
La noche pasaba con cierto desasosiego, y pesaba como pesan las cicatrices sobre la piel. Y aquéllas que permanecen acariciando el alma son las que realmente debemos temer, secretas, transparentes, inolvidables. Ellos dos, sentados en porciones de tela diferentes se acariciaban con la mirada, se envolvían con palabras y silencios tímidos. Ella observaba con cuidado alguno de los movimientos que él daba, y viceversa, él también la contemplaba a ella, intentando que no se diera cuenta, aunque realmente estaba deseando tropezar con la directriz que marcaban sus ojos, con el hálito que despedía al hablar y al sonreír. No sabía muy bien qué pasaba en aquellos momentos, pero aun no pudiendo demorarse en su recado, quiso que esos instantes únicos permanecieran el resto de la noche, y compartirlos a su lado, con ella. Y de alguna manera, aun no estando en el mismo espacio, se volvieron a encontrar en sueños. Imágenes oníricas que despertaron cada sentido, cada recuerdo, al entreabrir el ojo derecho y ser consciente de que la luz que entraba a través de la persiana era real, y lo que acababa de vivir no era más que una burda ilusión, una representación de su más frustrado deseo: ella.
Y antes de seguir con la historia permitidme un paréntesis, porque me gustaría describir un momento, uno que, para ellos, fue el instante en el que el tiempo dejó los segundos y minutos en manos de Ádrien, quien pudo jugar con ellos a su antojo, llevarlos de aquí para allá, congelarlos, conjurarlos para que el primer segundo en el que acercó sus labios a su mejilla durase lo que dura una novela de doscientas veintidós páginas. Dejando los tópicos fuera de esta breve descripción, fue tal como acabo de decir, un beso eterno para los ojos de él, y para ella, un simple acercamiento de almas. Se separaron. Ádrien debía irse, aunque su esencia se quedó junto a sus manos, y por eso, por esta razón, quizás ingenua para muchos, él, durante las ocho horas que estuvo soñando, rodeó con sus dedos su muñeca, y bajando hacia la palma de su mano, acarició cada poro de su piel que esperaba ansioso esos roces muchas veces imaginados.









Tiemblo mientras me sincero. Me sincero mientras te observo. Te observo mientras pienso en que te he encontrado, en que he tropezado con el tesoro que nunca antes había imaginado que descubriría. Tan joven, con toda la vida por delante, con miles de millones de deseos que tengo aún por anhelar. Te toco en sueños y te saboreo en pesadillas. En pesadillas, porque al igual que los sueños son algo irrealizable, y para mí, que sea así, sin duda es el peor de los delirios. Y lo sé, tu valentía fue sorprendente. Juntaste tus labios a los míos e hiciste que me callara profundamente. Enmudecí como nunca antes había hecho. Sentí lo inimaginable. Y seguidamente cerré los ojos por miedo a que realmente no estuviera viviendo lo que tantas veces había soñado. Y entonces tiemblo, tiemblo porque te he encontrado.


