De vez en cuando alzaba los ojos hacia donde Riley estaba , y segundos después no me quedaba otra que emitir una sincera sonrisa con ganas de saber qué era lo que ella le comunicaba a través del teléfono. Cuando me quedaba en silencio, cuando nada más que una pequeña brisa de aire acariciaba mi apenado rostro creí percibir su respiración amenazar la soledad que dormitaba a mi lado, y noté cómo su voz se colaba entre mis huesos de cristal. Hacía tiempo que no la oía, la suya, su voz, la de ella…

Y cavilé unos minutos sin que nadie pudiese oirme, allí estabas, en lo alto de mi cabeza en un balcón que ahora es tu casa, mirando cómo paseaban las almas perdidas, la mía hacia la tuya, en sueños, escondida entre fantásticas casitas de mentira, con una enredadera inventada que cubría cada una de las paredes que saludaban a la calle Esperanza, desde donde yo te observaba, cálido, seguro de mí mismo por primera vez en la vida. Nos sonreímos, e hiciste un ademán con la derecha haciéndome saber que debía esperarte, que bajarías para abrazarme, para quererme, para besarme. Asentí con la cabeza, ¿qué otra cosa podía hacer? Yo me moría por tenerte nuevamente conmigo, junto a mí, que nuestro aliento fuera uno y que ni siquiera el tiempo nos limitara en nuestro juego de amor. Me quedé mirando cómo te recogías el cabello, suave y delicado por lo que habían palpado mis dos manos, mis diez dedos días atrás, para que cuando fuera el momento pudieras entregarte a mí en cuerpo y alma viéndote a ti misma como la más bella de todo el reino. Vi cómo al mismo tiempo te mirabas en el espejo un par de veces, cómo acariciabas tu piel maltratada por los años ya pasados, desconsolada, como si acabaras de perder a tu marido, como si algo espantoso fuera a ocurrir en las próximas horas o incluso en los ya inmediatos minutos. Lo intuías. Aquello que percibí alcanzó primeramente la realidad, y más tarde rebasó los límites que ponen final a todo, y por un momento pude tener aquella composición de sonidos junto a mi pecho, junto a mi mano, rozándola con apego, besándola con cariño. Y mis inofensivos labios, empapados de dulce néctar y acaramelada ambrosia, sintieron unos escalofríos recorrer con inefable ardor su superficie, de abajo a arriba y de arriba abajo, cuando me vino a la cabeza, como si de un relámpago se tratase, como si una lluvia de ideas amartillaran sin temor mi estructura más interna de la corteza cerebral, la realidad que saboreaba, aquella que olía y sentía en aquellos momentos, una que ni qué decir tiene se asemejaba lo más mínimo a lo que vivía en esos instantes, sumida completamente en aquella deliciosa ilusión de enamorado. Sentía un inminente hundimiento de mi carrocería, y de mi espíritu, de mi aliento más humano. Ansiaba salir para que la luz dañase mis ojos, y que mi corazón saliese despedido por la cercanía de nuestras almas. El sólo hecho de pensar que todo lo que estaba apunto de vivir podía haberse ya vivido, en mis carnes, en mis propias carnes, sin haber sabido absorberlo hasta el verdadero final, sin haber trasteado lo suficiente con cada uno de los detalles que compusieron nuestra historia, o peor aun, que todas aquellas caricias, que cualquiera de aquellos susurros cifrados de los que había sido protagonista, yo y sólo yo, simplemente hubiesen sido un sueño, una simple imagen en mi cerebro, hacían que mi corazón palpitara más rápido de lo que él mismo podía latir.
Ahora dejo que los recuerdos naden por este mar de lágrimas, que me lleven al momento en el que yo podía esperar-te y no hacer nada más.