Puntos suspensivos deslizándose por su garganta,
que atan de pies y manos a todo aquél que
ve cómo amanecen, cómo se resisten al cambio,
cómo deciden hacer oídos sordos
a todas aquellas súplicas del tipo
háblame, estoy aquí, ¿no me ves?
Que se organicen entierros por cada suspiro inacabado,
por cada punto y seguido disfrazado de punto y final,
por ese extender, ese hacer que algo camine sin piernas,
sin pies, sin corazón, y que aparente ser un homínido más.
Admito que es difícil salir de ese estado,
del dame la mano, esperanza,
cuando hasta sus pestañas creías únicas,
aunque los oídos piiiii nada más saberte en oscuridad.
Pero también os digo que es inútil
seguir un camino de tan sólo espinas,
sin pétalos, sin ese aroma,
sirviéndote de pobres recuerdos.
Has de amanecer desnuda, con la Espera,
esta vez, esta vez sí agarrada de pies y manos,
para crear aquel juego de palabras
no, es manzana,
y dejar que aquellos silencios
ruines,
viciosos,
se conviertan
en un gritar a los cuatro vientos.
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