sábado, 12 de septiembre de 2009

Incomprensión

Los minutos pasan y ella sigue sin querer saber dónde descansa su alma. Lo único: sabe que sus pies -degraciadamente no es sorda, ni mucho menos ciega- andan por alguna parte, descalzos en alguna cama. Le desespera acunar entre sus brazos esta ignorancia que, a estas alturas, se teme, es bien sabida por sus sentidos. Y aunque nunca se debe generalizar, es consciente de ello porque sus ya aventuradas experiencias le han enseñado a no dar segundas -ni terceras- oportunidades a nadie, ya que quien ha roto un plato antes, lo volverá a romper sí o sí, aun sabiendo de qué tratan sus avenidas consecuencias -pero a ellos les da igual cuantos corazones desparezcan en este mundo-

A Amaia le gustaría no haber creído esas palabras desprovistas de significado, esos lamentos sin lágrimas saliendo de su garganta, esas sonrisas que enamoran, esos finales a los que puso punto y final, cuando no eran más que unos puntos suspensivos repletos de angustia y, algunos de ellos, necesitados de amor. Un amor que hubiese encontrado en cualquier otra parte. No lo entiendo, sabe que no era necesario que fuesen hacia ella.

Ojalá se quedase sin palabras por la felicidad que le embarga. Me contó que eso es lo que le ocurre cuando no para de sonreir, que todas se le escapan por la boca, y nada queda sobre el papel.

Ojalá, en otra vida -en ésta el desencanto le ha cogido por sorpresa- descubra algo, a alguien que, si dice ser cristal, que, nada más caer al suelo, se rompa en mil pedazos.