miércoles, 24 de marzo de 2010

Salta

Idea, permiteme seguir inventàndote.

No sè. Supongo que lo harè hasta que pueda tocarte

domingo, 21 de marzo de 2010

Emma

Emma no recuerda haber olvidado nunca ninguna de sus cicatrices, ni siquiera aquéllas que parecen haber desaparecido por no poder ser contadas con los dedos de una mano, ni de dos y media -pobre Emma, ¿no?-, pero no todo es tan terrible, ya que hay momentos en los que la libertad sale por cada poro de su piel y la devuelve a como era ella hace un par de años.

María, espera, entonces te refieres a algo que le pasó hace 730 días, ¿verdad?.

Sí, y digamos que renace, ya que esto del recuerdo es un continuo devenir, una montaña rusa, un rascacielos al que, por momentos, Emma es incapaz de sobrepasar. Como aquellos escaladores que, en el Himalaya, consiguieron poner un pie en lo alto del Everest. Como narradora de esta historia he de suponer -a veces no queda otra que suponer y suponer y suponer y suponer y su-po-ner- que fue un ejercicio difícil ése de superar unos aproximados 8.800 metros de altitud, pero que, una vez alcanzados, la sensación de "hoy he podido con todo" merece todas las dificultades, en su momento, añadidas. No es que las incorporemos de forma consciente -hay ocasiones en las que sí, para notar cómo la sangre sube y baja, y baja y sube-, sino que vienen solas, como las escenas de vuestras películas favoritas que, de repente, se hacen con vuestra propia vida y, entonces, dejáis la realidad para sumergiros en un explotado Hollywood.

Pd: Me he quedado en blanco.