domingo, 25 de enero de 2009


Le pedí que cerrase los ojos. Como cuando jugábamos al escondite y todos menos el cazador buscaban el lugar idóneo para salir de este mundo-Corre, tápate con las manos- Le decía.-Ciérralos, e imagina que estoy tan cerca de ti que tal proximidad hace que nuestro aliento se confunda, que mis labios sean dos manos hambrientas, sedientas y con ganas de ingerir tus lágrimas. Invéntate una historia en la que mis besos vuelen y lleguen hasta ti; una en la que esos besos se deslicen por tu cuerpo como plumas nevadas, que viajen de una extremidad a otra y paren a descansar en tu boca sin que haga falta que apoye mis labios sobre los tuyos.-
Esperé ansiosa, con ganas de que se diera cuenta de las maravillas que todos y cada uno de nosotros somos capaces de crear con tan sólo imaginar. Sin embargo parecía no entender nada. Nada de lo que yo veía, nada de lo que yo sentía... Y esa sensación capaz de echar abajo las paredes de mi realidad pudo con ese momento, con los segundos que rodeaban ese instante único para mis ojos. Y sí, lo sé, no hace falta que digas nada. Soy consciente de que si aquello hubiese estado en mis manos, poder controlar sus habilidades mentales, hubiese deseado hacerle ver que la razón y yo íbamos de la mano, que el afán de crear iba más allá de los simples pensamientos e ideas, que si creía tenerte entre mis brazos, te tenía.


jueves, 1 de enero de 2009

Un año más...

Hace 365 días exactamente Joan vivía la mejor despedida de año que jamás hubiese imaginado: con su perfume instalándose en cada poro de su piel; con sus labios navegando de aquí para allá entre sus montañas y valles; hablándole con caricias, desvistiéndola con la mirada, bañándose en sus propias palabras... Y le es inevitable no acordarse de ella en un día como el de hoy. Suspira pensando que aunque haya tenido que pasar un año para que fuera consciente de todo ello, de lo afortunado que era por el simple hecho de saber que podía escuchar su voz al otro lado del teléfono, siente cómo ella, cómo su anhelada presencia, permanece sentada junto a él mientras escribe esta breve historia.

Joan se levanta cansado del sofá, y camina descalzo sobre la lona que recubre el suelo de su habitación. Siente un pequeño cosquilleo sobre la planta del pié. Es finísimo, muy, demasiado delicado como para darse cuenta si no centras todos tus sentidos en ese pequeño escozor. Da unas cuantas vueltas hasta que logra tranquilizarse. Seguidamente apoya su cuerpo sobre el almohadón que hay tirado junto a la estantería toda ella repleta de libros. Cierra los ojos. Cierra los ojos y vuelve a lo que ha soñado aquella noche. Se da cuenta de que los sueños son los únicos ‘seres’ que le hablan de verdad, que le son sinceros desde la más tonta imagen onírica hasta la más real. Son pequeños gramos de conciencia disfrazada, que le hacen vivir momentos de ternura, momentos que en realidad no puede tocar, pero que salvan sus días y sus noches. Y antes de nada, ¿qué significa tocar? En definitiva, todos nosotros somos energía, átomos que guardan en su interior iones, cationes y aniones, con sus cargas positivas y negativas respectivamente, y no entienden de significados. En realidad es el ser humano el causante de todo, de las palabras que hacen al hombre más inteligente y a la vez más desdichado. Saber qué significa amor no ha hecho más que empeorar la vida del nostálgico Joan, sin embargo, ahí está, viviendo en recuerdos los minutos y las horas que pasan y pasan, que no se detienen, que no juegan un papel mágico ni extraordinario en este mundo de mortales. Nuestro cuerpo empieza a destruirse desde que nacemos, así que esto, lo que narro cada noche, es ley de vida.