Podría hablaros de lo mucho que come, o de que tanto dolor le impide ingerir los alimentos, o de cuánto le gusta desear las buenas noches a su deseo inalcanzable. Creo que podría hablar de tantas cosas que mis dedos quedarían exhaustos de tanto teclear. Sin embargo no puedo seguir sino es con su mano entre las mías. Como cuando uno está cocinando y en los momentos de trocear la cebolla o pelar la patata, en los instantes mecánicos y repetitivos, divaga dando rienda suelta a su imaginación: ella ha ido a comprar el ingrediente que nos falta para terminar de sorprenderla, o ella aguarda impaciente tras la cortina que separa la cocina del resto de la casa. Cuando de repente, los elemenos que cuelgan de tal separación se mueven. Suenan. Han sonado por el roce. Fricción. Física. Pensamos, es ella, qué rápido, y cuando nos damos la vuelta para mirarla una vez más antes de que se vaya, una vez terminada la tarea de pelar la patata o de trocear la cebolla, nos damos cuenta de que ha sido el viento, o nuestro gato, quien ha entrado haciendo mover las telas, los objetos que adornan, los pensamientos que vuelan, las vidas que sonrien. Maldecimos el día en el que decidimos hacer caso a nuestro capricho, el de pensar que un animal podría ofrecernos algo de compañía. El infeliz, nos ha robado nuestro sueño, nuestro descanso entre piel y más piel...
Sí, podría hablarte de tantas cosas.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario