sábado, 6 de septiembre de 2008

Nosotros



Él, absorto en una calamidad espantosa y maravillosa a la vez, observó cómo la rutina de todos los días, aquélla de ojos color oliva y boca azucarada, pasaba cada uno de sus cinco dedos por la melena corta y dorada que recubría su rostro, apenado, dulce, mojado. Tenía ganas de poder ayudarla con su cometido, se moría por desanudar la maraña que acontecía a su cabello y desnudar su pensamiento palabra a palabra, sin embargo esa imagen, ese deseo, ahora frustrado, sólo pudo vivir en él, en Daniel, unos minutos. Ella amontonó los libros y apuntes, encapuchó cada bolígrafo en su casita y lo ahogó todo en su bolso negro de piel. Era invierno y hacía frío.- ¿Y si la acerco en coche hasta su casa? así sabré dónde amontona todos esos libros- Se dijo para sí. Daniel, tras darle vueltas al asunto se levantó de su asiento y se acercó a donde estaba ella recogiendo cada uno de sus bártulos.


-Perdona-. Dijo susurrando y rozándole suavemente la espalda. Ella se giró y vio como los dos ojos azules de su compañero de biblioteca brillaban. Parecían emanar una atracción irremediable hacia ella. Sentía como si aquel chico de quien no sabía siquiera su nombre fuera su imán personal.


-Sí, dime, ¿qué es lo que pasa? Estoy haciendo demasiado ruido, es eso ¿verdad? Lo siento mucho-. Preguntó nerviosa imitando el mismo tono de voz que Daniel utilizó para dirigirse a ella.


-No, tranquila, no es eso. Sólo es que el viento me ha dicho que va a apretar con fuerza esta tarde, y me preguntaba si te gustaría que te acercase a tu casa, que yo me voy ahora también.


Aquella niña, que tan sólo contaba con dieciséis velas en su tarta de cumpleaños, le miró con una sorpresa aterradora. ¿Cómo no iba a quedarse pasmada por tal invitación? No se creía lo que en esos momentos estaba sucediendo. -¿Yo? ¿en manos de un desconocido volviendo a casa? ¿qué hago?- pensó sin dejar de mirar los labios que en esos instantes le hablaban.


-¿Sigues aquí, Adalia?-. Preguntó algo tenso.


-¿Cómo sabes mi nombre? no nos hemos presentado-. Aclaró sin saber muy bien a lo que atenerse. Sentía curiosidad por saber qué era lo que aquel chico sabía de ella, el por qué de aquella invitación.


-Yo lo sé todo-. Contestó entre risas y con cierto aire bromista.


Los dos rieron a carcajada limpia y, después de que el resto de personas que había en aquella sala les llamara la atención por el ruido que estaban haciendo, ella produjo una sonrisa nerviosa y algo tímida, a la que él correspondió con otra débil e impaciente por saber su respuesta.


-No sabía que todavía había chicos como tú-. Dijo con tono irónico. -No, de verdad, ahora en serio, eres muy amable, pero vivo aquí al lado, no te preocupes-.


-No me causa ningún problema acercarte, de verdad-.


Se miraron y ella se acercó a él. Hizo de su oido su cueva, su guarida secreta. Daniel empezó a temblar como tiembla una gelatina al moverla. Sentía que le faltaba el aire y que la cantidad de emociones que surcaban su interior iban a volverle completamente loco. Todo aquello era insostnible, maravillosamente incontrolable.


-Vale, dejo que me acerques, pero prométeme que así lo harás el resto de los días que nos quedan. Sí, que nos quedan...


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