sábado, 29 de noviembre de 2008

*ay*

Acabamos de despedirnos, y aun sigue en mi cabeza un Jack y una Rose intentando sobrevivir a una de las mayores catástrofes mundiales, la muerte de tu ser amado y la tuya propia. Sus almas volaron sobre el barco que, poco a poco, iba ahogándose junto a todas penas y alegrías vividas, incluso anduvieron por el mar, quedándose en lo alto del iceberg para contemplar la maravilla de aquel momento, y por último acabaron rozando el cielo, como las estrellas, que, con prisa, corren a cumplir los deseos de aquellos que piden y piden. *Ay * si esas lucecitas cumplieran lo que yo... ¿qué sería de nosotros si con sólo mirar ahí, ahí arriba, cualquier petición fuera registrada y, a la vez, cumplida?Caminamos sobre las palabras, reímos como niños, suspiramos como sólo sabemos hacer nosotros y Craig Thompson, y además de todo eso, pudimos notar cómo el frío se colaba por aquí dentro (y me llevo la mano por todo el cuerpo, empezando por mi garganta hasta los alfileres que sostienen mis caderas). Y nos abrazamos, pero yo hablaba, y volvimos a abrazarnos, pero tú hablabas. Nos separamos, pero volvimos a intentarlo, ¡por falta de ganas que no sea! y nos abrazamos, entrelazamos nuestros cuerpos, como si de una cadena de ADN se tratara, con una música que se adentraba y jugaba con nuestros corazones.


Y de verdad, ojalá hubiese podido mirarte a los ojos cuando me tocaba bajar lo que muchos suben, ojalá, además haber subido lo que yo bajaba en esos momentos, y seguirte, y rodear con mis brazos tu espalda, tu guitarra. Ojalá, se hubiese hundido el barco, ése, ése, conmigo dentro...

1 comentario:

Anónimo dijo...

cuando bajaba las escaleras pensó en la posibilidad de que la chica del abrigo rojo subiera a toda prisa a buscarle

sonrió, pese a que no ocurrió...