miércoles, 27 de agosto de 2008

Él

Sólo me tienes que olvidar, y yo... yo sólo tengo que olvidarte. Y entonces, sólo entonces, tu vida tendrá sentido, y podrás recorrer los parques sin miedo a que mi sombra te aceche
de repente, sin que tu memoria te lleve a mi recuerdo. Y ahora, en este momento de nostalgia suprema, es cuando me pregunto: ¿Qué os parece? ¿Os sabe a poco? A mí me resulta realmente insufrible esto del enloquecimiento. Y es que me
veo vencida por el amor, por tu amor, que vierte corazones y destellos en forma de flechas puntiagudas, y me persiguen,
sin tu consentimiento, pero me acosan sin descanso. Te hemos desobedecido, yo por obviar al olvido y ellas por no escuchar tus súplicas de enamorado.
Por más que lo niegue, por más que crea estar viviendo una terrible pesadilla, sin duda, has sido capaz de enamorarte y
lo has hecho sin trampas, sin juegos de magia. Caiste prendido
de un alma cuya responsable estaba sentada al otro lado del vagón, el cual amenazaba con llevaros al país de los sueños, al desierto de los secretos, al cielo de las calamidades. Los sueños, sueños son . ¿Pero qué ocurre cuando el sueño se te escapa de las manos? es un ‘no se qué’ intangible que puede, en un futuro, transformarse en algo esencial en tu vida. Es eso que hace que el mundo se mueva y que los niños lloren y rían.

martes, 26 de agosto de 2008

No me acuerdo de olvidarte

Tiemblo mientras me sincero. Me sincero mientras te observo. Te observo mientras pienso en que te he encontrado, en que he tropezado con el tesoro que nunca antes había imaginado que descubriría. Tan joven, con toda la vida por delante, con miles de millones de deseos que tengo aún por anhelar. Te toco en sueños y te saboreo en pesadillas. En pesadillas, porque al igual que los sueños son algo irrealizable, y para mí, que sea así, sin duda es el peor de los delirios. Y lo sé, tu valentía fue sorprendente. Juntaste tus labios a los míos e hiciste que me callara profundamente. Enmudecí como nunca antes había hecho. Sentí lo inimaginable. Y seguidamente cerré los ojos por miedo a que realmente no estuviera viviendo lo que tantas veces había soñado. Y entonces tiemblo, tiemblo porque te he encontrado.
Cada mañana, cada vez que miro cualquier imagen en la que salga tu boca, tu barbilla o simplemente tu cuello, me traslada de manera inconsciente a aquel día en el que conseguí sumergirme por fin en lo que muchos denominan ‘el deseo’. Y es eso, puro apetito, lo que consigues, de forma sorprendente, crear en mi memoria. Una memoria cansada de sostener recuerdos que sí sirven, porque siempre son de utilidad, pero que duelen como cuando te quemas por sorpresa por la cercanía de esa persona, de ésa que tanto deseas.

···

Ahora es cuando lo veo, ¡Mira! Está ahí, junto a la bombilla que da lucidez a tu vida. Está tras la luna culpable de la quema de todo nuestro decorado absurdo. Es la pasión, el ardor, los nervios que dan vida al ser humano, el deseo, la intimidad. Es el miedo, el descontrol, la valentía y muchas otras cosas más. Es el amor.

lunes, 25 de agosto de 2008

Quizá esto sea para siempre

De vez en cuando alzaba los ojos hacia donde Riley estaba , y segundos después no me quedaba otra que emitir una sincera sonrisa con ganas de saber qué era lo que ella le comunicaba a través del teléfono. Cuando me quedaba en silencio, cuando nada más que una pequeña brisa de aire acariciaba mi apenado rostro creí percibir su respiración amenazar la soledad que dormitaba a mi lado, y noté cómo su voz se colaba entre mis huesos de cristal. Hacía tiempo que no la oía, la suya, su voz, la de ella…



Y cavilé unos minutos sin que nadie pudiese oirme, allí estabas, en lo alto de mi cabeza en un balcón que ahora es tu casa, mirando cómo paseaban las almas perdidas, la mía hacia la tuya, en sueños, escondida entre fantásticas casitas de mentira, con una enredadera inventada que cubría cada una de las paredes que saludaban a la calle Esperanza, desde donde yo te observaba, cálido, seguro de mí mismo por primera vez en la vida. Nos sonreímos, e hiciste un ademán con la derecha haciéndome saber que debía esperarte, que bajarías para abrazarme, para quererme, para besarme. Asentí con la cabeza, ¿qué otra cosa podía hacer? Yo me moría por tenerte nuevamente conmigo, junto a mí, que nuestro aliento fuera uno y que ni siquiera el tiempo nos limitara en nuestro juego de amor. Me quedé mirando cómo te recogías el cabello, suave y delicado por lo que habían palpado mis dos manos, mis diez dedos días atrás, para que cuando fuera el momento pudieras entregarte a mí en cuerpo y alma viéndote a ti misma como la más bella de todo el reino. Vi cómo al mismo tiempo te mirabas en el espejo un par de veces, cómo acariciabas tu piel maltratada por los años ya pasados, desconsolada, como si acabaras de perder a tu marido, como si algo espantoso fuera a ocurrir en las próximas horas o incluso en los ya inmediatos minutos. Lo intuías. Aquello que percibí alcanzó primeramente la realidad, y más tarde rebasó los límites que ponen final a todo, y por un momento pude tener aquella composición de sonidos junto a mi pecho, junto a mi mano, rozándola con apego, besándola con cariño. Y mis inofensivos labios, empapados de dulce néctar y acaramelada ambrosia, sintieron unos escalofríos recorrer con inefable ardor su superficie, de abajo a arriba y de arriba abajo, cuando me vino a la cabeza, como si de un relámpago se tratase, como si una lluvia de ideas amartillaran sin temor mi estructura más interna de la corteza cerebral, la realidad que saboreaba, aquella que olía y sentía en aquellos momentos, una que ni qué decir tiene se asemejaba lo más mínimo a lo que vivía en esos instantes, sumida completamente en aquella deliciosa ilusión de enamorado. Sentía un inminente hundimiento de mi carrocería, y de mi espíritu, de mi aliento más humano. Ansiaba salir para que la luz dañase mis ojos, y que mi corazón saliese despedido por la cercanía de nuestras almas. El sólo hecho de pensar que todo lo que estaba apunto de vivir podía haberse ya vivido, en mis carnes, en mis propias carnes, sin haber sabido absorberlo hasta el verdadero final, sin haber trasteado lo suficiente con cada uno de los detalles que compusieron nuestra historia, o peor aun, que todas aquellas caricias, que cualquiera de aquellos susurros cifrados de los que había sido protagonista, yo y sólo yo, simplemente hubiesen sido un sueño, una simple imagen en mi cerebro, hacían que mi corazón palpitara más rápido de lo que él mismo podía latir.

Ahora dejo que los recuerdos naden por este mar de lágrimas, que me lleven al momento en el que yo podía esperar-te y no hacer nada más.

Hace tiempo...

Vuelvo y ya no estás. Sueñas y yo no estoy. Te abrazo y noto que el aire corre impaciente entre mis pálidos dedos. Unos dedos que me piden a gritos tocarte, sentirte o suspirarte. Como veis me gusta ir de lo más lejano a lo más cercano. No puedo palparte como se palpa un jersey, un cojín, una muñeca... pero sí soy capaz de suspirarte –Y que levante la mano quien me prohíba desearte- Digo esto porque tengo que pensarte en abstracto. He de conformarme con lo único que tengo para evocarte, tu nombre, tus palabras y tus puntos. Con lo complicado que es lo indivisible, y sin embargo todo cuanto me rodea, y que te lleva a ti de la mano, parece reducirse igual que se reduce mi tiempo al tuyo.
En aquel momento, cuando caí rendida en aquel colchón de sueños, me pareció tenerte, pero sé que tan sólo fue de manera abstracta, y no como a mí me hubiese gustado: no en mis labios, ni en mis manos, ni mi piel era tu piel. En aquellos instantes sufría la tan indeseada frustración de querer y no poder. Su boca estaba a escasos centímetros de la mía, pero eso no hacía que me conmoviera. Y menos aún me concedía el honor de temblar- Lo necesito saber ¡Y lo qué tiemblo de saber! Pero si no me hicieses temblar, tú no serías tú, y entonces, yo no te querría como te quiero – Estas últimas voces son palabras de Federico García Lorca que me llevan a un charco de calma, a un mar de lágrimas y a unas bodas de sangre.

sábado, 23 de agosto de 2008

Para alguien

Me dan escalofríos sólo de pensar que tus labios rozan otros diferentes a los míos.

Poso las manos nuevamente sobre este viejo teclado negro. Me paro, apoyo cada uno de mis roídos dedos en las teclas que pisaré a continuación, y seguidamente pienso en todo lo que acontece a mi vida en estos momentos, e imagino, también, las veces, las miles de millones de veces que he escrito para ti, aquellas mañanas y tardes y noches que he llorado gotas con tu nombre, que he sonreído por palabras lanzadas de ti para mí. Y vuelvo, he vuelto...
Es un día como otro cualquiera, pero sólo en apariencia. No hay un momento igual a ningún otro, siempre existe una pequeña variación en el tiempo que hace cambiar el curso de los acontecimientos y por eso los instantes son únicos. Tan únicos que a veces mataría porque se volviesen a repetir. Descanso. Es una pausa necesaria. Aunque he de decir que hay veces en las que las primeras ideas, los pensamientos más intrépidos son los que realmente hacen transmitir al lector, hacen que llores, bien de tristeza o bien de alegría. Malditas ilusiones, benditas emociones ¿qué haríamos sin ellas? Llorar sin lágrimas, reír sin carcajadas, huir sin miedo...