Cuatro millones novecientas cincuenta y dos mil noches atrás quiso dejar que sus manos bailaran un tango en el cuerpo de aquélla, cuando ésta lo único que deseaba era un vals entre labios y más labios. Los de ella. Siempre los de ella. Ahora, pasados cuatro millones novecientos cincuenta y tres mil escalofríos, y a sabiendas de lo que supone la caducidad en cuanto a las emociones, sólo:
Tiemblo cuando te leo
o cuando pienso
que puedo verte
si 470 kilómetros
se igualasen a cero,
y si ofrecerte un café
o una simple mirada
estuvieran acaso
en mis manos
temblaría nuevamente,
con un lápiz en los labios,
con una llamada esperando
a que nuestra despedida
se hiciera poema
y todas nuestras palabras,
ésas que aguardan también
temblorosas, se volcaran
sobre nuestros cuerpos
e hicieran el amor
que nunca pudimos hacernos
entre nosotras.
martes, 23 de noviembre de 2010
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