martes, 6 de abril de 2010
Give me five
Éramos cinco estrellas. Encendidas cada una de forma individual, con luz propia, pero, a la vez, dependientes de lo que hiciera la una, y la otra. Iluminábamos el tránsito de aquellos que quedaban en el camino; sordos; mudos, por haberse tragado la lengua nada más saltar. Recuerdo que alguno de ellos, después de encontrarse, se había perdido; y otros, simplemente, nunca habían llegado a saberse tan sumamente vivos. Ése era nuestro objetivo, el de guiar a los pequeños, a los hambrientos de besos, de caricias; a los que, con el vaso medio lleno, afirmaban no tener ilusión por seguir tragando saliva. Descubrimos que, aunque sus cuerpos siguieran danzando entre sonrisas, entre aplausos y más aplausos, sus almas quedaban en lo más temido de la palabra: el silencio. Nos asustaba pensar que todas esas vidas pudiesen depender de cómo echáramos a arder, ya que, perdidos en un no se sabe dónde, seguirían cada uno de nuestros pasos, con miedo, pero continuarían caminando. Teníamos sus futuras alegrías en nuestras manos, y eso, queráis que no, es una gran responsabilidad. Por este motivo, y por algún otro que por ahora no revelaré, decidimos dejar de ser estrellas para volver a ser cinco hombres de a pie. Hemos vuelto a nuestra historia particular, aunque, tranquilos, no se preocupen, seguimos en contacto de vez en cuando, por si algún transeúnte suplica un transplante de corazón
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario