He vuelto -y has vuelto- y me encuentro rodeado de árboles que por tu ausencia dejaron caer sus ramas hacia... ¿Hacia dónde van a caer sino es al suelo?, y un pequeño lago, en donde los especialistas construyeron una fuente de la que ahora sí sale agua, y hace ruido, y me recuerda a cuando con nuestros labios jugábamos al escondite. A veces era yo quien me escondía dentro de los tuyos -rectos y silenciosos, pero atentos, suaves, con múltiples verdades, ninguna de las cuales debí creer- y siempre te ofrecía una pista que la mayoría de las veces rechazabas. No hacía falta que te ayudara a saber dónde me encontraba, ya que la misma lengua me delataba. Ahora recuerdo lo consciente que era de tu presencia en aquellos momentos, ya que tengo tu aroma aquí, navegando entre mis venas, y el que desprendías al hablar nada más correr tras de mí para pedirme que no me fuera.
-Es tarde. Tengo que irme. Tengo que...
En realidad no era más que una excusa, como cuando uno miente con palabras, pero seguidamente, lo delata la mirada. Sin embargo he de decir que ahora, si me ofreciesen la condicional iría a por ti sin máscaras ni guantes de piel, y escucharíamos qué canta para nosotros la fuente esta noche y de madrugada.
domingo, 23 de agosto de 2009
sábado, 22 de agosto de 2009
El sonido del viento, tú y yo.
El primero, golpea con fuerza en los objetos que hay a nuestro alrededor, como son las ramas de los árboles, que parecen tejer silenciosas conversaciones con sus inquilinos los pájaros, o la cadena de plata que cuelga de esa barandilla que nos separa de la realidad. Se mueve, pero no canta. Nuestras ropas también juegan con el aire, a revolverse, a sentirse libres, a tocarse unas con otras, como si fueran pies y echaran a correr.
Tú. La puesta de sol queda reflejada en tus pupilas, y por ello me basta con quedarme descansando en tu mirada para saber qué es lo que me espera fuera de todo esto; es tranquila y en ella es donde se hace de noche a medida que los minutos se marchan -y regresan- Y nada más darte cuenta de mi fijación por tu cara -esos labios que acompañan a cada gesto que provocas, y tus pestañas, que parecen volar con el viento- te sonrojas y me observas como nadie nunca lo había hecho antes: suave y de forma delicada, como si tuvieras miedo a romperme con tu aliento.
-Hay personas que en ocasiones no saben llorar, ni siquiera consiguen pronunciar palabra alguna. Otras, que nada más comenzar con la primera sílaba ya escurren por sus mejillas unas lágrimas con sabor a recuerdos e historias. Y por último, conozco a gente que no necesita contar cuentos ya que el simple sollozo los narra con precisión.
Y tras mi discurso, comenzó a llorar.
-No me queda otra que suponer que tú entras dentro del segundo sector de la clasificación.
Me agarraste la mano y ambas quedamos en silencio, una por no saber qué decir, y la otra, sin embargo, por tener tantos sustantivos y verbos almacenados en su boca, y no saber por dónde comenzar. Volviste a mirar hacia el frente, pero ya no quedaba nada en tu mirada que me ayudase a seguir con las palabras: las siluetas moradas de las montañas y las señales que anunciaban la lluvia en nuestras cabezas.
Yo empezaba a tener miedo, ya que la noche amenazaba con aparecer, y estábamos en lo alto de una torre, en mitad del bosque, perdido de la manos de Dios, sin navajas ni cuchillos. Sólo el viento, tú y yo. Sentía frío, ya que el aire despojaba el jersey de mis hombros, y tanto el cuello como estos últimos deseaban un acercamiento -para mí, la poesía, no es más que eso, un acercamiento, sin ninguna verdad que medie entre sus versos- con tus manos, o con tus labios. Pero vi -deseé no haber visto- cómo uno de tus pies se adelantaba hacia las escaleras, e intuí tus ganas por dejarme, así que me cubrí con mi mano derecha, para no provocar en ti esa incomodidad que pude causar con mi proposición -adivina, adivinanza-. Apenas te veía. Tan sólo me quedaba echar mano de mi memoria para saber qué forma tenían, y tienen, tus rasgos faciales. Fue muy fácil para mí adivinarte. Seguía sin tocarte, y tú sin mirarme. No sabía si hablar o callar, ya que nunca he sabido sin son mis palabras o mis silencios los que consiguen decir más.
-¿Alguna vez has echado de menos a alguien a quien tienes a nueve metros de distancia?
No obtuve contestación alguna. Mi error: hablar sin ser invitada. Ocurre a veces, cuando mentalmente echas una moneda al aire y si sale cruz: no hables.
Finalmente pasó que tanto tú como la luz habíais desaparecido de mi lado. La diferencia es que a ti aún quería tocarte, y la luz podía -y puede- esperar al alba.
Tú. La puesta de sol queda reflejada en tus pupilas, y por ello me basta con quedarme descansando en tu mirada para saber qué es lo que me espera fuera de todo esto; es tranquila y en ella es donde se hace de noche a medida que los minutos se marchan -y regresan- Y nada más darte cuenta de mi fijación por tu cara -esos labios que acompañan a cada gesto que provocas, y tus pestañas, que parecen volar con el viento- te sonrojas y me observas como nadie nunca lo había hecho antes: suave y de forma delicada, como si tuvieras miedo a romperme con tu aliento.
-Hay personas que en ocasiones no saben llorar, ni siquiera consiguen pronunciar palabra alguna. Otras, que nada más comenzar con la primera sílaba ya escurren por sus mejillas unas lágrimas con sabor a recuerdos e historias. Y por último, conozco a gente que no necesita contar cuentos ya que el simple sollozo los narra con precisión.
Y tras mi discurso, comenzó a llorar.
-No me queda otra que suponer que tú entras dentro del segundo sector de la clasificación.
Me agarraste la mano y ambas quedamos en silencio, una por no saber qué decir, y la otra, sin embargo, por tener tantos sustantivos y verbos almacenados en su boca, y no saber por dónde comenzar. Volviste a mirar hacia el frente, pero ya no quedaba nada en tu mirada que me ayudase a seguir con las palabras: las siluetas moradas de las montañas y las señales que anunciaban la lluvia en nuestras cabezas.
Yo empezaba a tener miedo, ya que la noche amenazaba con aparecer, y estábamos en lo alto de una torre, en mitad del bosque, perdido de la manos de Dios, sin navajas ni cuchillos. Sólo el viento, tú y yo. Sentía frío, ya que el aire despojaba el jersey de mis hombros, y tanto el cuello como estos últimos deseaban un acercamiento -para mí, la poesía, no es más que eso, un acercamiento, sin ninguna verdad que medie entre sus versos- con tus manos, o con tus labios. Pero vi -deseé no haber visto- cómo uno de tus pies se adelantaba hacia las escaleras, e intuí tus ganas por dejarme, así que me cubrí con mi mano derecha, para no provocar en ti esa incomodidad que pude causar con mi proposición -adivina, adivinanza-. Apenas te veía. Tan sólo me quedaba echar mano de mi memoria para saber qué forma tenían, y tienen, tus rasgos faciales. Fue muy fácil para mí adivinarte. Seguía sin tocarte, y tú sin mirarme. No sabía si hablar o callar, ya que nunca he sabido sin son mis palabras o mis silencios los que consiguen decir más.
-¿Alguna vez has echado de menos a alguien a quien tienes a nueve metros de distancia?
No obtuve contestación alguna. Mi error: hablar sin ser invitada. Ocurre a veces, cuando mentalmente echas una moneda al aire y si sale cruz: no hables.
Finalmente pasó que tanto tú como la luz habíais desaparecido de mi lado. La diferencia es que a ti aún quería tocarte, y la luz podía -y puede- esperar al alba.
lunes, 17 de agosto de 2009
Ruben
¿Por qué Ruben no parece entender lo que yo siento? Si es ahora cuando, a pesar de su negrura, lo veo más claro que nunca; si es una continuación de mi yo más profundo; si nada más mirarnos amanece un halo que nos separa de este infierno, de este aire, de estos pensamientos. Algo comienza a cambiar, y me veo abducido por un nuevo sentimiento, el de libertad, uno que me llena de seguridad, a un camino en donde mis propias alas son las que conducen mis pasos, y no las de esos que creen conocer mejor a ése que llevas dentro que tú mismo. Sin embargo, aun curado de esta pasión, de este empacho de emoción y sinceridad, necesito saber si he sido una piedra más en aquel sendero caminado por sus dedos, rodillas, estómago, costillas, barbilla, pómulos, palabras...
Ojalá su garganta hubiese quedado muda a la hora de hablar, o afónica de tanto exprimir palabras, o que no hubiera cantado aquello que tiempo después pisotearía en el último momento, justo en ese en el que cierra la puerta del coche con la derecha, y se marcha, y a mí no me queda otra que asentir cabizbajo. Y uno se queda esperando para que lo vea sereno, sin lágrimas en los ojos, con una sonrisa que llora por dentro, como si ese apodo que ya tanto significa, queda como palabra que se ha llevado el viento, y sin embargo ha dolido como una desventura a conciencia con tu mejor amigo. Sí, eso es, dar la impresión -no deja de ser más que eso, algo mágico que se envenena por la cobardía del enamorado- de que todo marcha bien, de que cada minuto esparcido en el tiempo ha sido absorbido por mis manos, y ha dejado de lado al corazón. Y Ruben no comprende el porqué de todo esto, de las ganas por sentirme propiedad de alguien, y que me abracen hasta llenarme de aire, para más tarde, con un beso, vaciar cada poro dañado por esos labios. Por más que intento hacerle entrar en razón nada le sirve: todas las palabras que he malgastado explicándole, suplicándole que no solo me escuchara, que por favor me entendiera, han quedado sin vida en este aire, y mi recorrido, en este viaje, queda aquí, porque ahora es cuando sé que él nunca ha sentido esas cenizas que quedan tras el fuego brillante y abrasador, simplemente porque esa llamarada nunca ha existido en su corazón, ni siquiera en sus silencios.
Ojalá su garganta hubiese quedado muda a la hora de hablar, o afónica de tanto exprimir palabras, o que no hubiera cantado aquello que tiempo después pisotearía en el último momento, justo en ese en el que cierra la puerta del coche con la derecha, y se marcha, y a mí no me queda otra que asentir cabizbajo. Y uno se queda esperando para que lo vea sereno, sin lágrimas en los ojos, con una sonrisa que llora por dentro, como si ese apodo que ya tanto significa, queda como palabra que se ha llevado el viento, y sin embargo ha dolido como una desventura a conciencia con tu mejor amigo. Sí, eso es, dar la impresión -no deja de ser más que eso, algo mágico que se envenena por la cobardía del enamorado- de que todo marcha bien, de que cada minuto esparcido en el tiempo ha sido absorbido por mis manos, y ha dejado de lado al corazón. Y Ruben no comprende el porqué de todo esto, de las ganas por sentirme propiedad de alguien, y que me abracen hasta llenarme de aire, para más tarde, con un beso, vaciar cada poro dañado por esos labios. Por más que intento hacerle entrar en razón nada le sirve: todas las palabras que he malgastado explicándole, suplicándole que no solo me escuchara, que por favor me entendiera, han quedado sin vida en este aire, y mi recorrido, en este viaje, queda aquí, porque ahora es cuando sé que él nunca ha sentido esas cenizas que quedan tras el fuego brillante y abrasador, simplemente porque esa llamarada nunca ha existido en su corazón, ni siquiera en sus silencios.
viernes, 14 de agosto de 2009
3:42
Hoy os hablo del miedo, ése que te anula por completo y del que, en ocasiones, no vemos otra salida que la escapatoria sin necesidad de echar la mirada hacia atrás. Correr sin carrerilla. Simplemente con la vista puesta en el final del camino que te espera, ansioso, tranquilo. Ese miedo es capaz de hacer que tus preocupaciones, las más insípidas, las más brutales, se desvanezcan como neblina en la oscura noche, y no ver nada más que la tenebrosidad que te desnuda a cada paso que das. Os hablo de esta emoción que una vez superada no renace como la lluvia en otoño, o las flores en primavera, sino que, aun deseando que vuelva para hacernos olvidar eso que ya se fue, ocurre como con el primer amor, que nunca regresa. Y si lo hace, ya no es el mismo, ya que sería una continuación de algo que nunca acabó.
Ya es hora de ir a dormir.
Y es en esos momentos, en los instantes que te llevan al abismo, en los que te das cuenta de lo que realmente significa amar. Antes de la despedida la querías, sí, a ella, a ella, pero es después de que ese adiós se materialice como cuerpo sin alma, cuando uno es consciente de la falta de aire que se produce al pronunciar su nombre, sí, el de ella, el de ella; y de los momentos que, tumbado en la cama, quisiste compartir con sus manos. Con sus manos en tu pecho.
Ya es hora de ir a dormir.
Y es en esos momentos, en los instantes que te llevan al abismo, en los que te das cuenta de lo que realmente significa amar. Antes de la despedida la querías, sí, a ella, a ella, pero es después de que ese adiós se materialice como cuerpo sin alma, cuando uno es consciente de la falta de aire que se produce al pronunciar su nombre, sí, el de ella, el de ella; y de los momentos que, tumbado en la cama, quisiste compartir con sus manos. Con sus manos en tu pecho.
miércoles, 12 de agosto de 2009
Un adiós definitivo
Nos escurríamos entre los cuerpos y ocurrió lo inevitable. En realidad no fue más que un suceso esperado, de esos que temes ver pasar y que, como dictan en las novelas y se siente en la vida real, acaban resbalando por las mejillas. Lo peor de todo esto es cuando no sabes que hacer y lanzas su mano al vuelo, y si sale palma te adelantas y comienzas a caminar, aun sabiendo que es calle cortada. Lo irónico de todo esto es cuando, siendo consciente de que si pinchas, sangras, te adelantas con la boca, con la nariz, con tu corazón y se lo dejas escrito en una servilleta de papel sujeto por el parabrisas de su coche. Y acordaos de la injusticia del mundo, porque una vez dado, a sabiendas de sus consecuencias, que es lo paradógico, no hay devolución posible, ya que los sentimientos no fueron creados junto a un ticket de compra, ni apegados a una rueda de recambio, aun esperando con los ojos cerrados ese inminente pinchazo que nos dejará a todos y a cada uno de nosotros en mitad del camino.
No, ya no nos queda nada.
Y el corazón duele cuando sabe que ese te quiero que aguardaba aquí dentro sale despavorido en el último momento, como cuando histéricos decidimos estudiar únicamente la noche antes de nuestro examen final. Las palabras, esas dos vidas, salen horrorizadas, ya que no saben con certeza cual será su destino -buenas noches, determinismo-. No saben que si se adentran por los ojos acabarán suicidándose; y si lo hacen por la boca rozarán el corazón, pero serán atrapadas rápidamente por los fluidos de los alrededores, a no ser que se introduzcan por los oídos, donde, una vez allí, se bifurcaran hasta aterrizar sobre las yemas de los dedos. Sin embargo, lo que sí sabe el corazón es que cuando lanza esas vocales y consonantes, y de vez en cuando un silencio entre ellas, es que, en momentos como esos, bautizado con un final inevitable, jamás llegan a entrar en consonancia con ése que espera frente a nosotros. Y por eso ese dolor, que desgraciadamente se identifica a la perfección cuando uno deja escapar la vida por esas lágrimas, ésas que acaban inundando la cama y las palabras.
No, ya no nos queda nada.
Y el corazón duele cuando sabe que ese te quiero que aguardaba aquí dentro sale despavorido en el último momento, como cuando histéricos decidimos estudiar únicamente la noche antes de nuestro examen final. Las palabras, esas dos vidas, salen horrorizadas, ya que no saben con certeza cual será su destino -buenas noches, determinismo-. No saben que si se adentran por los ojos acabarán suicidándose; y si lo hacen por la boca rozarán el corazón, pero serán atrapadas rápidamente por los fluidos de los alrededores, a no ser que se introduzcan por los oídos, donde, una vez allí, se bifurcaran hasta aterrizar sobre las yemas de los dedos. Sin embargo, lo que sí sabe el corazón es que cuando lanza esas vocales y consonantes, y de vez en cuando un silencio entre ellas, es que, en momentos como esos, bautizado con un final inevitable, jamás llegan a entrar en consonancia con ése que espera frente a nosotros. Y por eso ese dolor, que desgraciadamente se identifica a la perfección cuando uno deja escapar la vida por esas lágrimas, ésas que acaban inundando la cama y las palabras.
lunes, 10 de agosto de 2009
La inminencia del adiós.
Déjeme salir de su caverna de espejos y de promesas agrietadas, inservibles e imposibles de masticar. Ayúdeme a salir de su prisión, de su cárcel, de su cuerpo, de sus besos y miradas, de sus brazos y palabras. Asústeme diciéndome que todo lo vivido no ha sido más que un maravilloso sueño; que ha pecado rozando mis labios, escondiéndose bajo mis pestañas cuando el sol se despedía, o cuando la luna temía a las estrellas y se convertía en nube hecha polvo. Apague la luz de nuestros ojos, para no verlo más, ni acudir a usted cuando mis manos sedientas opriman mi pecho pensando que estrechan el suyo. Rómpame el corazón para no seguir sintiendo cómo cada ventrículo se descompone en pedazos cada vez más pequeños hasta entrar en lo que para ellos significa un átomo, partícula, en este caso, desligada del resto, de todos sus compañeros.
Esto es una llamada de auxilio y de necesidad, ya que estas aguas impregnadas de veneno pueden con mi vida, incluso con mi sufrimiento.
Esto es una llamada de auxilio y de necesidad, ya que estas aguas impregnadas de veneno pueden con mi vida, incluso con mi sufrimiento.
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