martes, 15 de diciembre de 2009

Bolonia

Me ocurre que a veces...

Como a aquélla a quien le pregunté una vez si creía en el amor. En su momento se quedó en silencio. En silencio y sonrió sin apenas alargar los labios, como quien observa el amanecer de un secreto. Comenzó por el principio, a contarme su primera historia de amor, esos primeros amores que nos hacen suspirar cuando, por ejemplo, se nos hace imposible la cuesta de enero. Y con ello, sin duda, no hicieron falta más preguntas para saber si realmente era capaz de emocionarse con alguna que otra palabra de Benedetti o con los reflejos sobre los charcos de otoño. Pudo ser un cuento sin final, me dijo, pero entonces jamás hubiese podido ser contado. Habría seguido caminando sin pararse en el bar en donde, hace unos días, la conocí: a ella y a su necesidad de olvido. Sin querer, mis palabras, junto a un chocolate caliente que esperaba en el centro, se adentraron por su boca e irrumpieron sin previo aviso en el recuerdo, ése que sangraba cada vez que su cara, su olor, el sabor a él, se hacían con sus instantes muertos -y con los no tan muertos-

En el momento en que escuchaba cómo sus lágrimas hablaban, proyectaba mi pasado en su detestable presente. Fue, para mí, como oir la misma historia, incluso con las mismas huidas de amor e idénticos silencios, pero, esta vez, con un tono de voz y desesperación distinto. Me vi reflejada en ella, salvo por la edad, ya que me superaba en unas ocho primaveras. Sin embargo, aun siendo consiente de que las adivinanzas quedan lejos de la actividad humana, supe que, como el chocolate, su corazón se había congelado de tanto esperar en el centro de la mesa, en el centro de su la vida.

1 comentario:

Anónimo dijo...

bologna es maravillosa, y lo escrito por ti anche