sábado, 29 de mayo de 2010

El ajedrez como juego de estrategia

A Rubén le daba miedo hablarme de la vida, de lo mucho que le gustaba vivir y de lo poco que la vida quería que continuase viviendo. Recuerdo que siempre, con un café en mano, se sentaba frente a mí y comenzaba a contarme sus días, especialmente le gustaba volver a aquél en el que unas manos tocaban una melodía al piano. Él me repetía una y otra vez que sólo veía el reflejo de aquellos movimientos, ya que nunca se atrevió a posar la mirada directamente sobre sus manos. Se las imaginaba delicadas y pintadas de un color algo diferente a las suyas. Le gustaba transportar los dedos de ella a su espalda, a sus brazos, a sus labios, y crear así una imagen en la que su tacto, su roce fuera el único protagonista.

La primera vez que, por mera casualidad, escuchó a aquellas manos, quiso conocer a la propietaria de esos impromptus melancólicos y agilidosos, lo que sin embargo se quedó en una simple idea, ya que, días después, cuando hubo consultado con sus mismas manos la posibilidad de alcanzar esos labios, decidió que sería mucho más excitante la idea de quedarse con ese reflejo e inventar una historia en la que no hicieran falta más sombras.

Aún así, como ocurre la mayoría de las veces -la mayoría porque ahora soy yo quien tiene miedo del para siempre- la reina acabó merendándose al peón, o lo que es lo mismo, la vida, entre torres y alfiles, ganó a su adversario el ser humano.

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