miércoles, 19 de noviembre de 2008

H

Andábamos. No parábamos de hacerlo, y el Paseo de los Tristes se nos quedaba corto a medida que transcurría el tiempo; las hojas volaban frente a nuestros ojos; la lluvia dañaba nuestro aliento, lo cortaba por la mitad, a veces, incluso, lo diseccionaba en cuatro versos. Probamos a que el vaho que salía por nuestras bocas fuera continuo, que se viera de manera permanente en el espacio en el que nos encontramos, pero a pesar de nuestro esfuerzo por percibirlo uno, siguió como antes, visto troceado y devorado por las gotas que caían del cielo. Ése color es el que yo quería proporcionar a mi lienzo. Ese cielo violeta por el horizonte y más hacia arriba coloreado de... de mar. Esa mezcla de pigmentos quise lograr al pintar nuestro atardecer, no visto desde ahí, pero puede que sí soñado. El otoño nos pisaba los talones, se veía venir; las hojas se subían a la palma de mi mano, y mis dedos jugueteaban con ellas. Ahora me entretengo escribiendo esto para ti, no porque esta tarde me tragase la lengua y apenas pudiese taladrarte los oídos con divagaciones torpes, sino porque las palabras me visitan, han tocado a mi puerta y por no reprimir las he dejado entrar. “Ojalá llueva y me puedas proteger con tu capucha, H...” Y es que cuando lo pienso, ojalá tantas cosas, H...

Y efectivamente, eres más que una foto que me mandaba música de buenas noches, más, incluso que un dibujo hecho por mí, porque me abrazas cuando me (nos) dices (decimos) adiós, me tocas el pelo, escribes, porque me hablas. Me hablas...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me entanta esto, jummm...

"las hojas se subían a la palma de mi mano, y mis dedos jugueteaban con ellas."