martes, 30 de diciembre de 2008

La oscuridad descubre los sentimientos más humanos


La noche pasaba con cierto desasosiego, y pesaba como pesan las cicatrices sobre la piel. Y aquéllas que permanecen acariciando el alma son las que realmente debemos temer, secretas, transparentes, inolvidables. Ellos dos, sentados en porciones de tela diferentes se acariciaban con la mirada, se envolvían con palabras y silencios tímidos. Ella observaba con cuidado alguno de los movimientos que él daba, y viceversa, él también la contemplaba a ella, intentando que no se diera cuenta, aunque realmente estaba deseando tropezar con la directriz que marcaban sus ojos, con el hálito que despedía al hablar y al sonreír. No sabía muy bien qué pasaba en aquellos momentos, pero aun no pudiendo demorarse en su recado, quiso que esos instantes únicos permanecieran el resto de la noche, y compartirlos a su lado, con ella. Y de alguna manera, aun no estando en el mismo espacio, se volvieron a encontrar en sueños. Imágenes oníricas que despertaron cada sentido, cada recuerdo, al entreabrir el ojo derecho y ser consciente de que la luz que entraba a través de la persiana era real, y lo que acababa de vivir no era más que una burda ilusión, una representación de su más frustrado deseo: ella.


Y antes de seguir con la historia permitidme un paréntesis, porque me gustaría describir un momento, uno que, para ellos, fue el instante en el que el tiempo dejó los segundos y minutos en manos de Ádrien, quien pudo jugar con ellos a su antojo, llevarlos de aquí para allá, congelarlos, conjurarlos para que el primer segundo en el que acercó sus labios a su mejilla durase lo que dura una novela de doscientas veintidós páginas. Dejando los tópicos fuera de esta breve descripción, fue tal como acabo de decir, un beso eterno para los ojos de él, y para ella, un simple acercamiento de almas. Se separaron. Ádrien debía irse, aunque su esencia se quedó junto a sus manos, y por eso, por esta razón, quizás ingenua para muchos, él, durante las ocho horas que estuvo soñando, rodeó con sus dedos su muñeca, y bajando hacia la palma de su mano, acarició cada poro de su piel que esperaba ansioso esos roces muchas veces imaginados.

viernes, 19 de diciembre de 2008

ilusiones


-¿Sabes? Te voy a decir algo, algo que espero que entiendas. Hace tiempo, en mis noches de insomnio, tumbada sobre la colcha que recubre mi cama en invierno (en verano es otra diferente) comencé a tejer una historia, una que hoy me da que hablar. Imaginé que reposabas tranquila y débilmente en lo alto de la cama de un hospital. Algo terrible te había ocurrido, y mi corazón, al enterarme de tal noticia, se escondió tras mis pulmones. Se agarraba fuerte a ellos y hacía que mi respiración se acelerara por momentos.- Y mientras comenzaba aquello, aquella fantasía que ahora dejaba de ser un sueño para convertirse en una verdad irremediable, le cogí la mano, suave y fría, y le conté la historia que más tarde sería tema principal de mi novela.
-Y lo sé, no hace falta que digas nada. Hay que tener cuidado con lo que se desea y sueña. Subestimamos la capacidad que tenemos de imaginar. Hay veces que los sueños sobrepasan las ideas, los simples pensamientos que juegan aquí dentro. Hay días en que, esos delirios, llegan a ser tangibles, paredes blancas que uno puede tocar, telas que uno es capaz de oler, incluso instantes que uno logra saborear mientras lee su libro favorito. Pero tienes que comprender el porqué de estas ganas mías de encontrarte en tal situación: postrada encima de una camilla, inmóvil, sin mover más que tu corazón de vez en cuando; envuelta por unos tubos transparente que aportaban el oxígeno que tanto te faltaba; vulnerable a cualquier muerte improvisada; ‘escuchando’ cada palabra y sentimiento que formaba mi corazón para más tarde salir de mi boca, de mis labios bañados en lágrimas... De esta manera, teniéndote de tal forma, podría decirte cuántas veces he soñado con salvarte la vida, y confesarte que, desde el primer momento que te vi, a partir de que tu imagen se viera proyectada delante de mis ojos, no tuve más remedio que amarte hasta que una de las dos dejara este mundo para convertirse en polvo, en alma, en recuerdo.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Un retrato



Una conversación contigo a sólo un segundo, un segundo que se convirtió en minutos, minutos que, sin duda alguna, me separaron, me separan y me siguen separando de ti. Una tecla, la ‘h’, la ‘m’, la ‘l’, cualquiera de las que forman el abecedario habrían hecho que me uniera a ti de forma espacial, abstracta, incorpórea. Cuantísimo me... me fijé, y te retrataron como nadie antes lo había hecho. Supieron llevar tu gesto, tu expresión, tu tú a un lienzo vacío. Consiguieron embalar la pureza de lo blanco en unas finas cejas, en una nariz diminuta, en una mano esbozando una sonrisa, en unas líneas que rozan la perfección. Y ahora es cuando, en parte, me siento orgullosa de que lo nuestro se haya quedado en palabras, en meses, en noches sin estrellas, porque quien sabe lo que hubiese sido capaz de crear si aun fueras mío: una novela, ¡qué tontería! Está claro que retratos a bolígrafo, otros a color, consonantes unidas a vocales, nada tienen que ver con la pasión, la delicadeza, los celos, el amor, que inspira ese lienzo lleno todo él de color, el que tú desprendes, el que ella desprende, el que los dos, junto al resto de pinceladas, desprendéis. Me sorprende sentir lo que siento, como si estuviéramos a miles y miles de años luz, ya no te hablo de metros, ni siquiera de kilómetros, sino de luces que no soy capaz de ver, porque de tanto pensarte, cuando mareaba de aquí para allá la sopa hace dos días, cuando hace una hora escribía sobre ti en un cuaderno, cuando hace tres segundos repasaba las líneas que conforman tu rostro, cuando en este mismo instante te tengo en las yemas de los dedos, he dejado a un lado la visión y me he centrado únicamente en cómo era acariciarte. Y es que sólo me queda eso, el recuerdo, que, tristemente, no olvido. Y en verdad no sé quién materializó, no tengo ni la menor idea de quien plasmó tu esencia en aquella tela, aunque en realidad no sé si quiero saberlo. Tú o ella, nadie más.


No tengo prisa por acabar, porque una cosa tengo clara, esto no terminará jamás.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

No todo son finales felices


Mis pies subieron a aquello que estaba a punto de llevar lejos, muy lejos, mi alma y mi cuerpo, y yo sin saberlo. Subí las escaleras y caminé despacio por el vagón que yacía calmado y silencioso, y fue en la tercera fila cuando tropecé sin querer con el pié de uno de los pasajeros, lo que hizo que los míos se parasen y acomodasen el resto de mi cuerpo en aquel asiento ocupado por unos cuantos papeles de periódico; uno entre miles. Me fascina pensar en el por qué tuve que aterrizar yo en ese hueco y no en otro. Me encanta darle vueltas a las cosas que realmente no tienen una respuesta bien definida. El destino. Las casualidades. Juegas con ello. No hay mal que por bien no venga, hija, diría mi abuela. Miré hacia el frente y segundos después vislumbré la mirada que todo lo ocupaba, mi espacio y mi pensamiento. Supongo que no se daría cuenta de tal magia, de que tal hechizo pudo conmigo. Aparté la mirada rápidamente por miedo a que me encantara, como hacen los encantadores de serpientes con esos escurridizos bichitos. En uno de mis viajes coincidimos en un punto maravilloso, espléndido, lleno de luz y de calor, de armonía y plenitud. Las palabras me salen solas cuando pienso en esa melena larga y castaña, en esos ojos azules como el color del bolígrafo con el que escribo, en esos lunares... No me atreví a contarlos. Eso ya hubiese sido demasiado, aunque yo diría que tendría unos seis esparcidos por todo su rostro. ¿Os imagináis? Uno, dos... tretre...tres. Y de los nervios seguro que me hubiese atragantado. Mientras yo leía a Carol, sin prestar demasiada atención a lo que ahí dentro se narraba, sacudí con mi mirada algún que otro vistazo dirigido hacia la zona en donde él se encontraba, cuando de pronto otro encontronazo sí deseado -María, tranquila, respira-. Era como si estuviese leyendo para él y no para mí. Parecía, para la gente que había sentada a mi alrededor, que mi mirada permanecía junto a las letras, sin embargo ésta estaba verdaderamente junto a su piel, cerca de su gabardina color beige. Me hubiese gustado echar mano del famoso Carpe diem y decirle que verle me había arrebatado los ojos completamente. ¡Pero qué cosa más tonta, por Dios!. Llegamos él y yo, porque para mí sólo existía su persona, a una estación de tren que no era la mía, cuando deseé con todas mis fuerzas que no produjese movimiento alguno. Pedí a Dios y a la Virgen que no (me) abandonara, sin embargo, por mucho ímpetu que pusiera en tal deseo, así fue, se colocó los auriculares, el cuello de su abrigo, se levantó y se dispuso a andar hacia su derecha, contrario adonde yo me encontraba.


...Ay

martes, 9 de diciembre de 2008

Bájame la luna


Supongo que se trata de esto, de la lucha entre lo que realmente uno quiere que ocurra y lo que ocurre en realidad.


Corría despacio, andaba con prisa, con el corazón en la mano recogido del suelo por mis cinco dedos, con tres lágrimas sujetando mis ojos, con un llanto silencioso clavando diez, veinte, mil, infinitas agujas en mi pecho, en mi garganta, en cada centímetro de mi piel, mirando sin ver lo que realmente mi mirada alcazaba. La fatiga me pisaba los talones, me seguía como le persigue a uno su propia sombra, como ella lo hacía con sus palabras. -¡Espera, espera por favor!- me gritó. Hacia un año que no oía aquella voz, por lo que tuvo que repetirlo para que yo fuera consciente de que ese ‘espera, espera’ estaba dirigido hacia mí y venía de ella. Me giré sorprendida. Jamás pensé que me rescataría de esta muerte segura. Me hubiese dado lo mismo si en aquellos momentos me dañaban en el corazón, porque mi corazón ya no era mío, sino suyo, y lo que yo sentía no era más que reflejo de lo que ella sostenía ahí dentro.