Fue un impacto visual, como cuando crees haber perdido la visión de todo lo demás, salvo la de su mirada, para el resto de los días que aun te quedan por vivir. Me quedan, sí, todavía me quedan unos cuantos por saborear, y para verte, que tengo que volver a sentirte cerca de mí aunque en realidad tus pies no se dirijan a dónde yo permanezco: inmóvil, deseoso, dudoso. La vi angustiada por su tardanza, por su sesgada impuntualidad. Pidió perdón sin producir sonido alguno, sólo moviendo los labios para no interrumpir más el transcurso de la clase. La seguí con la mirada. Deseé que quien estaba sentado a mi lado se levantara y le cediera el sitio, su espacio personal para que ahora fuera el suyo, el nuestro, por haber llegado tarde, como castigo, junto a mí, y confundir el ruido que hace con los lápices con el que hago yo al mover las hojas en blanco de aquí para allá, porque no puedo escribir lo que dicta el tutor si pretendo observar cada movimiento que ella hará segundos más tarde. Yo, con la excusa de seguir la explicación del profesor, miraba sediento, hambriento por saciar y colmar el deseo incontrolable, el de coincidir con su mirada, hacia donde ella estaba, unos cuantos bancos tras de mí. Aun así la veía perfectamente, cómo miraba hacia delante, sin tener la necesidad de descansar en mí, cogiendo apuntes a más no poder, silenciosa, entornando los ojos para así enfocar con mayor claridad las letras que proyectaba la máquina de luces y sabiduría. Mientras todo seguía, a medida que los minutos pasaban y yo sentía que tenía en mis manos una bomba de relojería a punto de estallar, pedía, a quien vigilara el mundo entero en aquellos momentos, que detuviese el tiempo y dejara que siguiera contando para ella, y para mí, que ella pudiese caminar, que yo pudiese navegar entre sus dos grandes océanos serenos, sin olas. Pasados cinco minutos la fantasía tuvo que terminar, “¡chicos, por hoy hemos terminado!”. No quedaba más remedio que volver a la realidad, a mi presente, a lo que verdaderamente importaba e importa. Ella se fue, como cada lunes y cada miércoles del año. Me quedé en mi asiento pensando, cavilando acerca de por qué esta burda obsesión. ¡Qué sonrisa tiene!
Decidí levantarme cuando el ruido de aquel espacio caldeado, pesado, lleno de palabras que no me interesaban lo más mínimo, empezó a taladrar mis oídos. Ella ya no estaba, y no había, por tanto, nada que me retuviese ahí dentro. Fui hacia las escaleras, hacia aquello que hacía que todo bajara o que todo subiera, cuando, de repente, topé con esa mirada azul cielo, con ese zarandeo suyo, inexplicablemente romántico, autodestructivo. La miré, tímido pero seguro de mí mismo, convencido de que rozando su alma con mis ojos no habría pérdida alguna, y podría cerrar los míos y dar dos, tres vueltas por todo el edificio que estaría a salvo y nada malo podría pasarme. Moví la boca, me mordí el labio inferior, a la vez que lanzaba un segundo relámpago a su nube ¡Yo sí que me encontraba en lo alto de una nube! Esa segunda vez mi corazón comenzó a temblar, no sé si de miedo o de nervios amables. Y ahora que paro un poco en esta emoción, ahora que lo pienso podría haber sido fruto de la interrelación de ambos, como el ambiente junto a la genética, los dos, jugando, establecen la conducta. No importa qué ha producido qué, y menos aún si nuestro comportamiento tiene una base genética y otra circunstancial, el tema es que en ese momento, cuando pudimos contemplarnos apaciguadamente, sin prisa alguna, abrí los ojos y me di cuenta de que ella me miró sin mirar, como cuando vas conduciendo y pensando, a la vez, qué harás cuando llegues al fin del mundo, si es que existe. Fui, sin duda alguna, que nadie se atreva a negármelo un cualquiera para sus ojos, y esa no reciprocidad, esa diferencia es la que termina con cada una de las maravillosas palabras de enamorado.
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4 comentarios:
me encanta leerte.
Meeeeriss!
te copio el diálogo de Closer, creo que es la parte de una película con la que más identificada me he sentido, y después del otro día, supongo que tú también.
Ahí va:
"- Si la quieres la dejarás marchar para que sea feliz.
- Ella no quiere ser feliz.
- ¡Todo el mundo quiere ser feliz!
- Los depresivos no, quieren ser infelices para confirmar su depresión, siendo felices no podrian estar deprimidos y tendrian que salir al mundo y vivir, lo cual puede ser deprimente..."
re-ve la peli y ya me dirás cómo lo sientes mucho más!!
mua!
precioso, como siempre
Que curioso leerte nuevamente. Hacía tiempo que no lo disfrutaba. Y qué gracia también, porque me pongo a imaginar(te) en estas historias...
Un besito Meri.
Realmente, añoro nuestras conversaciones.
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