He pasado por cada letra, por cada poro de nuestro cuento, y he caído en la verdad más irrefutable de todas: en el porqué vine a esta tierra. Las notas que llegan a mis oídos las siento como nunca antes las había sentido; las coloreo de tu color favorito, y las tarareo como si fuera lo último que me queda por hacer en esta vida; en una vida sin ti, viviendo una vida sin mí. He conocido a tanta gente, he probado tantas bocas, he navegado por tantos mares y océanos que ya no sé qué más hacer para poder dormir sin inventar una historia en la que el protagonismo sea nuestro, de las dos: un atardecer, en lo alto de esa montaña, ésa a la que puse tu nombre una vez. Allí nos reencontramos sin haberlo previsto, de casualidad, como ocurren muchas de las historia que más tarde se cuentan a los amigos, incluso a los sólo conocidos. Y es que después de revivir nuevamente toda nuestra mágica novela puedo decir que hubo momentos en los que hubiese deseado morir. Morir porque para qué más, para qué volver a lo de siempre habiendo vivido lo que viví, lo que toqué: tus manos. Lo que saboreé: tus labios. Lo que escuché: tu respiración. Morir como debí hacer aquél veintiocho de enero, cuando todavía no era consciente de que tiempo después volvería a disfrutar de tu reflejo, de tu yo más humano. Sin embargo aun sigo viva, y por ello siento todo esto que escribo, para ti, para vosotros, para mí, en definitiva. Me ilusiona saber que has sido mía, por unas horas, pero unas en las que estuviste en cuerpo y alma para mí, y que disfruté sin saber hasta ahora de cada parte de tu esqueleto; de tu clavícula, de tu cuello, de tus pómulos... Y tiemblo nada más pensar que escuchar lo que escucho hace que piense irremediablemente en ti, en nuestro primer acercamiento, en cuando era libre de escribirte un te quiero en cada frase, en cada verso.
Esta es la última carta que te dedico, porque de ahora en adelante permaneceré en un lugar al que prefiero no poner nombre. Moriré. Moriré como tenía que haber hecho hace meses. Moriré de forma tal que no tendré dedos para escribir, ni siquiera un corazón que llore por ti. Moriré como nunca antes había muerto, porque he de decir que a veces he tenido la sensación de ausencia, de que dicha sensación no era más que una ilusión, una farsa, una anécdota en estos días que alguien ha creado para mí. Y me encantaría repetirte aquello de ‘cuídate hasta que yo pueda cuidarte’, pero, la verdad, dudo que ahora mis brazos sirvan de abrigo, que mi boca sea tu único elixir... Por eso, por eso he de morir.
Y para terminar, luz, llegué aquí, aquí para conocerte, para ver cómo crecías, vine aquí para amarte y creer todas las palabras que ya muy lejanas descansan en alguna parte de nuestro mundo, todos los movimientos que sin querer te desvelaban, y morir junto a la calma que ahora me espera con ansia.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentario:
Estoy llorando.
Muere, pero resucita como el ave fénix
Publicar un comentario