sábado, 29 de noviembre de 2008

*ay*

Acabamos de despedirnos, y aun sigue en mi cabeza un Jack y una Rose intentando sobrevivir a una de las mayores catástrofes mundiales, la muerte de tu ser amado y la tuya propia. Sus almas volaron sobre el barco que, poco a poco, iba ahogándose junto a todas penas y alegrías vividas, incluso anduvieron por el mar, quedándose en lo alto del iceberg para contemplar la maravilla de aquel momento, y por último acabaron rozando el cielo, como las estrellas, que, con prisa, corren a cumplir los deseos de aquellos que piden y piden. *Ay * si esas lucecitas cumplieran lo que yo... ¿qué sería de nosotros si con sólo mirar ahí, ahí arriba, cualquier petición fuera registrada y, a la vez, cumplida?Caminamos sobre las palabras, reímos como niños, suspiramos como sólo sabemos hacer nosotros y Craig Thompson, y además de todo eso, pudimos notar cómo el frío se colaba por aquí dentro (y me llevo la mano por todo el cuerpo, empezando por mi garganta hasta los alfileres que sostienen mis caderas). Y nos abrazamos, pero yo hablaba, y volvimos a abrazarnos, pero tú hablabas. Nos separamos, pero volvimos a intentarlo, ¡por falta de ganas que no sea! y nos abrazamos, entrelazamos nuestros cuerpos, como si de una cadena de ADN se tratara, con una música que se adentraba y jugaba con nuestros corazones.


Y de verdad, ojalá hubiese podido mirarte a los ojos cuando me tocaba bajar lo que muchos suben, ojalá, además haber subido lo que yo bajaba en esos momentos, y seguirte, y rodear con mis brazos tu espalda, tu guitarra. Ojalá, se hubiese hundido el barco, ése, ése, conmigo dentro...

domingo, 23 de noviembre de 2008

Palabras de un enfermo:

Si pudiera tenerte entre mis brazos todas las veces que he soñado con tus manos, con tus labios, con tu todo, creo, me quedaría sin fuerzas para sostenerte entre los mismos, y sin aliento, me quedaría sin aliento de tantas veces que he suspirado por ti y tus palabras. Tengo lágrimas rozándome las pestañas. Caminan con cuidado, con cuidado de no encontrarse con la realidad, porque si al final tropiezan y se desploman, tristes y hundidas, no habrá suelo ni superficie que las pare en su camino. Tu piel tersa; tus pómulos ahora marcados; tu labio superior dibujado por un pincel fino, y el inferior besado por mis labios; tu diminuta nariz, que viene a desnudarme sin cuidado; sus ojos, los de ella, los tuyos, que se quedan a vivir conmigo, y ven lo que yo veo, unas facciones dulces, que vician todos mis sentidos.


Nos cogemos por la cintura cuando de repente soy consciente de que pestañeo, cuando inesperadamente despierto de mi letargo, y me consumo en lo más profundo de mi colchón, por miedo a que los deslumbrantes destellos de la realidad me cieguen por completo. Que yo quiero seguir viviendo como viven los enamorados...

“Te quiero y te necesito aquí conmigo. Te cuidaría como se cuidan las flores en verano y en invierno. Te lo prometo, confía en mí” es lo que te diría si pudiera pronunciar palabra alguna, y si mis cartas, ahora, no estuvieran faltas de tinta negra y de papel en blanco.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

H

Andábamos. No parábamos de hacerlo, y el Paseo de los Tristes se nos quedaba corto a medida que transcurría el tiempo; las hojas volaban frente a nuestros ojos; la lluvia dañaba nuestro aliento, lo cortaba por la mitad, a veces, incluso, lo diseccionaba en cuatro versos. Probamos a que el vaho que salía por nuestras bocas fuera continuo, que se viera de manera permanente en el espacio en el que nos encontramos, pero a pesar de nuestro esfuerzo por percibirlo uno, siguió como antes, visto troceado y devorado por las gotas que caían del cielo. Ése color es el que yo quería proporcionar a mi lienzo. Ese cielo violeta por el horizonte y más hacia arriba coloreado de... de mar. Esa mezcla de pigmentos quise lograr al pintar nuestro atardecer, no visto desde ahí, pero puede que sí soñado. El otoño nos pisaba los talones, se veía venir; las hojas se subían a la palma de mi mano, y mis dedos jugueteaban con ellas. Ahora me entretengo escribiendo esto para ti, no porque esta tarde me tragase la lengua y apenas pudiese taladrarte los oídos con divagaciones torpes, sino porque las palabras me visitan, han tocado a mi puerta y por no reprimir las he dejado entrar. “Ojalá llueva y me puedas proteger con tu capucha, H...” Y es que cuando lo pienso, ojalá tantas cosas, H...

Y efectivamente, eres más que una foto que me mandaba música de buenas noches, más, incluso que un dibujo hecho por mí, porque me abrazas cuando me (nos) dices (decimos) adiós, me tocas el pelo, escribes, porque me hablas. Me hablas...