
Escuchaba la radio cuando de repente me vi abandonada en tu recuerdo. Ése que me persigue y que deja tras de mí una sombra valiente, un llanto irremediable en cada poro de mi piel. Estaba recorriendo la ciudad, y me acordaba de cada metro pisoteado por nuestros cuatro pies, y de cada verso que leíamos en voz alta, de Alberti, o de Rilke, incluso, a veces, eran nuestras palabras las despellejadas por nuestras voces. Y aquello, la verdad, me llenaba de alegría. Escuchar cómo tus emociones me abrazaban y me dejaban pendiendo de un hilo. Uno que acabó por romperse y finalmente por desaparecer. Lo busqué, de verdad que lo busqué, pero algo dentro de mí -o en ti- ha cambiado, y no sé qué hacer para recuperarlo. O quizá lo mejor será dejar que esas mariposas que volaron hace tiempo, paseen libres por el eterno campo , ya que ¿acaso el cielo espera el despertar de la luna? Sigue y seguirá siendo cielo aun no estando iluminado por un ilimitado número de estrellas, aun no siendo acogido por los primeros rayos del sol. Y así como el cielo sigue siendo un lugar que por mucho que extiendas el brazo nunca llegarás a saber de su tacto, tú, mi recuerdo, quedas todavía en lo abstracto e incorpóreo. Y es lo incognoscible de tu persona lo que me hace abandonarme en mi memoria, y pensar en el porqué de tus ganas por saberme viva. Claro que permanezco, y lo hago a tu lado en silencio, por eso tu insistencia y mi mutismo. No pretendo salir aireada de esta situación, ni hacerme con el papel protagonista, ni siquiera llamar tu atención, ya que lo único que pretendo es deslindarme de nuestra historia, y para ello tienes que dejarme marchar como volaron todas tus mariposas. Y es que me resulta verdaderamente envidiable aquellas personas que son capaces de viajar por rutas nuevas aun habiendo experimentado con anterioridad cosas terribles; percibir sentimientos mágicos y exitosos; ansío lo que aquellos son capaces de lograr cuando viven lo que hay que vivir, eso que alguien ha construido para y por ellos. Supongo que algo así, percibirse libre de las garras del que una vez fue su opresor, no es algo que le ocurra a uno todos los días, y por ello, ansiado con fervor.
Ay... Desgraciada cría, con las verdades que habrían esperado tras tu ventana, y sólo te acordaste de ahondar en tu pasado. En tu triste reflejo de hace años. Porque pudimos recordar todos los lugares en donde estuvimos, incluso aquellos que no visitamos y que siguen latentes en mi memoria, porque sé que son dignos de admirar, de contemplar aunque tu presencia, concreta y deleznable, no me acompañe de la mano. Y hoy por hoy, únicamente soy capaz de pedirte, de suplicarte que no vuelvas, porque confío en que esta vez tu olvido se desvanezca como todo lo que conlleva recordarte, así como lo hacen las lágrimas una vez abrasadas por el sol, o la voz que, entre cortada, huye hacia el silencio.