martes, 22 de septiembre de 2009

Ciao...

Anch'io ho un vertigine che non mi entra nella valigia.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Buon viaggio, signorina.

Me ocurre que hasta las libelulas me hablan de ti, y temo por las noches que no conoceré a tu lado, porque el viento, que conoce la ciudad y los paises, me lleva muy lejos. Es ahora cuando soy consciente de la escisión que muy pronto partirá mi vida en dos: por un lado estará esa nostalgia que conlleva lo vivido, y por otro, esas ganas por saber qué habrá allá dónde me señalan con el dedo -¿la luna?-

Tengo ganas de decorar nuevas vidas, y la mía, que en unos días amanecerá cual recién nacido: sin saber muy bien a qué estrella mirar, ya que habrá tantas a las que tendré que prestar atención... Es complicado, pero esta vida que descansa aquí a mi lado, sin titubeos, la desheredo, por desagradecida, por no haber sabido llevar mi cuerpo por el buen camino, y arrojarme a las manos de quien no merece mi aliento: esas manos suaves y delicadas, y labios de farsante. Y es por sus manos por lo que es tan difícil mi salto al vacío. Sin embargo saltaré como lo hacen aquellos que han recibido algo deseado, ya que sueño con el momento en el que pueda separar los pies de esta tierra, y respirar un aire que no sea el absorbido por sus pulmones. Apuesto los míos a que los tiene negros, y a punto de desaparecer de este mundo -ya no me limito a ciudades-. Sí, ojalá. Ojalá se esfumara, además de sus pulmones, como lo ha hecho su presencia de mi vida -mi problema está en que no me basta con eso, sino que necesito saber, ser consciente de que además de no tener su fotografía colgada en la pared, o como polizón en mi cartera, no sería capaz de matar por conseguir una y llevarla como se llevan los ojos, la boca, las pestañas-.

Estoy sorprendido por lo que dejo escrito aquí, ya que mi intención era reflejar mi espíritu de superación, y las ganas que, en ocasiones, no se quedan en meras palabras. Y sin embargo, como véis, he terminado con la historia interminable, que si fuera leída, seguro, aburriría hasta a un sordo.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Incomprensión

Los minutos pasan y ella sigue sin querer saber dónde descansa su alma. Lo único: sabe que sus pies -degraciadamente no es sorda, ni mucho menos ciega- andan por alguna parte, descalzos en alguna cama. Le desespera acunar entre sus brazos esta ignorancia que, a estas alturas, se teme, es bien sabida por sus sentidos. Y aunque nunca se debe generalizar, es consciente de ello porque sus ya aventuradas experiencias le han enseñado a no dar segundas -ni terceras- oportunidades a nadie, ya que quien ha roto un plato antes, lo volverá a romper sí o sí, aun sabiendo de qué tratan sus avenidas consecuencias -pero a ellos les da igual cuantos corazones desparezcan en este mundo-

A Amaia le gustaría no haber creído esas palabras desprovistas de significado, esos lamentos sin lágrimas saliendo de su garganta, esas sonrisas que enamoran, esos finales a los que puso punto y final, cuando no eran más que unos puntos suspensivos repletos de angustia y, algunos de ellos, necesitados de amor. Un amor que hubiese encontrado en cualquier otra parte. No lo entiendo, sabe que no era necesario que fuesen hacia ella.

Ojalá se quedase sin palabras por la felicidad que le embarga. Me contó que eso es lo que le ocurre cuando no para de sonreir, que todas se le escapan por la boca, y nada queda sobre el papel.

Ojalá, en otra vida -en ésta el desencanto le ha cogido por sorpresa- descubra algo, a alguien que, si dice ser cristal, que, nada más caer al suelo, se rompa en mil pedazos.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Verde

Las ramas de mis árboles gritaban, y las hojas leían versos mientras volaban por la ciudad. Una ciudad sin ley, una en la que las palabras trepaban más alto que los besos o los roces -y cuyas letras no significaban más que lo que un diccionario cualquiera pueda decir-. Eran canciones de Rimbaud, y avivaban la pasión en cada pétalo, en cada espina, en cada tallo que lo escuchaba; de sus labios, de su lengua. Unas palabras maravillosas, un sonido irrepetible, un frío aterrador.

Aquella tarde contuve lo que debí cantar cuando le conocí: una sarta de mentiras y algún que otro recuerdo que me hubiese gustado vivir a su lado. De esos que lo esperan a uno con los brazos cruzados, o con las manos dentro de los bolsillo, por el frío, que llega a congelar cada fonema. Pero que tienen la paciencia de quedarse quietos mirando lo que sucede a su alrededor. Recuerdos que, una vez vividos, respiran libres por haber existido, pero, a su vez, lloran por haber quedado en eso, en simples reminiscencias del pasado. ¿Alguna vez habéis querido que su brazo se entrelazara con el vuestro mientras huíais por miedo a llorar deseos? Lo necesito cada vez que nuestras manos, nuestros cuerpos se hacen con el polo negativo de la vida. Y nos repelemos, y así ninguno de los dos somos capaces de acercarnos el uno al otro, y así, también, soy capaz de contar mentiras aun habiendo pasado ya por ese primer acercamiento. El mejor instante de todos, diría yo. Cuando sus cartas, cada pensamiento, cada palabra indiscreta o simplemente cuando su dedo percibe tu tacto sin querer -queriendo- son algo capaz de, aun habiendo abierto esa caja una y otra vez, conseguir que no se deje de sentir la sorpresa que supone la novedad y, cómo no, el primer amor.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Los románticos

Hoy en día únicamente pretendo no acabar como Stendhal, quien amaba con el único fin de no sentirse solo; ni siquiera querría ser como Chateaubriand, cuya adhesión a la mujer amante dura tan solo ocho días, y esa mujer que se enamora de él a los veinte años, sigue a los ochenta prendada del 'genio' a quien tal vez no volvió a ver. Sin embargo ojalá pensara como Ninon de Lenclos:

"El amor que podríais sentir por una mujer estimable se tornaría muy peligroso para vos. Mientras no penséis en el matrimonio, debéis buscar tan sólo una diversión. Únicamente deben atraeros los placeres pasajeros. Cuidaos de las ataduras más serias, porque, os aviso, os precipitaréis hacia un funesto final."

Sin duda el amor es una gran equivocación. ¿Queréis que os diga lo que hace del amor algo peligroso? La idea que de él nos forjamos. Lo único que vuestro corazón desea es ser ocupado, y ellas están ahí para colmarlo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Su momento

Sabemos en qué consiste. Sabemos incluso qué supondrá para cada corazón que lo visite, para cada labio que lo roce. Y sin embargo rehuimos de su presencia, porque acecha nuestros balcones, las flores que viven en ellos, las palabras que vuelan por nuestros pensamientos. A veces somos nosotros quienes lo observamos desde lejos, tomando una distancia lo suficientemente apropiada como para que no provoque en nosotros sudores de ningún tipo, ni temblores, ni risas tímidas que hagan flojear nuestras piernas. Y nos pidan que caigamos cuando en realidad lo único que nos queda en esta vida es levantar y echar a correr. Por miedo.