
Mis pies subieron a aquello que estaba a punto de llevar lejos, muy lejos, mi alma y mi cuerpo, y yo sin saberlo. Subí las escaleras y caminé despacio por el vagón que yacía calmado y silencioso, y fue en la tercera fila cuando tropecé sin querer con el pié de uno de los pasajeros, lo que hizo que los míos se parasen y acomodasen el resto de mi cuerpo en aquel asiento ocupado por unos cuantos papeles de periódico; uno entre miles. Me fascina pensar en el por qué tuve que aterrizar yo en ese hueco y no en otro. Me encanta darle vueltas a las cosas que realmente no tienen una respuesta bien definida. El destino. Las casualidades. Juegas con ello. No hay mal que por bien no venga, hija, diría mi abuela. Miré hacia el frente y segundos después vislumbré la mirada que todo lo ocupaba, mi espacio y mi pensamiento. Supongo que no se daría cuenta de tal magia, de que tal hechizo pudo conmigo. Aparté la mirada rápidamente por miedo a que me encantara, como hacen los encantadores de serpientes con esos escurridizos bichitos. En uno de mis viajes coincidimos en un punto maravilloso, espléndido, lleno de luz y de calor, de armonía y plenitud. Las palabras me salen solas cuando pienso en esa melena larga y castaña, en esos ojos azules como el color del bolígrafo con el que escribo, en esos lunares... No me atreví a contarlos. Eso ya hubiese sido demasiado, aunque yo diría que tendría unos seis esparcidos por todo su rostro. ¿Os imagináis? Uno, dos... tretre...tres. Y de los nervios seguro que me hubiese atragantado. Mientras yo leía a Carol, sin prestar demasiada atención a lo que ahí dentro se narraba, sacudí con mi mirada algún que otro vistazo dirigido hacia la zona en donde él se encontraba, cuando de pronto otro encontronazo sí deseado -María, tranquila, respira-. Era como si estuviese leyendo para él y no para mí. Parecía, para la gente que había sentada a mi alrededor, que mi mirada permanecía junto a las letras, sin embargo ésta estaba verdaderamente junto a su piel, cerca de su gabardina color beige. Me hubiese gustado echar mano del famoso Carpe diem y decirle que verle me había arrebatado los ojos completamente. ¡Pero qué cosa más tonta, por Dios!. Llegamos él y yo, porque para mí sólo existía su persona, a una estación de tren que no era la mía, cuando deseé con todas mis fuerzas que no produjese movimiento alguno. Pedí a Dios y a la Virgen que no (me) abandonara, sin embargo, por mucho ímpetu que pusiera en tal deseo, así fue, se colocó los auriculares, el cuello de su abrigo, se levantó y se dispuso a andar hacia su derecha, contrario adonde yo me encontraba.
...Ay

1 comentario:
jo...
bonito
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