El tiempo corría sin prisa, porque los buenos momentos queremos saborearlos con dulzura, con delicadeza, nos gusta exprimir todo lo que los segundos y minutos nos permitan. Jaume esperaba sentado en el escalón de aquel espacio sin humo. Limpio, sin olor a tabaco, con una carta arrugada entre sus dos manos. Jugaba con un pliegue que él mismo había hecho sin darse cuenta en el borde inferior derecho; lo tiraba hacia delante y más tarde hacia atrás, y así unas cuantas veces más hasta que caía en la cuenta de que eso no hacía que los nervios que recorrían todo su estómago lo dejasen tranquilo. No paraba quieto, miraba hacia allí, y después hacia donde yo estaba, y quiero creer que la razón es porque estaba deseando verme. Lo observaba desde el otro lado de la calle. Yo estaba frente a él, vigilándole, y en un momento alcé la mano izquierda para saber si me veía, pero no manifestó un sólo gesto de que así fuera. Me acerqué para observar sus movimientos más de cerca, sus uñas a medio comer, su pantalón vaquero desgastado por las rodillas, su jersey decorado por unos cuantos renos navideños, y Jaume, él, seguía sin verme. ¿Qué podía hacer yo además de gritarle e intentar espabilarle con un manotazo? ¿Acaso eso serviría para que prestase atención a lo que tenía delante? La verdad es que lo dudo, lo dudo mucho. Yo, un ser intangible, evaporado en lo alto de las nubes, con la mirada perdida en el horizonte, y una boca, y un cuello y un todo. Enterrada por miles de granos de arena, tierra húmeda que más tarde pasa a una sequedad asombrosa, a una muerte esperada, arropada por un extenso campo de estrellas que, no tan extrañamente, puedo tocar, y jugar con ellas, y bajarle la luna si él quiere.
Mientras yo creía rozar su mano, en el momento en el que pensé que por fin podía percibir mi alma junto a la suya, Jaume desplegó la carta para repasar cada palabra que yo le había escrito una semana antes. Antes de que me convirtiera en ‘nada’, en nada para el resto, pero no para él. Yo, su todo. Quiso recordar, seguir adelante con su vida, y para ello tenía que aceptar lo ocurrido, no dejar su problema, que era sólo suyo, en manos del tiempo, un derrotero que no lleva más que a tapar las heridas, pero no a extinguirlas. Mientras releía lo que ya se sabía de memoria cayó en un recuerdo todavía latente a la mínima. Fue un veintidós de febrero, un día como el de hoy, salvo por mi ausencia, que hace que los puntos de cualquier herida salten sin consideración. Los suyos, los de él.
-¿No quieres que te bese?- le dije yo
-No quiero tener más cosas que echar de menos. Y es que ya echo en falta tu olor cuando te vas, tu aliento cuando te callas, tus ojos cuando me das la espalda. No quiero acumular más faltas en esta lista que me desgarra cada vez que te sientas a mi lado y sé que más tarde desaparecerás como lo hacen tus palabras.
-Te equivocas. Te hablaré siempre; por las mañanas, al despertar, mi voz se confundirá con el sonido de tu despertador; al almorzar, me divertiré escondiéndote el tenedor y el cuchillo, y tendrás que rendirte, porque lo mandaré muy lejos; te hablaré cuando el sol juegue al escondite y quieras encontrarlo, porque las noches, sin mí, pierden el poco color que, a veces, llegan a tener. Conmigo, siempre conmigo. Te hablaré en susurros, puede que muy bajito, incluso es posible que ni siquiera llegues a oírme, pero quédate con esto: siempre, siempre te hablaré, Jaume.
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