martes, 23 de septiembre de 2008
Para siempre
En aquellos momentos no sabía qué había pasado con sus vidas, con la vida que ella le había regalado alegremente, con entusiasmo, sin esperar nada a cambio. ¿Esto es estar enamorado? Lo envolvió todo en papel de regalo y se lo ofreció sin ticket de devolución. Ahora sus pensamientos más profundos se habían centrado nuevamente en su aroma, en sus gestos, en él. Estaba sentada en el suelo, con algo de ropa en la mano y con todo su armario metido en la maleta lista para facturar. Miró hacia el frente y sintió cómo la brisa acariciaba su cabello todavía húmedo, cómo los recuerdos, aquello que había vivido a su lado y lo que aun le quedaba por vivir, se amontonaban ordenadamente, uno tras otro, en su cabeza, en su estómago, en su corazón. Lo echaba tanto en falta... Ése sentimiento, el de pertenencia, el saber que algo la esperaba en casa, con una manta, con una colcha, con lo que fuera; en el sillón, en la silla, en la cama, en donde fuera; con un beso o una caricia, con un te quiero, lo mismo daba. Sumida en sus propias ideas y pensamientos cerró los ojos, aspiró con fuerza y seguidamente soltó poco a poco cada gramo de aire que había absorbido con anterioridad. Este mismo proceso lo repitió unas cuantas veces más, hasta que, de repente, sintió cómo aquél a quien no veía desde hacía años se hacía nuevamente con su cuerpo. Sintió cómo sus manos la acariciaban sin sentir roce material alguno, cómo la besaba sin percibir de forma tangible sus labios sobre su piel. Sintió cómo su mirada revivía su alma, el de ella, y cómo hacía que se estremeciera sin siquiera saber con certeza absoluta que él estaba allí, junto a su presencia, esbozando una sonrisa tras su espalda. Era su ánima, su aliento más humano, que seguía enamorado. Se habían encontrado de nuevo, sus dos esencias habían hecho que aquélla, sentada todavía en el suelo, se diese la vuelta con el corazón en la mano y mirase hacia lo que tenía tras de sí: Él. Él era quien la esperaba al otro lado del universo hambriento y deseoso. Deseoso por tenerla nuevamente entre sus brazos y hambriento por no haber probado manjar más exquisito en años. La estrechó entre sus brazos y comenzó a acariciarla como nunca antes lo había hecho, siendo consciente de cada palmo que recorrían sus diez dedos, desordenados, rápidos, sedientos. Iban hacia abajo y seguidamente desandaban lo recorrido. Más tarde rodaban por sus hombros, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Él andaba sobre su cuerpo bailando un hermoso vals, sintiendo cada nota y silencio en la yema de sus dedos. -Es Ella, es Ella-, se repetía una y otra vez, -¿quién sino me produciría este loco aturdimiento en el cuerpo?-. La amaba tanto que todavía no era capaz de creer que fuera Adara a quien abrazaba, por la que lloraba de felicidad y a la que no quería soltar en segundos, minutos, en años.
lunes, 8 de septiembre de 2008
Las bodas de oro
Nacen,
caminan,
se ahogan...
Dos almas perdidas se encuentran.
Buscan sedientas
algo a lo que amarrarse,
y chocan.
Chocan las bocas,
las manos se enredan,
los amantes andan, corren y vuelan.
El amor es vuestro tesoro más preciado.
Nadabais entre corales
y os descubristeis brillantes,
espléndidos entre los bancos de peces.
Acunad a vuestro recién nacido,
que viva como vosotros habéis vivido,
entre canciones, entre coplas y tonadillas,
y haced lo imposible por seguir
narrando esta historia,
que sea eterna, tangible y vuestra.
Vosotros dos,
soplos divinos
danzáis sobre las aguas
haciendo equilibrio.
¿No sentís cómo los escalofríos ahondan en vuestro corazón?
Sus venas se entrelazan,
rojas y azules,
y juegan al cinquillo.
Se superponen como todas las historias que habéis vivido,
y que más tarde narraréis a vuestros nietos.
¡Riámonos de esta dichosa canción de enamorados!
La pasión que os embarga ahora es infinita,
como vuestros besos y caricias:
largos, deseados, hambrientos y esperados;
como vuestras palabras:
alegres, libres, bellas y mágicas.
Fuisteis hijos, más tarde padres y ahora abuelos,
y cincuenta años son los que, juntos y con nosotros, habéis saboreado,
cincuenta inviernos y cincuenta veranos.
El frío que entretiene vuestras vidas
congela sin temor vuestras armaduras ahora cristalinas:
ardientes y entusiasmadas,
y tu corazón, el de ella,
reparte cincuenta flores,
cincuenta versos,
y cincuenta canciones.
Ahora vuestras almas nacen de nuevo,
caminan descalzas,
de la mano,
tímidas y enamoradas.
caminan,
se ahogan...
Dos almas perdidas se encuentran.
Buscan sedientas
algo a lo que amarrarse,
y chocan.
Chocan las bocas,
las manos se enredan,
los amantes andan, corren y vuelan.
El amor es vuestro tesoro más preciado.
Nadabais entre corales
y os descubristeis brillantes,
espléndidos entre los bancos de peces.
Acunad a vuestro recién nacido,
que viva como vosotros habéis vivido,
entre canciones, entre coplas y tonadillas,
y haced lo imposible por seguir
narrando esta historia,
que sea eterna, tangible y vuestra.
Vosotros dos,
soplos divinos
danzáis sobre las aguas
haciendo equilibrio.
¿No sentís cómo los escalofríos ahondan en vuestro corazón?
Sus venas se entrelazan,
rojas y azules,
y juegan al cinquillo.
Se superponen como todas las historias que habéis vivido,
y que más tarde narraréis a vuestros nietos.
¡Riámonos de esta dichosa canción de enamorados!
La pasión que os embarga ahora es infinita,
como vuestros besos y caricias:
largos, deseados, hambrientos y esperados;
como vuestras palabras:
alegres, libres, bellas y mágicas.
Fuisteis hijos, más tarde padres y ahora abuelos,
y cincuenta años son los que, juntos y con nosotros, habéis saboreado,
cincuenta inviernos y cincuenta veranos.
El frío que entretiene vuestras vidas
congela sin temor vuestras armaduras ahora cristalinas:
ardientes y entusiasmadas,
y tu corazón, el de ella,
reparte cincuenta flores,
cincuenta versos,
y cincuenta canciones.
Ahora vuestras almas nacen de nuevo,
caminan descalzas,
de la mano,
tímidas y enamoradas.
sábado, 6 de septiembre de 2008
Nosotros

Él, absorto en una calamidad espantosa y maravillosa a la vez, observó cómo la rutina de todos los días, aquélla de ojos color oliva y boca azucarada, pasaba cada uno de sus cinco dedos por la melena corta y dorada que recubría su rostro, apenado, dulce, mojado. Tenía ganas de poder ayudarla con su cometido, se moría por desanudar la maraña que acontecía a su cabello y desnudar su pensamiento palabra a palabra, sin embargo esa imagen, ese deseo, ahora frustrado, sólo pudo vivir en él, en Daniel, unos minutos. Ella amontonó los libros y apuntes, encapuchó cada bolígrafo en su casita y lo ahogó todo en su bolso negro de piel. Era invierno y hacía frío.- ¿Y si la acerco en coche hasta su casa? así sabré dónde amontona todos esos libros- Se dijo para sí. Daniel, tras darle vueltas al asunto se levantó de su asiento y se acercó a donde estaba ella recogiendo cada uno de sus bártulos.
-Perdona-. Dijo susurrando y rozándole suavemente la espalda. Ella se giró y vio como los dos ojos azules de su compañero de biblioteca brillaban. Parecían emanar una atracción irremediable hacia ella. Sentía como si aquel chico de quien no sabía siquiera su nombre fuera su imán personal.
-Sí, dime, ¿qué es lo que pasa? Estoy haciendo demasiado ruido, es eso ¿verdad? Lo siento mucho-. Preguntó nerviosa imitando el mismo tono de voz que Daniel utilizó para dirigirse a ella.
-No, tranquila, no es eso. Sólo es que el viento me ha dicho que va a apretar con fuerza esta tarde, y me preguntaba si te gustaría que te acercase a tu casa, que yo me voy ahora también.
Aquella niña, que tan sólo contaba con dieciséis velas en su tarta de cumpleaños, le miró con una sorpresa aterradora. ¿Cómo no iba a quedarse pasmada por tal invitación? No se creía lo que en esos momentos estaba sucediendo. -¿Yo? ¿en manos de un desconocido volviendo a casa? ¿qué hago?- pensó sin dejar de mirar los labios que en esos instantes le hablaban.
-¿Sigues aquí, Adalia?-. Preguntó algo tenso.
-¿Cómo sabes mi nombre? no nos hemos presentado-. Aclaró sin saber muy bien a lo que atenerse. Sentía curiosidad por saber qué era lo que aquel chico sabía de ella, el por qué de aquella invitación.
-Yo lo sé todo-. Contestó entre risas y con cierto aire bromista.
Los dos rieron a carcajada limpia y, después de que el resto de personas que había en aquella sala les llamara la atención por el ruido que estaban haciendo, ella produjo una sonrisa nerviosa y algo tímida, a la que él correspondió con otra débil e impaciente por saber su respuesta.
-No sabía que todavía había chicos como tú-. Dijo con tono irónico. -No, de verdad, ahora en serio, eres muy amable, pero vivo aquí al lado, no te preocupes-.
-No me causa ningún problema acercarte, de verdad-.
Se miraron y ella se acercó a él. Hizo de su oido su cueva, su guarida secreta. Daniel empezó a temblar como tiembla una gelatina al moverla. Sentía que le faltaba el aire y que la cantidad de emociones que surcaban su interior iban a volverle completamente loco. Todo aquello era insostnible, maravillosamente incontrolable.
-Vale, dejo que me acerques, pero prométeme que así lo harás el resto de los días que nos quedan. Sí, que nos quedan...
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