotros habéis vivido,
entre canciones, entre coplas y tonadillas,
y haced lo imposible por seguir
narrando esta historia,
que sea eterna, tangible y vuestra.

Vosotros dos,
soplos divinos
danzáis sobre las aguas
haciendo equilibrio.
¿No sentís cómo los escalofríos ahondan en vuestro corazón?
Sus venas se entrelazan,
rojas y azules,
y juegan al cinquillo.
Se superponen como todas las historias que habéis vivido,
y que más tarde narraréis a vuestros nietos.
¡Riámonos de esta dichosa canción de enamorados!

La pasión que os embarga ahora es infinita,
como vuestros besos y caricias:
largos, deseados, hambrientos y esperados;
como vuestras palabras:
alegres, libres, bellas y mágicas.

Fuisteis hijos, más tarde padres y ahora abuelos,
y cincuenta años son los que, juntos y con nosotros, habéis saboreado,
cincuenta inviernos y cincuenta veranos.
El frío que entretiene vuestras vidas
congela sin temor vuestras armaduras ahora cristalinas:
ardientes y entusiasmadas,
y tu corazón, el de ella,
reparte cincuenta flores,
cincuenta versos,
y cincuenta canciones.

Ahora vuestras almas nacen de nuevo,
caminan descalzas,
de la mano,
tímidas y enamoradas.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Nosotros



Él, absorto en una calamidad espantosa y maravillosa a la vez, observó cómo la rutina de todos los días, aquélla de ojos color oliva y boca azucarada, pasaba cada uno de sus cinco dedos por la melena corta y dorada que recubría su rostro, apenado, dulce, mojado. Tenía ganas de poder ayudarla con su cometido, se moría por desanudar la maraña que acontecía a su cabello y desnudar su pensamiento palabra a palabra, sin embargo esa imagen, ese deseo, ahora frustrado, sólo pudo vivir en él, en Daniel, unos minutos. Ella amontonó los libros y apuntes, encapuchó cada bolígrafo en su casita y lo ahogó todo en su bolso negro de piel. Era invierno y hacía frío.- ¿Y si la acerco en coche hasta su casa? así sabré dónde amontona todos esos libros- Se dijo para sí. Daniel, tras darle vueltas al asunto se levantó de su asiento y se acercó a donde estaba ella recogiendo cada uno de sus bártulos.


-Perdona-. Dijo susurrando y rozándole suavemente la espalda. Ella se giró y vio como los dos ojos azules de su compañero de biblioteca brillaban. Parecían emanar una atracción irremediable hacia ella. Sentía como si aquel chico de quien no sabía siquiera su nombre fuera su imán personal.


-Sí, dime, ¿qué es lo que pasa? Estoy haciendo demasiado ruido, es eso ¿verdad? Lo siento mucho-. Preguntó nerviosa imitando el mismo tono de voz que Daniel utilizó para dirigirse a ella.


-No, tranquila, no es eso. Sólo es que el viento me ha dicho que va a apretar con fuerza esta tarde, y me preguntaba si te gustaría que te acercase a tu casa, que yo me voy ahora también.


Aquella niña, que tan sólo contaba con dieciséis velas en su tarta de cumpleaños, le miró con una sorpresa aterradora. ¿Cómo no iba a quedarse pasmada por tal invitación? No se creía lo que en esos momentos estaba sucediendo. -¿Yo? ¿en manos de un desconocido volviendo a casa? ¿qué hago?- pensó sin dejar de mirar los labios que en esos instantes le hablaban.


-¿Sigues aquí, Adalia?-. Preguntó algo tenso.


-¿Cómo sabes mi nombre? no nos hemos presentado-. Aclaró sin saber muy bien a lo que atenerse. Sentía curiosidad por saber qué era lo que aquel chico sabía de ella, el por qué de aquella invitación.


-Yo lo sé todo-. Contestó entre risas y con cierto aire bromista.


Los dos rieron a carcajada limpia y, después de que el resto de personas que había en aquella sala les llamara la atención por el ruido que estaban haciendo, ella produjo una sonrisa nerviosa y algo tímida, a la que él correspondió con otra débil e impaciente por saber su respuesta.


-No sabía que todavía había chicos como tú-. Dijo con tono irónico. -No, de verdad, ahora en serio, eres muy amable, pero vivo aquí al lado, no te preocupes-.


-No me causa ningún problema acercarte, de verdad-.


Se miraron y ella se acercó a él. Hizo de su oido su cueva, su guarida secreta. Daniel empezó a temblar como tiembla una gelatina al moverla. Sentía que le faltaba el aire y que la cantidad de emociones que surcaban su interior iban a volverle completamente loco. Todo aquello era insostnible, maravillosamente incontrolable.


-Vale, dejo que me acerques, pero prométeme que así lo harás el resto de los días que nos quedan. Sí, que nos quedan...


miércoles, 27 de agosto de 2008

Él

Sólo me tienes que olvidar, y yo... yo sólo tengo que olvidarte. Y entonces, sólo entonces, tu vida tendrá sentido, y podrás recorrer los parques sin miedo a que mi sombra te aceche
de repente, sin que tu memoria te lleve a mi recuerdo. Y ahora, en este momento de nostalgia suprema, es cuando me pregunto: ¿Qué os parece? ¿Os sabe a poco? A mí me resulta realmente insufrible esto del enloquecimiento. Y es que me
veo vencida por el amor, por tu amor, que vierte corazones y destellos en forma de flechas puntiagudas, y me persiguen,
sin tu consentimiento, pero me acosan sin descanso. Te hemos desobedecido, yo por obviar al olvido y ellas por no escuchar tus súplicas de enamorado.
Por más que lo niegue, por más que crea estar viviendo una terrible pesadilla, sin duda, has sido capaz de enamorarte y
lo has hecho sin trampas, sin juegos de magia. Caiste prendido
de un alma cuya responsable estaba sentada al otro lado del vagón, el cual amenazaba con llevaros al país de los sueños, al desierto de los secretos, al cielo de las calamidades. Los sueños, sueños son . ¿Pero qué ocurre cuando el sueño se te escapa de las manos? es un ‘no se qué’ intangible que puede, en un futuro, transformarse en algo esencial en tu vida. Es eso que hace que el mundo se mueva y que los niños lloren y rían.

martes, 26 de agosto de 2008

No me acuerdo de olvidarte

Tiemblo mientras me sincero. Me sincero mientras te observo. Te observo mientras pienso en que te he encontrado, en que he tropezado con el tesoro que nunca antes había imaginado que descubriría. Tan joven, con toda la vida por delante, con miles de millones de deseos que tengo aún por anhelar. Te toco en sueños y te saboreo en pesadillas. En pesadillas, porque al igual que los sueños son algo irrealizable, y para mí, que sea así, sin duda es el peor de los delirios. Y lo sé, tu valentía fue sorprendente. Juntaste tus labios a los míos e hiciste que me callara profundamente. Enmudecí como nunca antes había hecho. Sentí lo inimaginable. Y seguidamente cerré los ojos por miedo a que realmente no estuviera viviendo lo que tantas veces había soñado. Y entonces tiemblo, tiemblo porque te he encontrado.
Cada mañana, cada vez que miro cualquier imagen en la que salga tu boca, tu barbilla o simplemente tu cuello, me traslada de manera inconsciente a aquel día en el que conseguí sumergirme por fin en lo que muchos denominan ‘el deseo’. Y es eso, puro apetito, lo que consigues, de forma sorprendente, crear en mi memoria. Una memoria cansada de sostener recuerdos que sí sirven, porque siempre son de utilidad, pero que duelen como cuando te quemas por sorpresa por la cercanía de esa persona, de ésa que tanto deseas.

···

Ahora es cuando lo veo, ¡Mira! Está ahí, junto a la bombilla que da lucidez a tu vida. Está tras la luna culpable de la quema de todo nuestro decorado absurdo. Es la pasión, el ardor, los nervios que dan vida al ser humano, el deseo, la intimidad. Es el miedo, el descontrol, la valentía y muchas otras cosas más. Es el amor.

lunes, 25 de agosto de 2008

Quizá esto sea para siempre

De vez en cuando alzaba los ojos hacia donde Riley estaba , y segundos después no me quedaba otra que emitir una sincera sonrisa con ganas de saber qué era lo que ella le comunicaba a través del teléfono. Cuando me quedaba en silencio, cuando nada más que una pequeña brisa de aire acariciaba mi apenado rostro creí percibir su respiración amenazar la soledad que dormitaba a mi lado, y noté cómo su voz se colaba entre mis huesos de cristal. Hacía tiempo que no la oía, la suya, su voz, la de ella…



Y cavilé unos minutos sin que nadie pudiese oirme, allí estabas, en lo alto de mi cabeza en un balcón que ahora es tu casa, mirando cómo paseaban las almas perdidas, la mía hacia la tuya, en sueños, escondida entre fantásticas casitas de mentira, con una enredadera inventada que cubría cada una de las paredes que saludaban a la calle Esperanza, desde donde yo te observaba, cálido, seguro de mí mismo por primera vez en la vida. Nos sonreímos, e hiciste un ademán con la derecha haciéndome saber que debía esperarte, que bajarías para abrazarme, para quererme, para besarme. Asentí con la cabeza, ¿qué otra cosa podía hacer? Yo me moría por tenerte nuevamente conmigo, junto a mí, que nuestro aliento fuera uno y que ni siquiera el tiempo nos limitara en nuestro juego de amor. Me quedé mirando cómo te recogías el cabello, suave y delicado por lo que habían palpado mis dos manos, mis diez dedos días atrás, para que cuando fuera el momento pudieras entregarte a mí en cuerpo y alma viéndote a ti misma como la más bella de todo el reino. Vi cómo al mismo tiempo te mirabas en el espejo un par de veces, cómo acariciabas tu piel maltratada por los años ya pasados, desconsolada, como si acabaras de perder a tu marido, como si algo espantoso fuera a ocurrir en las próximas horas o incluso en los ya inmediatos minutos. Lo intuías. Aquello que percibí alcanzó primeramente la realidad, y más tarde rebasó los límites que ponen final a todo, y por un momento pude tener aquella composición de sonidos junto a mi pecho, junto a mi mano, rozándola con apego, besándola con cariño. Y mis inofensivos labios, empapados de dulce néctar y acaramelada ambrosia, sintieron unos escalofríos recorrer con inefable ardor su superficie, de abajo a arriba y de arriba abajo, cuando me vino a la cabeza, como si de un relámpago se tratase, como si una lluvia de ideas amartillaran sin temor mi estructura más interna de la corteza cerebral, la realidad que saboreaba, aquella que olía y sentía en aquellos momentos, una que ni qué decir tiene se asemejaba lo más mínimo a lo que vivía en esos instantes, sumida completamente en aquella deliciosa ilusión de enamorado. Sentía un inminente hundimiento de mi carrocería, y de mi espíritu, de mi aliento más humano. Ansiaba salir para que la luz dañase mis ojos, y que mi corazón saliese despedido por la cercanía de nuestras almas. El sólo hecho de pensar que todo lo que estaba apunto de vivir podía haberse ya vivido, en mis carnes, en mis propias carnes, sin haber sabido absorberlo hasta el verdadero final, sin haber trasteado lo suficiente con cada uno de los detalles que compusieron nuestra historia, o peor aun, que todas aquellas caricias, que cualquiera de aquellos susurros cifrados de los que había sido protagonista, yo y sólo yo, simplemente hubiesen sido un sueño, una simple imagen en mi cerebro, hacían que mi corazón palpitara más rápido de lo que él mismo podía latir.

Ahora dejo que los recuerdos naden por este mar de lágrimas, que me lleven al momento en el que yo podía esperar-te y no hacer nada más.

Hace tiempo...

Vuelvo y ya no estás. Sueñas y yo no estoy. Te abrazo y noto que el aire corre impaciente entre mis pálidos dedos. Unos dedos que me piden a gritos tocarte, sentirte o suspirarte. Como veis me gusta ir de lo más lejano a lo más cercano. No puedo palparte como se palpa un jersey, un cojín, una muñeca... pero sí soy capaz de suspirarte –Y que levante la mano quien me prohíba desearte- Digo esto porque tengo que pensarte en abstracto. He de conformarme con lo único que tengo para evocarte, tu nombre, tus palabras y tus puntos. Con lo complicado que es lo indivisible, y sin embargo todo cuanto me rodea, y que te lleva a ti de la mano, parece reducirse igual que se reduce mi tiempo al tuyo.
En aquel momento, cuando caí rendida en aquel colchón de sueños, me pareció tenerte, pero sé que tan sólo fue de manera abstracta, y no como a mí me hubiese gustado: no en mis labios, ni en mis manos, ni mi piel era tu piel. En aquellos instantes sufría la tan indeseada frustración de querer y no poder. Su boca estaba a escasos centímetros de la mía, pero eso no hacía que me conmoviera. Y menos aún me concedía el honor de temblar- Lo necesito saber ¡Y lo qué tiemblo de saber! Pero si no me hicieses temblar, tú no serías tú, y entonces, yo no te querría como te quiero – Estas últimas voces son palabras de Federico García Lorca que me llevan a un charco de calma, a un mar de lágrimas y a unas bodas de sangre.

sábado, 23 de agosto de 2008

Para alguien

Me dan escalofríos sólo de pensar que tus labios rozan otros diferentes a los míos.

Poso las manos nuevamente sobre este viejo teclado negro. Me paro, apoyo cada uno de mis roídos dedos en las teclas que pisaré a continuación, y seguidamente pienso en todo lo que acontece a mi vida en estos momentos, e imagino, también, las veces, las miles de millones de veces que he escrito para ti, aquellas mañanas y tardes y noches que he llorado gotas con tu nombre, que he sonreído por palabras lanzadas de ti para mí. Y vuelvo, he vuelto...
Es un día como otro cualquiera, pero sólo en apariencia. No hay un momento igual a ningún otro, siempre existe una pequeña variación en el tiempo que hace cambiar el curso de los acontecimientos y por eso los instantes son únicos. Tan únicos que a veces mataría porque se volviesen a repetir. Descanso. Es una pausa necesaria. Aunque he de decir que hay veces en las que las primeras ideas, los pensamientos más intrépidos son los que realmente hacen transmitir al lector, hacen que llores, bien de tristeza o bien de alegría. Malditas ilusiones, benditas emociones ¿qué haríamos sin ellas? Llorar sin lágrimas, reír sin carcajadas, huir sin miedo...