Amanezco y me gusta saber que he abierto los ojos en sincronía con el sol, con ése que todo lo ve, y nada más apoyar mi cabeza sobre la almohada presiento que algo en mí ha cambiado. Está naciendo nuevamente en mí, ya que cuando sopla mi nombre en la lejanía que nos separa siento cómo cada uno de sus fonemas bailan un pequeño vals. Se cogen de la mano, y de dos en dos comienzan a mover sus patitas nada más aparecer la primera nota de la melodía. Sin embargo tal movimiento sigue aun habiendo silencios de por medio, y es esto lo que lo hace tan sumamente especial, su permanencia en mí, como un eco que se adentra y se resguarda en una cueva del tormentoso viento que agita el cabello, los toldos, las nubes. Mi nombre viaja de sus labios a mis oídos, y retumba en ellos como si nunca antes lo hubiesen escuchado, mi nombre, su palabra. Es difícil comprender cómo he llegado hasta aquí, y cómo he dejado que tal cosa se escapara de estos dedos fríos, pero ya sabéis cómo son de escurridizos los sentimientos. No he podido controlarlos, aun pensando que todo estaba bajo la mirada atenta de mis dos pies, de mis dos manos, de mi corazón.
No importa lo que me diga, y si lo que me dice anda desprovisto de sonido -o de significado-, porque ya estoy yo ahí para interpretarlo, aunque esta función sea el motivo principal de confusión. ¿Qué importancia tendrán entonces sus palabras? Si soy yo la única que habla -y lo hace por los dos-, y siente, y padece. Tampoco interesa que sonrían cuando tu imagen resbala por sus pensamientos. Sólo es importante saber que tanto tú como él sonreís a la vez nada más comenzar a tejer una historia, ésa de la que ambos sois protagonistas.
No sé si esto merece la pena, estas palabras, mis pensamientos, él, mi corazón y sus enfermedades. Únicamente decir que, en mi caso, otro clavo ha aparecido, y con él la sorpresa y las ganas -ganas de quedarme en su abrazo- y es quien, seguro, sí merece la pena.
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2 comentarios:
Es curioso lo paradójicos que resultan los sentimientos.
no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio
J. Teillier
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